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Recuerdos cada vez más borrosos

abril 25, 2026
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Mara y Manu son dos amigas que fundan su amistad en esos años intensos de la primera juventud. En un Santiago encabalgado entre la democracia y la dictadura, ambas buscan un espacio, un lenguaje y unas experiencias que les permitan definirse a sí mismas. Sin embargo, de modo inesperado, Mara desaparece sin dejar rastro. A pesar de que la transición a la democracia chilena esté dando sus primeros pasos —la acción transcurre en los tempranos años 90—, la militancia de su amiga, sobre la cual no se explicitan muchos detalles, la obliga a pasar a la clandestinidad. Ese tránsito deja a Manu estupefacta, atenta a cualquier señal de vida de Mara y llenando los vacíos que, en distintas dimensiones, ha dejado su marcha.

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 ‘Dónde puedo dejarlo’ (Anagrama, 2026), de Alejandra Costamagna, es una obra de enorme sutileza poética y colmada de imágenes emotivas en torno a la amistad, la ausencia y la pérdida  

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Mara y Manu son dos amigas que fundan su amistad en esos años intensos de la primera juventud. En un Santiago encabalgado entre la democracia y la dictadura, ambas buscan un espacio, un lenguaje y unas experiencias que les permitan definirse a sí mismas. Sin embargo, de modo inesperado, Mara desaparece sin dejar rastro. A pesar de que la transición a la democracia chilena esté dando sus primeros pasos —la acción transcurre en los tempranos años 90—, la militancia de su amiga, sobre la cual no se explicitan muchos detalles, la obliga a pasar a la clandestinidad. Ese tránsito deja a Manu estupefacta, atenta a cualquier señal de vida de Mara y llenando los vacíos que, en distintas dimensiones, ha dejado su marcha.

La anécdota de Dónde puedo dejarlo (Anagrama, 2026), empero, no da cuenta por sí sola de las muchas virtudes de esta obra, de enorme sutileza poética y colmada de imágenes emotivas en torno a la amistad, la ausencia y la pérdida. Como toda buena literatura, la más reciente entrega de Alejandra Costamagna se juega sus fichas en el cómo más que en el qué. Así, ese lenguaje íntimo, a media voz, donde los espacios domésticos y los afectos son protagonistas, es la mayor virtud de un libro conmovedor.

A pesar de la desaparición de su amiga, la vida de Manu debe continuar. Su trabajo en una agencia de noticias, desde cuya oficina puede ver La Moneda y sus cicatrices; su relación con Rolo, un fotógrafo aficionado a las plantas, o la cercanía con Juan, el padre de la desaparecida, dan cuenta de que el paso del tiempo no se detiene. Mientras la ausente parece congelada en unas fotografías pegadas con chinches en su antigua habitación, Manu debe seguir adelante. Aunque de vez en cuando llega una carta de Mara desde donde sea que se esconde —siempre fugaz, incompleta y etérea—, es mucho más grande el peso de la ausencia, la preponderancia que tiene el recuerdo de un pasado compartido, de ese tiempo donde se acompañaron en sus lutos, rebeldías y aprendizajes.

La novela no descuida la atención por los detalles que componen la intimidad. El uso de la segunda persona, por ejemplo, otorga una particular complicidad al relato al situarnos a nosotros, los lectores, a un costado de la acción, convirtiéndonos en observadores privilegiados de Manu y sus peripecias: “Eras incapaz de concentrarte, tu cabeza un alboroto. La carta en la mochila, llamándote. Miraste el reloj de pared, bajaste corriendo las escaleras”. Así, somos testigos de una dinámica doméstica, privada, que aleja a Dónde puedo dejarlo de cualquier ambición de totalidad. Aunque la política esté presente en las razones que llevan a Mara a esconderse o en una ciudad donde los grafitis dicen “Pato traidor”, el centro de la novela discurre por otros cauces. Importa más la tristeza de una fiesta celebrada en ausencia de la cumpleañera, el silencio que se instala puertas adentro entre Manu y Rolo o la disputa de la protagonista con su gata (siempre hay gatos en la narrativa de la autora) por los espacios tibios en las sábanas recién desocupadas.

Como en otros trabajos de Costamagna, aquí la textura del relato juega un papel protagónico. La atención al lenguaje, las imágenes fragmentadas o la inclusión de un diccionario personal que se intercala en sus páginas dan cuenta de una narración que no deja de observarse a sí misma como artefacto literario, y esto se nota también en la evolución de los personajes de la novela. Como cuando Manu se da cuenta, por las palabras que utiliza su amiga, de que Mara está cambiando: “la palabra ‘muchacho’ te pareció, al verla en su caligrafía manuscrita, una coordenada muy clara de su mudanza. Mara empezaba a ser otra también en las palabras”. Los usos de uno u otro término no son solo signos de cambio, sino también de que se está transitando a un lugar distinto a aquel donde se creció, donde se conoció el mundo de la mano de conceptos atados a la propia biografía: “olvidar de una vez las palabras huacha, descueve, charchazo, cachivache, cachureo, chiquilla, marimacha, pituco, polola, hallulla, cachipún, pichanga. / buscar en librerías de viejo un diccionario de localismos del nuevo destino, ensayar el acento de la supervivencia, hablarle al espejo”.

A pesar de algunos detalles menos logrados —una larga escena en Buenos Aires, por ejemplo, a donde la protagonista es enviada a cubrir una muy innovadora obra de teatro, no calza bien con el tono íntimo y delicado del resto del volumen—, Dónde puedo dejarlo confirma a Alejandra Costamagna como una de las mejores representantes de su generación dentro de la narrativa chilena. Con una voz sólida y coherente, capaz de hurgar con sutileza en el trauma y el duelo, demuestra la capacidad de la literatura para apuntar a aquello que duele, pero sin que los personajes o los lectores quedemos abandonados a la desesperanza ni al vacío.

Joaquín Castillo es doctor en literatura por la Pontificia Universidad Católica de Chile, profesor asistente del Instituto de Literatura de la Universidad de los Andes (Chile) y editor de la revista ‘Punto y coma’ del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES)

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