El casco antiguo de Palafrugell no huele a crema solar: la playa queda a cuatro kilómetros, lo suficiente para preservar del turismo masivo el pueblo de Josep Pla. Las casitas son bajas, algunas con fachadas de colores pastel y conservan una sobria arquitectura ampurdanesa con toques modernistas. «Palafrugell fue una pequeña, insignificante población payesa enmurallada hasta que se inició la industria del corcho», escribió el propio Pla, que nació en 1897 en la casa número 49 del Carrer Nou, donde hoy se alza su Fundación, en la que se puede consultar su biblioteca (con más de 5.000 volúmenes), sus manuscritos o curiosear entre algunos de sus enseres personales, como sus ajadas maletas de cuero o un elegante sombrero-bombín.
La Bienal Xavier Miserachs convierte el pueblo del Empordà en el bastión de la fotografía con once exposiciones en edificios emblemáticos: museos, librerías y antiguas fábricas
El casco antiguo de Palafrugell no huele a crema solar: la playa queda a cuatro kilómetros, lo suficiente para preservar del turismo masivo el pueblo de Josep Pla. Las casitas son bajas, algunas con fachadas de colores pastel y conservan una sobria arquitectura ampurdanesa con toques modernistas. «Palafrugell fue una pequeña, insignificante población payesa enmurallada hasta que se inició la industria del corcho», escribió el propio Pla, que nació en 1897 en la casa número 49 del Carrer Nou, donde hoy se alza su Fundación, en la que se puede consultar su biblioteca (con más de 5.000 volúmenes), sus manuscritos o curiosear entre algunos de sus enseres personales, como sus ajadas maletas de cuero o un elegante sombrero-bombín.
«Escribir consiste principalmente en encontrar los adjetivos, en adjetivar», sostenía Pla. La cita está inscrita en la pared junto a una constelación de adjetivos (suspendido, inacabable, rosada…) que este verano ponen palabras a las fotografías de Txema Salvans en la deliciosa exposición Adjetivar el tiempo. Una muestra que forma parte de la Bienal de Fotografía Xavier Miserachs, una de las más antiguas del país, que viene celebrándose desde 1999 y que se extenderá hasta el 18 de octubre.
A priori, las imágenes de colores saturados de Salvans de aparcamientos desiertos, gasolineras a mediodía o lugares turísticos venidos a menos no encajan con la prosa de Pla. Solo a priori. Porque el resultado de este inesperado cara a cara resulta de lo más sugerente, como si Pla pusiera la poesía a los no-lugares de hormigón de Salvans. «Compartimos una misma actitud de observación, que requiere mucho tiempo, paciencia y fijarse en los detalles», señala Salvans, cuyo estilo -tan irónico, por cierto, como la pluma de Pla- recuerda al deMartin Parr pero llevado a un terreno de polígono y carretera, de márgenes y periferias (aún más).
A dos calles de la Fundació Josep Pla (en el pueblo todo está cerca), dominando la plaza Nova en su inconfundible esquina ocre, se erige con orgullo el Centre Fraternal, el «ágora de Palafrugell», fundada a finales del XIX como el casino de las clases populares. Aquí se reunían obreros del corcho, comerciantes, escritores y artistas como Modest Cuixart, de quien se celebra el centenario de su nacimiento.
El joven Pla pasó largas tardes en el Fraternal y le dedicó estas líneas en La calle estrecha: «Si algún día la carrera, las necesidades o lo que sea te llevan a vivir en un pueblo, no te mezcles con el ambiente de campanario (…) No vayas al café. No juegues a las cartas. No frecuentes tertulias estúpidas alimentadas con habladurías pornográficas e insignificantes tertulias políticas». Aún hoy los jubilados juegan a las cartas sobre tapetes verdes, el menú con productos locales cuesta 16 euros entre semana y los participantes de la Bienal acaban pasando todos por este café como punto de encuentro.
«Fundamos la Bienal en 1999, un año después de la muerte de Xavier Miserachs, con la idea de rendirle un homenaje. Todo era muy incierto entonces, no pensábamos que llegaríamos hasta aquí», recuerda en una de las mesas Maria Planas, directora del festival. Fotógrafo único, autor del mítico y modernísimo fotolibro Costa Brava Show (1966), Miserachs tuvo una relación muy intensa con Palafrugell y en los años 80 se instaló a las afueras, en Esclanyà. Murió de un cáncer de pulmón a los 61 años y sus amigos -fotógrafos como Colita o Leopoldo Pomés– se volcaron en ese homenaje con pequeñas exposiciones diseminadas en lugares emblemáticos del pueblo. «La generación de Miserachs fue enormemente prolífica pero sigue siendo muy desconocida por el público», lamenta Planas. Si en la primera edición unas 600 personas pasaron por la Bienal, en 2024 lo hicieron más de 8.000, una notable cifra teniendo en cuenta que a Palafrugell solo se puede llegar en coche o autobús.
Con un modesto presupuesto de 130.000 euros, la Bienal despliega once exposiciones de primer nivel en el Teatro Municipal, el Museo del Corcho, el centro cultural La Bòbila… En este último, una antigua nave del gran complejo manufacturero de corcho en el que aún se pueden ver los grandes hornos como legado industrial, destaca la antológica dedicada a Dorothea Lange (1895-1965), una de las mejores fotorreporteras americanas, con imágenes cedidas por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. «Fue una gran retratista, que ya había trabajado con la jet set neoyorquina. En plena Gran Depresión, el gobierno de Roosevelt le encargó documentar la precariedad y las condiciones de vida miserables en el centro del país para que los ciudadanos apoyaran sus políticas de rescate», cuenta Planas. Tras una pausa, añade: «Hoy, nos sorprende que un gobierno hiciera tal encargo».
Con su pesada cámara réflex, Lange recorrió la Ruta 66 junto a cientos de migrantes que buscaban una nueva vida, trabajadores temporeros o familias reubicadas en infraviviendas que eran auténticas chabolas. Si las palabras de Josep Pla nos guiaban a través de las fotos de Txema Salvans, con Lange las citas de su antológica titulada Un largo viaje son de Las uvas de la ira de John Steinbeck, escrita en la misma época.
«La Ruta 66 es la carretera de quienes huyen, de quienes escapan del polvo y de una tierra que se agota, del estruendo de los tractores y de una propiedad cada vez más pequeña, del desierto que avanza lentamente», dice Steinbeck de esos mismos paisajes. Bajo las vigas de madera y el techo en forma de granero de la antigua fábrica -que le da un cierto aire americano-, contemplamos esa galería de rostros de quienes huían: madres exhaustas con un bebé en brazos (ya convertida en un icono de la fotografía: La madre migrante o Florence Owens Thompson con sus hijos), niños de mirada angelical que con 11 años se levantaban a las cinco de la mañana para recoger lúpulo en Oregon (donde las temperaturas alcanzaban los 40 grados), trabajadores afroamericanos fumando en un descanso… «Eran los años 30 y Lange tenía un claro posicionamiento político. Hizo muchas fotos de afrodescendientes pero la mayoría no fueron publicadas», señala Planas.
Con Dorothea Lange como figura internacional, la Bienal también redescubre nuestro patrimonio nacional: al valenciano Gabriel Cualladó (1925-2003), uno de los grandes fotógrafos y coleccionistas españoles, que reunió obras de Cartier-Bresson, Diane Arbus, August Sander o Man Ray. Aunque la primera fotografía que compró en 1979 fue, precisamente, de Lange. Su magnífica colección ingresó en depósito en el IVAM de Valencia, que adquirió también su magna biblioteca. «Como sucede a menudo, fue más conocido en el extranjero que en España. Y, sin embargo, fue el primero en ganar el Premio Nacional de Fotografía en 1994″, suspira la directora de la Bienal.
Al salir de la Bòbila, solo hay que cruzar hasta la plaza de Can Mario, en la que se eleva la modernista Torre del Agua, para llegar a la Fundació Vila-Casas y descubrir esta la Poética de la sencillez de Cualladó: una pequeña joya con algo más de 60 fotografías que llevan el claroscuro al límite. Esa es la seña de identidad de Cualladó: la profundidad de su negro, digno de Caravaggio; la delicadeza con la que baña los rostros, a menudo en semipenumbra. «Se compró su primera cámara en 1950, cuando nací yo», recuerda su hijo, Gabriel Cualladó, que lleva años tratando de difundir la obra de su padre y cuidando de su archivo.
Como muchos otros compañeros de generación, Cualladó fue un autodidáctica que aprendió a base de práctica «y de observar muchas revistas: Vogue, Paris Match, Life… estaba suscrito a todas», recuerda su hijo. Miembro del efímero pero tan fructífero Grupo AFAL, en pleno franquismo Cualladó se dedicó a presentarse a premios internacionales, de Ámsterdam a Moscú, con una obra que documentaba España desde su geografía más íntima: su entorno familiar y sus vecinos en su Valencia natal, en el Madrid donde se mudó y en la Asturias donde veraneaba. «No intentaba reflejar una época sino al personaje que retrataba», matiza su hijo. Pero a ojos contemporáneos esos personajes sí sintetizan todo un pasado.
En la misma tradición documental, pero ampliando las fronteras, se inscriben las imágenes del chileno Sergio Larraín (1931-2012). En el vecino Museo del Corcho, la agencia Magnum ha cedido una sesentena de imágenes del fotorreportero para la retrospectiva El vagabundo de Valparaíso, que arranca cuando Larraín terminó la mili. Eran los años 50 y se marchó a Chiloé, donde empezó a fotografiar a los niños que dormían en los porches o jugaban entre ruinas. Después vendría Perú, Bolivia, Europa… Y aunque llegó a cubrir la boda del Sha de Irán con Fara Dibah, a Larraín le interesaban los bajos fondos y los márgenes, donde encontraba detalles que pasaban desapercibidos a la mirada convencional. Y esa es la verdadera identidad de la Bienal Miserachs: un festival de fotografía, sí, pero también una escuela de la mirada.
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