Un niño de 11 años intenta convencer a su padre de que lo deje acompañarlo en un viaje. Su padre le dice que visitará a su abuela y que solo será un ida y vuelta. Ante la insistencia del pequeño, se muestra cortante y lo manda a dormir. Pero el niño no se rinde y prepara su mochila a escondidas. Al día siguiente, se levanta a las seis de la mañana, desafiando el frío serrano que invita a quedarse entre las sábanas. Pero su padre ya no está. Conociendo la obstinación del segundo de sus cuatro hijos, había decidido pasar la noche en su taller de imprenta para no tener que decirle que no una vez más.
Un niño de 11 años intenta convencer a su padre de que lo deje acompañarlo en un viaje. Su padre le dice que visitará a su abuela y que solo será un ida y vuelta. Ante la insistencia del pequeño, se muestra cortante y lo manda a dormir. Pero el niño no se rinde y prepara su mochila a escondidas. Al día siguiente, se levanta a las seis de la mañana, desafiando el frío serrano que invita a quedarse entre las sábanas. Pero su padre ya no está. Conociendo la obstinación del segundo de sus cuatro hijos, había decidido pasar la noche en su taller de imprenta para no tener que decirle que no una vez más. Seguir leyendo
Un niño de 11 años intenta convencer a su padre de que lo deje acompañarlo en un viaje. Su padre le dice que visitará a su abuela y que solo será un ida y vuelta. Ante la insistencia del pequeño, se muestra cortante y lo manda a dormir. Pero el niño no se rinde y prepara su mochila a escondidas. Al día siguiente, se levanta a las seis de la mañana, desafiando el frío serrano que invita a quedarse entre las sábanas. Pero su padre ya no está. Conociendo la obstinación del segundo de sus cuatro hijos, había decidido pasar la noche en su taller de imprenta para no tener que decirle que no una vez más.
El niño no volverá a ver a su padre. Primero le dirán que lo han apresado y, casi tres días después, se enterará de que lo han matado en una quebrada, a más de 4.000 metros de altura, en un centro poblado llamado Uchuraccay. Octavio Infante García fue uno de los ocho periodistas asesinados junto con su guía, a huaracazos —golpes con una honda andina— y hachazos el 26 de enero de 1983, en las alturas de Ayacucho. Tenía 43 años y dirigía su propio periódico, Panorama de Huamanga, desde donde reportaba los primeros episodios de la guerra interna entre el terrorismo y las Fuerzas Armadas, que desangraría al Perú durante las dos décadas siguientes.

La brutalidad del crimen conmocionó al país y desató numerosas interrogantes. Se creó una comisión investigadora, encabezada por el escritor Mario Vargas Llosa, cuyas conclusiones, a pesar de haber sido rebatidas, perduran hasta hoy: los periodistas —que habían viajado a la zona para investigar la muerte de unos terroristas en un pueblo cercano— fueron confundidos con miembros de Sendero Luminoso por los comuneros de Uchuraccay, que los atacaron en masa.
Según esa versión, los comuneros creyeron que sus cámaras eran armas y no pudieron entenderse porque unos hablaban español y los otros, quechua. El verdadero problema peruano, decía entonces Vargas Llosa, era el de “la incomunicación entre quienes disfrutamos de condiciones de vida moderna, y esa mayoría que languidece en la más pavorosa miseria, cuya vida es y solo puede ser bárbara y a la que, por lo mismo, exigirle comportamientos civilizados resulta una obscenidad”.
La tesis, respaldada por el Gobierno de Fernando Belaúnde, culpaba a todos y, al mismo tiempo, a nadie. 43 años después, uno de los huérfanos de la masacre de Uchuraccay reabre la discusión sobre lo que realmente sucedió. Carlos Infante Yupanqui, hijo de Octavio Infante García, el Gordo Octavio, publicó hace unos meses Dame tu cámara, carajo (Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga), un ensayo de 181 páginas sustentado en más de una década de investigación, trabajo de campo, nuevos testimonios y documentación que le ha permitido reconstruir el ataque y señalar a responsables con nombre y apellido. Pero el libro también le ha servido para aliviar el peso de una pregunta que nunca dejó de hacerse: si aquella mañana hubiera logrado acompañar a su padre, ¿habría podido cambiar su destino?

Desde que asimiló que no volvería a treparse a la espalda de aquel hombre corpulento, de baja estatura y lentes ahumados, Carlos Infante supo que sería periodista y que algún día saldaría cuentas con esta historia. Cada vez que iba al colegio, se detenía un momento en la imprenta para recordar a Octavio escribiendo en el viejo linotipo sin mirar el teclado. Lo recordaba exhausto, llegando a casa después del toque de queda, agitando una tela blanca para que no lo detuvieran. Y lo recordaba frontal, sin amilanarse a la hora de publicar una noticia, aunque pudiera traerle problemas con los subversivos o con las Fuerzas Armadas. Ayacucho fue el principal campo de batalla de una guerra que dejaría allí por lo menos 25.000 muertos y desaparecidos.
“Vargas Llosa fue un tonto útil que empeñó su prestigio”, dice Carlos Infante —mostacho, frente amplia, un lunar en el mentón— desde su despacho en Huamanga, Ayacucho. Detrás de él, una fotografía en blanco y negro resalta en una pared cubierta de diplomas. Es su padre —la camisa fuera del pantalón y la casaca al hombro— caminando por la puna junto al resto de periodistas. Fue tomada horas antes de su muerte.
Las fotografías cambiarían la discusión sobre el caso. En mayo de 1983, apenas cuatro meses después de la matanza, salieron a la luz nueve imágenes desenfocadas halladas en la cámara de una de las víctimas. En ellas se ve a los periodistas conversando con comuneros de Uchuraccay, una secuencia que puso en cuestión la idea de que no hubo diálogo y de que ni siquiera tuvieron tiempo de identificarse. Willy Retto apretó nueve veces el obturador antes de morir.
Carlos Infante afirma que aquel “hallazgo” de las cámaras en una cueva de vizcachas fue montado para presentárselo a un juez que necesitaba pruebas, pero que los infantes de Marina —que ejercían el control en la provincia de Huanta— no contaban con que una de las cámaras pudiera contener evidencias capaces de contradecir la versión oficial. El idioma tampoco habría sido una barrera: además del guía —que era su tío—, su padre hablaba quechua. Luego se sabría que algunos de sus verdugos hablaban castellano y que incluso habían recibido instrucción militar. Pero lo más grave, cuenta Infante, vino después. El general Clemente Noel Moral, quien estaba al mando de varias regiones declaradas en estado de emergencia, intentó responsabilizar a los propios periodistas de su muerte. “Dijo que fue su culpa por ir a buscar a senderistas, que además portaban una bandera roja, y que muchos de ellos tenían esas inclinaciones”, dice.

A Carlos Infante le duele que cada 26 de enero la matanza siga siendo recordada como el resultado de una confusión y no como la consecuencia de una estrategia que, asegura, fue impulsada por el Gobierno de Belaúnde para fomentar la creación de grupos paramilitares. “Su objetivo era trasladar los costos de la guerra sobre la población campesina, evitando, en lo posible, bajas y gastos en las fuerzas del orden frente a un enemigo anónimo e imprevisible”, explica. En su libro, Infante sostiene, a partir de testimonios y documentos, que Uchuraccay estaba sometida a una élite comunal que había sido desplazada por los terroristas y buscaba recuperar el poder, incluso con técnicas militares como la emboscada. Sus integrantes, liderados por Silvio Chávez Soto y Fortunato Gavilán, ya habían cometido una serie de matanzas. Cuando aquella tarde los periodistas les dijeron que habían llegado a la zona para investigar esos crímenes, firmaron su sentencia. Habían comprendido el mensaje demasiado bien.
“Eran absolutamente conscientes de la responsabilidad penal por los crímenes sistemáticos que habían cometido, pero sentían un grado de impunidad por el apoyo de las Fuerzas Armadas”, dice Infante. El autor traza una cadena de mando que empieza con el presidente Belaúnde —con quien la historia suele ser indulgente—, continúa con su ministro de Guerra, el general Luis Cisneros, y sigue con el general Clemente Noel, entre otros, por haber aplicado el Manual ME-41-1, que regía las operaciones contraguerrilleras. Todos han muerto ya, como varios de los deudos. Pero Infante todavía espera justicia, aunque sea con el relato. La última posibilidad está en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La petición de los familiares fue declarada admisible en marzo de 2010, pero no ha avanzado desde entonces.
Su madre, la viuda de Octavio, le ha pedido que se cuide. Remover el pasado puede ser peligroso, sobre todo en días en los que la memoria está amenazada. A sus 54 años, Carlos Infante asegura que no tiene miedo y que, con su ensayo, tiene cómo disputar el relato que se impuso durante décadas. Uchuraccay ya no es la palabra con la que lo molestaban de niño. Es el libro que necesitaba escribir.
EL PAÍS
