Es posible que ninguna serie haya tenido jamás un giro argumental tan gigantesco como el que la serie Sugar presentó en su sexto episodio. Tanto que si no han visto esta ficción (y tienen pensado hacerlo), mejor no sigan leyendo este texto. Para el resto, hagamos memoria: mientras se acercaba al final de su primera temporada, esta serie de detectives protagonizada por Colin Farrell cambiaba por completo su statu quo pasando de ser un neo-noir en la actual Los Ángeles a poseer un trasfondo de ciencia ficción. Todo lo que se había contado, ahora era otra cosa. Su personaje principal se revelaba frente al espejo como un alienígena, uno obsesionado, eso sí, con las películas de cine negro clásicas de estos humanos a los que observa y venera. Después de este vuelco, ¿cómo puedes continuar tu argumento sin trastocar del todo tu esencia? Eso es lo que trata de responder la segunda temporada de Sugar, que acaba de estrenarse en Apple TV.
Es posible que ninguna ficción haya tenido jamás un vuelco argumental tan gigantesco como el que esta presentó en su sexto episodio
Es posible que ninguna serie haya tenido jamás un giro argumental tan gigantesco como el que la serie Sugarpresentó en su sexto episodio. Tanto que si no han visto esta ficción (y tienen pensado hacerlo), mejor no sigan leyendo este texto. Para el resto, hagamos memoria: mientras se acercaba al final de su primera temporada, esta serie de detectives protagonizada por Colin Farrell cambiaba por completo su statu quo pasando de ser un neo-noir en la actual Los Ángeles a poseer un trasfondo de ciencia ficción. Todo lo que se había contado, ahora era otra cosa. Su personaje principal se revelaba frente al espejo como un alienígena, uno obsesionado, eso sí, con las películas de cine negro clásicas de estos humanos a los que observa y venera. Después de este vuelco, ¿cómo puedes continuar tu argumento sin trastocar del todo tu esencia? Eso es lo que trata de responder la segunda temporada de Sugar, que acaba de estrenarse en Apple TV.
Desde que Juego de tronos matara a Ned Stark al final de su primera temporada (y después la boda roja culminara sus giros), ha habido numerosas series que se han atrevido a cambiar a su protagonista mediante la pena de muerte. Lo hemos visto en The Good Wife, Homeland(con posterior resurrección) o Downton Abbey. Del mismo modo, otras series perdieron a su actor principal por diferentes motivos y siguieron sin mirar atrás: The Walking Dead, Dos hombres y medio, House of Cards, Spin City, The Office… Ese movimiento es ya casi un tópico más de la pequeña pantalla. Pero un cambio de actores es solo un detalle frente a un giro profundísimo en su mera concepción como el de Sugar.
Su idea quizás podría asemejarse más al final de la primera temporada de The Good Place (cuando el cielo se rebeló como el infierno), uno de los espectaculares cambios de tercio de Perdidos, el descubrimiento de la madre de Cómo conocí a vuestra madreo el vuelco de géneros de Westworld (del western a los samuráis a… lo que fuera). The Wire, del mismo modo, cambiaba de personajes centrales y concepto cada temporada, pero el protagonista seguía ahí: Baltimore. Todos fueron cambios de statu quo profundos en la manera de hacer y contar la serie, claro, pero Sugar, en cambio, alteró además la percepción del espectador y de lo que estaba viendo. Quizás por eso también fue una de las series que más dividió a la crítica en su estreno.
En la primera temporada, la periodista Lucy Magan de The Guardian, por ejemplo, dijo que se enfrentó al giro “con bufidos de desprecio” dado que “está demasiado avanzado en la historia para funcionar narrativamente y, además, es injusto para los muchos espectadores que se opondrán a él”.

Porque este vuelco se daba a mitad del caso que recorría la primera temporada, pese a que la versión original del guion lo presentara ya desde el primer episodio, algo mucho más habitual a modo de presentación completa de un piloto: “Si lo haces en el primer episodio o el segundo, la audiencia entra en su perspectiva y ve el resto sabiendo qué está pasando”, explicaba el guionista de la ficción Simon Kinberg a Variety, que heredó el concepto de Mark Protosevich. “Pero cuando empezamos a discutirlo, pensamos en guardarnos el misterio de quién era John Sugar, lo que se convirtió en algo fundamental de ver la serie. Es tan misterioso como lo que investiga”.
En realidad, la información sigue llegando ahora a cuentagotas en su segunda temporada, que, pese a comenzar recordando que Sugar fue el único alienígena que se quedó en la Tierra, y situándonos en su propia historia, pronto vuelve a convertirse en ese neo noir con sombras de Chinatown que dibujaba una empobrecida y corrupta Los Ángeles. Hay un nuevo caso, ahora centrado en un boxeador, dos hermanos de origen asiático (ahora que el protagonista ha perdido a la suya), el fentanilo y la corrupción policial, y Sugar entra de lleno a su investigación para olvidarse de sus problemas. Porque este hombre perdido y solo sigue siendo lo más interesante.

Ahora el espectador, eso sí, entiende cómo puede sobrevivir a tiroteos mortales y acompaña al protagonista en sus solitarios monólogos en off sobre sus reflexiones a los terráqueos y el daño que se hacen. Su concepción como alien (palabra que en inglés sirve tanto para nombrar a extraterrestres como a inmigrantes) le da pie, además, a reflexionar metafóricamente sobre sentirse extraño en un lugar que no es del todo tuyo, mientras trata de entender a la humanidad desde su muy abierta perspectiva. Sin ser humano, es el detective más humanista del mundo, y eso le da otra capa a su caracterización. Solo en un flashback del capítulo seis, el espectador recibe nueva información sobre sus orígenes y el papel de estos alienígenas en la Tierra.
Colin Farrell explicaba en RadioTimespor qué le gustó ese condicionante: “Es por ello que ve así a la condición humana. Ve Los Ángeles como un lugar roto, pero que constantemente habla a su corazón y todo con el que empatiza. Que fuera un extraño significaba que no tenía el hastío propio de un ser humano, simplemente ve la oscuridad y la violencia a través de sus experiencias como detective, pero no es la totalidad de su experiencia con los humanos. Ve mucho potencial y ve que son capaces de grandes actos de amor, calidez y generosidad”. Ese vuelco, además, le daba intriga a su propio personaje.

Todo lo que funcionaba en Sugar vuelve a hacerlo pese al cambio de contexto. Sigue siendo elegante, silenciosa y con un montaje rápido que construyó Fernando Meirelles. Su condición como alienígena le hace tener un discurso propio y diferenciarse de los cientos de noir que hoy se multiplican por las plataformas (lo mismo que hacía Spider-Noir, aunque de manera totalmente opuesta). Si bien es lógico que ese giro espantara a muchos seguidores del género policiaco, su condición de extraterrestre es solo una pieza más del concepto de este personaje obsesionado por el cine. Pueden estar tranquilos, en esta temporada no hay más efectos especiales para crear el cuerpo azul alienígena que apareció durante escasos segundos en pantalla, solo alguna mirada de ojos extraños. Pero, en realidad, sienta bien que, de vez en cuando, una serie te sorprenda con algo que nadie habría imaginado. Guste más o menos, mantiene viva la creatividad en una ficción cada vez más repetitiva.
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