El 13 de junio de 1977, Ana salió de clase y pasó por su casa. “Vamos a ir a ver a Felipe González al Rayo, ¿te vienes?”, le dijo a su padre. “¿Al Rayo? ¡Ni loco!”, respondió él. Faltaban dos días para las primeras elecciones democráticas en España en más de cuarenta años. El PSOE cerraba su campaña en Vallecas. Décadas antes, ese estadio había sido un campo de concentración por el que pasaron más de 9.500 prisioneros. Su padre fue uno de ellos. Y no pensaba volver a entrar ahí.
El 13 de junio de 1977, Ana salió de clase y pasó por su casa. “Vamos a ir a ver a Felipe González al Rayo, ¿te vienes?”, le dijo a su padre. “¿Al Rayo? ¡Ni loco!”, respondió él. Faltaban dos días para las primeras elecciones democráticas en España en más de cuarenta años. El PSOE cerraba su campaña en Vallecas. Décadas antes, ese estadio había sido un campo de concentración por el que pasaron más de 9.500 prisioneros. Su padre fue uno de ellos. Y no pensaba volver a entrar ahí. Seguir leyendo
El 13 de junio de 1977, Ana salió de clase y pasó por su casa. “Vamos a ir a ver a Felipe González al Rayo, ¿te vienes?”, le dijo a su padre. “¿Al Rayo? ¡Ni loco!”, respondió él. Faltaban dos días para las primeras elecciones democráticas en España en más de cuarenta años. El PSOE cerraba su campaña en Vallecas. Décadas antes, ese estadio había sido un campo de concentración por el que pasaron más de 9.500 prisioneros. Su padre fue uno de ellos. Y no pensaba volver a entrar ahí.
Durante la dictadura franquista, en España funcionaron cerca de 300 campos de concentración. Por ellos pasaron entre 700.000 y un millón de personas. Según documentó el periodista Carlos Hernández de Miguel en su libro Los campos de concentración de Franco, en Madrid se levantaron al menos 16 de estos espacios. Algunos, en los principales estadios de fútbol de la ciudad: el Metropolitano, donde jugaba el Atlético de Madrid; el de Chamartín, del Real Madrid; y el Estadio de Vallecas, hoy del Rayo Vallecano.

Más de 85 años después, investigadores, vecinos y parte de la afición del Rayo Vallecano han impulsado un libro colectivo que busca reconstruir lo ocurrido en el estadio durante aquellos días. El proyecto se apoya en archivos dispersos y, sobre todo, en testimonios orales de familiares de antiguos prisioneros, con la intención de recuperar una memoria fragmentada por la censura, el miedo y el silencio. “Esas primeras generaciones que siguieron a esos represaliados no tuvieron nunca voz, porque llegó el franquismo”, dice a EL PAÍS Juan Jiménez Mancha, bibliotecario, archivero y especialista en historia vallecana que coordina el proyecto. Y añade: “Por eso, cuando tocas estas historias, ya no es solo la historia del campo de concentración. Te cuentan que a su hermano lo fusilaron o a su madre la humillaron en el pueblo. Surgen otras historias”.
El proyecto nació en abril de 2025, en una jornada de memoria histórica organizada por el grupo antifascista del Rayo Vallecano, Bukaneros. Primero contactaron con la gente más cercana, luego lo difundieron por redes sociales y así se fue expandiendo. Hasta ahora han localizado a una treintena de descendientes. “Hay varias generaciones de rayistas que descienden directamente de prisioneros”, cuenta Jiménez Mancha. Pero recuperar sus historias es más que el relato individual de una experiencia: es trazar un mapa. “Nos interesan los nombres de todos, porque por no existir en los archivos, tampoco hay ninguna relación de gente que estuvo en el campo. También queremos aportar una relación de los prisioneros”.
Generaciones truncadas
Cuando comenzó la guerra, Eugenio Domínguez Ranz tenía 21 años y una certeza: no quería utilizar armas. Por eso se ofreció como voluntario en el Batallón ciclista Enrique Malatesta, encargado de trasladar partes militares entre distintos puntos del frente. Un día llegó al cuartel de Guadalajara y lo encontró vacío. Entendió que los demás ya sabían algo, así que regresó a su casa y esperó. Pero cuando salió a ver qué ocurría en el centro de Madrid, la Guardia Mora lo detuvo y lo envió al campo de concentración del Estadio de Vallecas. Pasó allí unos días: hacinado, sin apenas comida, con frío y bajo la lluvia. Pensó que, después de todo lo vivido, no podía morir “así como así”. Aprovechó un descuido y logró escapar. De vuelta en su casa, quemó las copias de los partes militares que había guardado.
Poco después, el ejército de Franco lo volvió a llamar a filas. “Esa generación tuvo tres años de guerra y otros tres de mili con Franco”, resume su hija, Ana Rosa Domínguez. La represión alcanzó también a su familia: a su abuelo, de 73 años, lo enviaron al penal de Camposancos, conocido como “la puerta del infierno”, y a uno de sus hermanos a un campo de trabajo. Su madre también arrastró el hambre de aquellos años. Ya en democracia, Domínguez intentó indagar un poco más en esas historias, pero el relato se truncó: era demasiado doloroso para ellos.

Las voces que hoy se están recopilando para este libro coral sobre el Estadio de Vallecas comparten un mismo patrón: en algún momento aparece el silencio. “Los testimonios de los prisioneros nunca son increíblemente largos ni densos. Tenemos testimonios de gente que cuenta siete u ocho cosas de mucho interés y otros de gente que apenas sabe nada, porque su abuelo o su padre no contó casi nada. Pero ese no contar ya nos interesa”, explica Jiménez Mancha. El proyecto busca ahora reunir el mayor número posible de testimonios, a través del boca a boca, la difusión vecinal, las redes sociales y los actos que se organizan en los barrios.
“Lo bonito de esto es que estamos hablando los familiares”
Cuando Eduardo Jiménez pensaba en la historia de España del siglo pasado, tenía una imagen fija: la de su abuelo. El resto eran figuras difusas, personajes desconocidos. Pero cuando empezó a conocer a otros descendientes, ese mapa borroso comenzó a completarse. “Es emocionante porque les pones rostro. Conoces a otros descendientes y dices: es que al lado de mi abuelo podría haber estado el padre de este o el abuelo de este otro. Y esto lo bonito que tiene es que estamos hablando familiares”, resume.

Su abuelo, Policarpo Jiménez Jiménez, era de un pueblo de Ciudad Real. Al estallar la Guerra Civil se incorporó voluntariamente al frente de Madrid y, junto a su hermano Pedro, combatieron en distintos puntos de la capital. Cuando entraron las tropas franquistas, fueron detenidos y trasladados al campo de concentración del Estadio de Vallecas.
Lograron escapar días después por un agujero abierto en el recinto tras el impacto de una bomba. Pero al regresar a su pueblo descubrieron que habían saqueado su casa, tirado a su madre por un balcón y detenido a su padre. Los condenaron y los trasladaron a una cárcel. A Pedro lo fusilaron; Policarpo escuchó los disparos desde su celda. El padre murió de hambre en un campo de concentración en Pontevedra.
Eduardo Jiménez reconstruye parte de esa historia a partir de las conversaciones que mantuvo con su abuelo en vida y de las memorias que este escribió para sus hijos. “En sus memorias, mi abuelo cuenta que su madre dio a luz a doce hijos. Solo cuatro llegaron a la niñez. De esos cuatro, apenas sobrevivió mi abuelo”, cuenta. Un hermano que se hizo maqui también fue fusilado; la otra hermana murió de un infarto. “Mi bisabuela vivió lo indecible”.

Otro de los hallazgos de la investigación es el papel de las mujeres. “Nunca habíamos pensado que las mujeres vallecanas fueran tan heroicas”, reconoce Jiménez Mancha. Según los testimonios, ante el encierro de sus familiares, muchas se acercaban al estadio para arrojar bolsas de comida, abrigos o mantas por encima de las vallas. También ayudaban a los prisioneros que lograban escapar y quedaban deambulando por el barrio.
El libro, cuya publicación está prevista para el próximo año, contará con la participación de vecinos, aficionados, periodistas, historiadores y fotógrafos. No buscará cerrar una historia, sino mantener abiertos los fragmentos de una memoria que, todavía, casi un siglo después, sigue intentando ordenarse.
EL PAÍS
