A Silvia Abascal (Madrid, 47 años) la conocimos siendo casi una niña en la televisión de los noventa, cuando el país entero miraba los mismos canales y los rostros se volvían familiares al instante. Tres décadas después, su presencia evoca la constancia, el rigor y, como ella misma asegura, “el pico y la pala” de las mejores intérpretes. Se ha incorporado ahora a la nueva temporada de Entre tierras (Atresplayer), una de las series más vistas de los últimos años, con un personaje clave del que no quiere adelantar ningún detalle. Una discreción coherente con su forma de entender la profesión: “Cuanto más tiempo pasa, mayor es mi respeto por este oficio”.
Con motivo de su llegada a la serie ‘Entre tierras’ (Atresplayer), la actriz reflexiona sobre su industria y sus retos personales. “La felicidad pasa por la serenidad, por la calma”, sostiene
A Silvia Abascal (Madrid, 47 años) la conocimos siendo casi una niña en la televisión de los noventa, cuando el país entero miraba los mismos canales y los rostros se volvían familiares al instante. Tres décadas después, su presencia evoca la constancia, el rigor y, como ella misma asegura, “el pico y la pala” de las mejores intérpretes. Se ha incorporado ahora a la nueva temporada de Entre tierras (Atresplayer), una de las series más vistas de los últimos años, con un personaje clave del que no quiere adelantar ningún detalle. Una discreción coherente con su forma de entender la profesión: “Cuanto más tiempo pasa, mayor es mi respeto por este oficio”.
Pregunta. Los villanos de Entre tierras son empresarios que anteponen la ambición al apego con la tierra. ¿Ha sentido ese choque entre vocación y negocio en la cultura?
Respuesta. Hay más vocación, pero también se puede respetar el oficio sin ella. Las herramientas con las que trabajamos en la cultura necesitan cuidado, atención y conocimiento. Hay gente en el arte que está aquí como si estuviera, con todo el respeto, manejando fiambre en una charcutería.
P. ¿En qué es distinta la televisión actual de la de los noventa?
R. En casi todo. En Pepa y Pepe, por ejemplo, había tiempo de sobra para ensayar o planificar. También han cambiado los contenidos: ahora todo pasa por lo políticamente correcto, por no incomodar a nadie, y eso limita la creatividad. El arte no está para dar lecciones morales, sino para provocar preguntas o incomodar incluso.
P. Empezó con 14 años en Un, dos, tres… ¿Era un trabajo duro para una adolescente?
R. No viví explotación, pero es verdad que me gestionaba sola. Los niños que trabajábamos en los noventa lo hacíamos como adultos. No había un educador que pusiera límites claros.
P. En el cine y la televisión parece haber menos espacio para las actrices conforme van cumpliendo años. ¿Lo percibe así?
R. Cada vez hay más personajes femeninos interesantes, ya no son un mero satélite. Pero es verdad que sigue habiendo una división en el audiovisual: o eres joven o madura; o eres la Lolita o la abuela. Desde que me estrené como madre, es todo lo que me llega. Y piensas: “Pero si mi hija tiene 30 años… ¿A qué edad la tuve?”.
P. Ha sido una actriz implicada en causas sociales y humanitarias. ¿Ve a las nuevas generaciones menos comprometidas?
R. Eso no lo marca la profesión, sino tu educación y empatía, y yo quiero que mi altavoz sirva para algo más que promocionar un proyecto. El cambio es que ahora muchas veces las propias organizaciones te piden que ayudes con un selfi y una frase en redes y eso me deja muy vacía. Me he sentido útil cuando he viajado al terreno: a Sudán, Palestina o Benín.
P. ¿Cómo era salir a la calle cuando series como Pepa y Pepe las veía todo un país?
R. Es que había cinco canales. Era otra dimensión. Y, aun así, Pepa y Pepe duró solo un año, no se quiso estirar el chicle. Y quizá por eso se quedó tan grabada en la memoria de tantas familias. Yo nunca he vivido el éxito desde un lugar de exceso. Siempre he sentido mucho cariño y respeto del público.
P. ¿Cómo vivía las escenas de desnudo cuando no existían, por ejemplo, los coordinadores de intimidad?
R. Con mucha inocencia. No he tenido malas experiencias, pero sí momentos de decir: “¿Por qué están hasta los de catering en esta secuencia?”. Ahora eso está mucho más cuidado: en una escena íntima están solo las personas imprescindibles.
P. De aquella Silvia casi adolescente a la actual, ¿qué sueños ha cumplido y cuáles siguen pendientes?
R. El mayor sueño cumplido es poder vivir de esto y seguir haciéndolo. Es un privilegio enorme porque tengo compañeros con muchísimo talento que no han podido continuar. Y un sueño que tenía era tener mi propia compañía de teatro. Y ahora mismo no lo haría por el sacrificio que conlleva el teatro: por conciliación, por maternidad. Quizá más adelante.
P. En sus redes sociales sigue conmemorando la memoria de Verónica Forqué. ¿Qué significó para usted?
R. Ha sido la actriz con la que más veces he trabajado: hicimos mi primera serie, mi primera película… Pero, más allá de eso, era amiga. En este oficio no te llevas solo lo que se ve en pantalla, ni los premios o los éxitos, te llevas la vida compartida con ese equipo. Y con Vero compartí mucho. Y la quiero mucho.
P. Tras su fallecimiento se abrió un debate sobre la salud mental en los medios. ¿Sacó alguna conclusión?
R. Que nadie es responsable de una enfermedad mental, que deben ser tratadas y acompañadas, pero hay factores que se pueden cuidar mejor. Y siento que una sobreexposición así, y cierto maltrato en redes, no ayudan en absoluto en un proceso tan delicado.
P. Decía en Instagram que su deseo para este año era tener paz. ¿Qué hace para encontrarla?
R. Estar bien con los míos y conmigo misma. La felicidad pasa por la serenidad, por la calma. Ser consciente de los momentos: leer mientras llueve, que te dé el sol en la cara… Es importante porque estamos viviendo un momento muy duro. Ver un telediario hoy es un acto terrorífico y, como es cotidiano, lo normalizamos y nos anestesiamos. No podemos acostumbrarnos a la deshumanización.
P. Quince años después del ictus que padeció sigue copando titulares en las entrevistas con usted. ¿Le molesta?
R. Lo entiendo, porque es un proceso importante y con secuelas. No es una recuperación sencilla ni total, pero siempre he recibido mucho cariño y mucho respeto. Pero sí es verdad que a veces piensas: “Hemos estado media hora hablando de trabajo, de la profesión… Y el titular es ese”. Llama la atención que se queden con eso.
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