Ricardo Moure (Santander, 39 años) vivió en primera persona una experiencia desagradable con uno de los seres vivos más estrafalarios del planeta. Una experiencia que ha incluido ahora en su primer libro infantil, Bichos superraros y asquerosos para futuros científicos (Beascoa, 2026). “Durante un viaje por Tailandia, el pez ballesta me atacó y me estuvo persiguiendo”, recuerda al teléfono el biólogo molecular. Pero, como bien explica en su libro, parte de esa inusual forma de atacar con mordiscos o cabezazos a los buceadores se debe al cambio climático.
El copresentador del programa de divulgación de La 2 publica un título sobre las especies más raras del planeta para concienciar a adultos y niños sobre la importancia de cuidar la biodiversidad
Ricardo Moure (Santander, 39 años) vivió en primera persona una experiencia desagradable con uno de los seres vivos más estrafalarios del planeta. Una experiencia que ha incluido ahora en su primer libro infantil, Bichos superraros y asquerosos para futuros científicos (Beascoa, 2026). “Durante un viaje por Tailandia, el pez ballesta me atacó y me estuvo persiguiendo”, recuerda al teléfono el biólogo molecular. Pero, como bien explica en su libro, parte de esa inusual forma de atacar con mordiscos o cabezazos a los buceadores se debe al cambio climático.
Ranas que se tragan sus propios huevos para luego vomitarlos, tortugas peludas que respiran por el culo, peces que hablan con pedos y, el que más suele sorprender a los niños, los demodex: los animales microscópicos que viven en nuestra cara. El copresentador de Órbita Laika, programa de divulgación científica de La 2, y miembro del último equipo científico en la 39ª Campaña de Investigación Antártica Española, en el buque Hespérides, del CSIC retrata en este libro, con su característico humor y su facilidad para conectar con la infancia, cómo estas especies raras también necesitan ser cuidadas, porque algunas de ellas se han extinguido por influencia del ser humano. En total, habla de 12 de las especies más raras del planeta con el objetivo de concienciar a mayores y pequeños sobre la importancia de cuidar la biodiversidad. “Hay que pensar que no todos los animales, como tortugas o ranas, son mascotas”, asegura.
PREGUNTA. ¿Qué van a descubrir los lectores en el libro?
RESPUESTA. Se van a encontrar unos animalitos un poco asquerositos, con peculiaridades que nos pueden dar rechazo, pero que luego vamos a descubrir que, en realidad, esto es una oda hacia ellos, hacia esa diferencia. Al final, esas rarezas que tienen estos animales son sus virtudes y las que les ayudan a sobrevivir. Es un libro obviamente educativo en cuestiones sobre biología, pero también muy divertido, porque hasta los seres más estrafalarios son importantes en el conjunto del mundo.
P. Habla de algunas especies en peligro de extinción. ¿Cómo pueden las familias y los niños ayudar a cuidar el planeta y a estas especies?
R. En primer lugar, conociéndolas, porque cuando las conoces vas identificando que el problema no es solo el cambio climático, sino, por ejemplo, como se habla en el libro, animales que han estado al borde de la extinción porque se comercializaban como mascotas. Aprender, también, a no tirar basura que destroce los ecosistemas y el campo. Es generar ese amor hacia conservar especies. Por ejemplo, en las ciudades hay cosas que podemos hacer, como ayudar a los animales polinizadores poniendo flores en el balcón o saber qué hacer si te encuentras un vencejo que se ha caído de un nido y llamar a las autoridades, porque es un pájaro protegido por ley.
P. ¿Cómo se contagia la pasión por la biología a la infancia?
R. Pues no lo sé. De hecho, cuando yo empecé a trabajar en Órbita Laika siempre hicimos una sección un poquito más gamberra, más divertida, porque yo soy así. Y luego incluimos disfraces porque nos empezaron a decir que a los niños les gustaban, pero nunca la pensé para ellos. Entonces, creo que simplemente es que hay algo en cómo cuento las cosas que hace que los niños me identifiquen también como un niño.
P. Pero eso también ayuda a romper ese concepto de científico aburrido y a atraer más a los pequeños a la ciencia.
R. Creo que esa imagen hace mucho que no es real. He estado muchos años investigando como científico y lo que te encuentras es que, en las nuevas generaciones, hay gente que tiene muchas inquietudes artísticas. Estás en un laboratorio investigando y tienes a alguien que baila, que tiene un grupo de música, que hace fotografía, otro que hace teatro… Al final, cada vez más gente del mundo de la ciencia realiza otras aficiones y tiene cada vez menos miedo a esta cosa del estatus. Cuando hacía divulgación en Big Van Ciencia, había una parte del grupo que no hacía solo monólogos, sino que participaba en proyectos de educación sobre la imagen del científico, tanto para adultos como para niños. La imagen que se tenía era la de hombre mayor, despistado, poco sociable, y los niños y las niñas no identificaban que una mujer negra, por ejemplo, pudiera ser científica. Al final, todos esos niños que no se identifican con ese estereotipo no se ven reflejados en la figura del científico y puede ser que eso afecte a su vocación. Es importante que se muestre toda esta diversidad, y no solo para vocaciones, sino porque, y esto está estudiado, la gente acepta mejor los mensajes científicos y se identifica con ellos si sus valores coinciden con los de la persona que está dando esa información.
P. En el libro añade una frase de la etóloga y primatóloga británica Jane Goodall: “Solo si entendemos, podemos preocuparnos. Solo si nos preocupamos, ayudaremos. Solo si ayudamos, seremos salvados”. ¿Por qué es importante que los niños y las familias comprendan el planeta donde viven y la crisis medioambiental que existe?
R. Porque es nuestra casa y es la única que tenemos. Tenemos dos grandes motivos para cuidar el planeta: el primero es por mantener su belleza y, por justicia, respetar a los demás seres vivos del planeta. Y, la otra razón es egoísta, es decir, si vamos dañando el planeta nos vamos dañando a nosotros mismos, hasta el punto en el que no tendremos casa. No digo que si no lo cuidamos vayamos a morir todos, pero si no lo cuidamos vamos a tener más problemas, como peores cultivos y eso va a hacer que haya más pobreza. Si dañamos el planeta, saltan más enfermedades desde los animales a los seres humanos y tenemos más pandemias. Tenemos que tener nuestro hogar limpio porque no tenemos un planeta B.
P. ¿Está a tiempo la infancia de aprender a cuidarlo?
R. Sí, los niños y niñas son superecologistas. Les hablas un poco de conservación, de cuidar el planeta, y es algo que les emociona mucho. El respeto hacia los animales también es algo que se entiende mucho mejor que hace unos años. Cuando nosotros éramos pequeños ibas a la feria y era normal ver a los ponis o los pollitos amarillos en el mercado, y, aunque ahora todavía se ve, a la mayoría de la gente le parece horrible. Aunque a los niños hay que educarlos en cuidar la naturaleza, y a los adultos también, estamos mucho más concienciados que antes y creo que viene de desarrollar ese amor hacia los seres vivos. Este tipo de libros es lo que busca, y que se entienda que hasta a los bichos más feos, raros, babosos y pedorros hay que quererlos.
EL PAÍS
