Pasamos entre 15 y 20 años de nuestra vida estudiando. Aprendemos matemáticas, historia, idiomas o ciencias, y aun así hay algo que rara vez nos enseñan: de qué manera aprende nuestro cerebro. Damos por buenas técnicas como releer los apuntes, subrayar páginas enteras o concentrar el esfuerzo en los días previos a un examen porque forman parte de la cultura escolar. Y, sin embargo, son con frecuencia las causantes de una curiosa paradoja: la de hacer creer al cerebro que está asimilando más de lo que realmente aprende.
En ‘Tu cerebro tiene truco’, el docente gallego desmonta algunas de las creencias más extendidas sobre el estudio y explica por qué muchas de las técnicas que damos por buenas son, en realidad, poco eficaces
Pasamos entre 15 y 20 años de nuestra vida estudiando. Aprendemos matemáticas, historia, idiomas o ciencias, y aun así hay algo que rara vez nos enseñan: de qué manera aprende nuestro cerebro. Damos por buenas técnicas como releer los apuntes, subrayar páginas enteras o concentrar el esfuerzo en los días previos a un examen porque forman parte de la cultura escolar. Y, sin embargo, son con frecuencia las causantes de una curiosa paradoja: la de hacer creer al cerebro que está asimilando más de lo que realmente aprende.
¿Por qué, entonces, nadie nos explica cuando más lo necesitamos cuál es la mejor manera de estudiar? Un dilema persistente que llevó a Rubén J. Calviño, maestro de Primaria (A Coruña, 1997) a sumergirse en la psicología del aprendizaje y la neurociencia, y terminó cristalizando en Tu cerebro tiene truco (Plataforma Editorial, 2026), un libro que desmonta algunas de las ideas más asentadas sobre el estudio y propone otra forma de entender cómo aprendemos.
Pregunta. Todos hemos pasado por la escuela, muchos por la universidad y, de una u otra forma, seguimos aprendiendo a lo largo de toda la vida. ¿De dónde viene la idea de que, en realidad, no aprendemos tan bien como creemos?
Respuesta. Una de las cosas que más me fascina de la psicología cognitiva es que el aprendizaje es contraintuitivo. Hay una metáfora de Héctor Ruiz Martín que me gusta mucho: aprender es como nadar. Todos podemos hacerlo de manera intuitiva, pero si queremos hacerlo de la forma más eficiente necesitamos aprender la técnica del crol. Con el aprendizaje ocurre lo mismo: el cerebro nos da una sensación de que estamos aprendiendo, pero esa sensación a corto plazo no tiene nada que ver con el aprendizaje profundo y duradero.
Está demostrado, por ejemplo, que la estrategia más habitual para estudiar sigue siendo releer una y otra vez los apuntes. Todos lo hemos hecho. El problema es que esa práctica apenas mejora el recuerdo a largo plazo. En cambio, estrategias como activar los conocimientos previos, comprender la estructura de lo que vamos a estudiar o intentar reconstruir la información de memoria exigen más esfuerzo, pero son mucho más productivas. Muchas veces no aprendemos peor porque nos falte capacidad, sino porque utilizamos un método poco eficaz.
P. ¿Cómo deberíamos enfrentarnos a un contenido nuevo para aprenderlo de verdad?
R. Yo empezaría por dos ideas muy sencillas. La primera es activar los conocimientos previos. Antes de empezar conviene preguntarse qué sabemos ya sobre ese tema. Siempre hay alguna experiencia, algún concepto o alguna referencia que puede servir de punto de apoyo para conectar con la información nueva. Cuantas más conexiones establezcamos, más sólido será el aprendizaje.
La segunda es dejar de estudiar de forma lineal. A muchos nos enseñaron a empezar por la primera página, seguir con la segunda, luego la tercera… El problema es que cuando llegas a la página 30 apenas recuerdas la primera. Es mucho más útil dedicar un tiempo inicial a entender la estructura general del contenido, identificar los grandes apartados y hacerse una idea de cómo está organizado. Una vez tienes ese mapa mental, resulta mucho más fácil incorporar los detalles y relacionarlos entre sí.
P. Pasamos buena parte de nuestra vida estudiando contenidos, pero casi nadie nos enseña a estudiar. ¿Cómo se ha llegado a normalizar algo así?
R. Creo que durante mucho tiempo hemos transmitido muchas ideas sobre el aprendizaje que no estaban respaldadas por la evidencia científica. Un ejemplo muy claro es el de los estilos de aprendizaje —visual, auditivo o kinestésico—. Es un mito muy extendido y, sin embargo, la investigación no demuestra que enseñar a cada alumno según ese supuesto estilo mejore realmente el aprendizaje.
En los últimos años esto está cambiando y creo que es una buena noticia. Enseñar tiene un componente pedagógico y otro científico, y cada vez damos más importancia a trasladar a las aulas lo que sabemos sobre cómo aprende el cerebro. Pero todavía queda camino por recorrer. Aunque en el currículo existe la competencia de aprender a aprender, no hay una asignatura ni una formación específica dedicada a enseñar estrategias de aprendizaje basadas en la evidencia. Al final dependemos mucho de los profesores que hemos tenido, de nuestras familias o de las experiencias personales.
P. En ‘Tu cerebro tiene truco’ explica que solemos confundir la sensación de aprendizaje con el aprendizaje real. ¿Por qué nuestro cerebro nos engaña con tanta facilidad?
R. Porque el cerebro intenta ser eficiente. Su prioridad no es que aprendamos más, ni siquiera que seamos más felices: su primera función es sobrevivir. Por eso las estrategias que realmente funcionan suelen ser también las que exigen un mayor esfuerzo cognitivo. Releer unos apuntes, por ejemplo, resulta mucho más cómodo que intentar reconstruir de memoria lo que acabamos de estudiar o relacionarlo con conocimientos previos.
El problema es que confundimos esa comodidad con aprendizaje. Como una tarea nos resulta fácil, tenemos la sensación de que estamos progresando, cuando muchas veces ocurre justo lo contrario. Las estrategias que más nos hacen pensar suelen ser las que mejor consolidan el aprendizaje, aunque en ese momento nos parezcan más difíciles y menos productivas.
P. Muchos hemos vivido esa experiencia de releer unos apuntes varias veces y acabar convencidos de que dominamos el tema simplemente porque nos resulta familiar. ¿Por qué reconocer una información no es lo mismo que haberla aprendido?
R. Porque reconocer una información cuando la volvemos a ver no significa que hayamos aprendido de verdad. El objetivo no es que un concepto nos resulte familiar, sino ser capaces de evocarlo por nosotros mismos y utilizarlo cuando lo necesitamos, ya sea para resolver un problema, escribirlo en un examen o aplicarlo en nuestro trabajo.
Para conseguirlo no basta con haber leído esa información una vez. Hay que conectarla con los conocimientos previos y volver a activarla en distintos momentos. Es ese proceso de reactivación el que termina consolidando el aprendizaje a largo plazo.
P. Otra experiencia muy común es darse un atracón a estudiar la víspera de un examen y pensar que ha sido una sesión muy productiva. A menudo funciona para aprobar al día siguiente, pero un mes después apenas queda rastro. ¿Por qué se sigue identificando ese tipo de estudio con un aprendizaje exitoso?
R. Porque confundimos el rendimiento inmediato con el aprendizaje a largo plazo. Después de un atracón de estudio es normal recordar mucha información al día siguiente, pero eso no significa que se haya consolidado. Para que un aprendizaje perdure necesita reactivarse en diferentes momentos. Si en las 24 o 48 horas siguientes no volvemos a activar esa información, una gran parte se pierde. Además, la consolidación también depende del sueño: es durante el descanso cuando el cerebro organiza y fija buena parte de lo aprendido. Por eso estudiar toda la noche antes de un examen puede servir para salir del paso, pero es una de las peores estrategias si queremos recordar ese conocimiento semanas o meses después.
P. Muchas personas siguen pensando que hay gente que vale para estudiar y gente que no. Después de revisar toda la evidencia científica que recoge en el libro, ¿qué pesa más a largo plazo: el talento o la forma en que aprendemos?
R. Evidentemente existen diferencias individuales y hay factores biológicos que influyen. Pero, una vez superado un determinado umbral, la evidencia muestra que el método y la perseverancia pesan mucho más que el talento. Dos personas con capacidades similares pueden obtener resultados muy distintos simplemente porque una utiliza estrategias de aprendizaje más eficaces que la otra.
P. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información. Leemos artículos, vemos vídeos, escuchamos pódcast o seguimos cursos casi a diario. ¿Estamos aprendiendo más o simplemente acumulando una sensación de conocimiento?
R. Creo que hoy tenemos muchas más oportunidades para aprender bien porque podemos acceder a un mismo contenido desde distintos formatos y perspectivas. Eso facilita establecer conexiones y consolidar el aprendizaje. El problema es que también vivimos expuestos a una cantidad enorme de información, y esa sobreabundancia hace que muchas veces confundamos familiaridad con conocimiento profundo.
Sabemos reconocer muchos conceptos porque estamos continuamente expuestos a ellos, pero eso no significa que los hayamos integrado realmente. La inteligencia artificial puede ayudarnos a aprender mejor, pero también aumenta el riesgo de quedarnos en una comprensión superficial si no hacemos el esfuerzo de procesar esa información.
P. Si tuviera que resumir todo en un único consejo práctico para cualquier estudiante, ¿cuál sería?
R. Que antes de intentar aprender algo nuevo dediquen unos minutos a preguntarse qué saben ya sobre ese tema. A partir de ahí, conviene entender primero la estructura general del contenido antes de entrar en los detalles. Ese pequeño cambio puede parecer sencillo, pero transforma por completo la forma de aprender, porque permite conectar la información nueva con la que ya tenemos y construir un aprendizaje mucho más persistente.
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