Recuerda haber estado ya en Barcelona. «Una o dos veces», dice, se endereza en la silla y sigue: «Pero me cuesta reconocer la ciudad. Tengo la impresión de que la Barcelona que conocí ahora es otra». ¿El turismo? «Debe de ser», responde sin más. Al contrario de la ciudad, se diría que Willem Dafoe (Appleton, Estados Unidos, 1955) sigue intacto, siempre idéntico a sí mismo. Su voz ligeramente ronca, su sonrisa amplia y su pelo rebelde permanecen en exactamente el mismo sitio desde mucho antes de que en 1980 apareciera acreditado por primera vez en una película. Y no fue una cualquiera. Pocos pueden presumir de haber debutado en la producción que marcó el fin de una era y de caso todo: La puerta del cielo, de Michael Cimino. Si se le recuerda el dato, suelta una carcajada. Ahora, en la Barcelona cambiante de antes, el actor presenta El anfitrión, la película de Miguel Ángel Jiménez basada en la novela de Panos Karnezis en la que da vida a un hombre rico, poderoso, manipulador y enfermo de su propia omnipotencia. Es una película que habla de la más tóxica y rancia de las masculinidades, de la obsesión por el legado, de los vicios del patriarcado y de otras muchas cosas que hacen daño. Eso sí, todo discurre en Grecia, en la Grecia de eterna con el Willem Dafoe de siempre.
El actor, que presenta en el BCN Film Fest ‘El anfitrión’, reflexiona sobre su carrera, su pasado, el poder y la más oculta y secreta de sus películas perdidas
Recuerda haber estado ya en Barcelona. «Una o dos veces», dice, se endereza en la silla y sigue: «Pero me cuesta reconocer la ciudad. Tengo la impresión de que la Barcelona que conocí ahora es otra». ¿El turismo? «Debe de ser», responde sin más. Al contrario de la ciudad, se diría que Willem Dafoe (Appleton, Estados Unidos, 1955) sigue intacto, siempre idéntico a sí mismo. Su voz ligeramente ronca, su sonrisa amplia y su pelo rebelde permanecen en exactamente el mismo sitio desde mucho antes de que en 1980 apareciera acreditado por primera vez en una película. Y no fue una cualquiera. Pocos pueden presumir de haber debutado en la producción que marcó el fin de una era y de caso todo: La puerta del cielo, de Michael Cimino. Si se le recuerda el dato, suelta una carcajada. Ahora, en la Barcelona cambiante de antes, el actor presenta El anfitrión, la película de Miguel Ángel Jiménez basada en la novela de Panos Karnezis en la que da vida a un hombre rico, poderoso, manipulador y enfermo de su propia omnipotencia. Es una película que habla de la más tóxica y rancia de las masculinidades, de la obsesión por el legado, de los vicios del patriarcado y de otras muchas cosas que hacen daño. Eso sí, todo discurre en Grecia, en la Grecia de eterna con el Willem Dafoe de siempre.
- ¿Cuánto le preocupa su propio legado, su herencia, a un actor con casi 50 años de carrera que da vida a un personaje obsesionado con lo que deja tras de sí?
- Antes que actor, me considero espectador. Veo películas constantemente, películas clásicas, y lo primero que pienso apenas me siento es: «Todos estos tipos están muertos». Realmente, y no es falsa modestia, es un asunto que no me preocupa lo más mínimo. De verdad. Estoy demasiado ocupado en hacer lo que hago y, aunque suene raro, quizá es por eso que hago lo que hago. Además, si te paras a pensar en esas cosas es como si celebraras tu funeral por anticipado. ¿Para quién es el legado? ¿Para qué sirve dejar nada a nadie? Prefiero no tener esa responsabilidad. No tengo tiempo para perder el tiempo de esa manera.
- Una cosa que llama la atención del legado en el que prefiere no pensar es que empezó en esto del cine con una película que significó el fin de una época. La puerta del cielo acabó con el Nuevo Hollywood. ¿Diría que ahora mismo el cine vive otro fin de era?
- Bueno y por no asumir toda la responsabilidad, antes hice otras pequeñas cosas. Pero sí, está claro que el cine tal y como lo hemos conocido hasta ahora está en un proceso de cambio. La experiencia de las salas de cine está desapareciendo a favor del streaming y eso nos sitúa en otro mundo. El cine ya no tiene el efecto en la gente que tenía antes. Pero, por otro lado, sería injusto generalizar sin más. Existe un tipo de cine más de autor –tal vez mucho más reducido–, pero que sigue completamente vivo. En cualquier caso, con este tema me sucede un poco como con lo del legado: como no tengo el poder para cambiar nada, prefiero ni pensar en ello. Solo puedo hacer lo que hago.
- ¿Se resiste pues al pesimismo?
- Sí, no soy totalmente pesimista. Lo soy, pero un poco. Todavía encuentro gente muy interesante con la que trabajar y cosas interesantes que hacer. Soy un poco como los viejos capitanes dispuestos a hundirse con el barco. Pero ves cosas hechas con la IA y no das crédito. Hoy mismo me han enseñado una imagen mía envejecida, aún más de lo que ya lo estoy, y era increíble. Parecía que iba a morir… Todo da demasiado vértigo y ahora mismo es imposible pensar en el futuro. Ya es bastante difícil pensar en cómo la gente percibe las cosas en el presente.
«¿Mi legado? Cada vez que veo una película pienso: Todos éstos ya están muertos»
- En El anfitrión da vida a un hombre obsesionado con el poder que recuerda a viejos y muy tóxicos arquetipos del pasado; arquetipos que, por otro lado, se antojan, pese a todo, muy presentes en la política internacional. ¿Cuánto tiempo tenemos que esperar aún hasta presenciar la desaparición de esta gente?
- Me cuesta responder a la pregunta. Pasa el tiempo y siguen ahí. A favor de mi personaje debo decir que la película está ambientada en los años 70. La idea del hombre hecho a sí mismo tenía su relevancia entonces. Es la idea de un hombre que con descaro, imaginación y valor crea un imperio. Eso no ocurre en los hombres que podríamos tener en mente ahora mismo. En Trump, por ejemplo, la figura del hombre hecho a sí mismo no funciona. Él es justo lo contrario. Ahora lo que vemos es un grupo de hombres de negocios interconectados entre sí y que comparten los mismos objetivos y las mismas prácticas comerciales para oprimir al resto de la gente. Eso es lo que hacen los ultrarricos que apoyan a Trump. Da la impresión de que las naciones han desaparecido, que solo importan las megacorporaciones. Lo lógico sería pensar que éstos usaran su privilegio y su poder para hacer el bien, para ayudar a los demás, para oponerse a Trump, pero solo tienen una agenda: hacerse aún más ricos. Lo raro es que, con todo lo que estamos viendo, la gente no se de cuenta de que esta gente son sus enemigos. Deberíamos ir tras ellos, no admirarles. Imagino que es porque tendemos a admirar a los que tienen más que nosotros. No sé, no sé si he contestado.
- Entiendo que le preocupa por lo que dice la deriva de lo que está sucediendo en Irán y en el mundo…
- Por supuesto, es un auténtico desastre…
- Se supone que el arte debería ayudarnos a entender las cosas y a avanzar y, sin embargo, da la impresión que estamos siempre en el mismo punto. ¿No se desanima?
- No diría que estemos en la misma posición. Es como un ciclo que nos hace caer una y otra vez en los mismos errores. La verdad es que no se me ocurre nada inteligente que aportar. Y realmente no me siento cómodo hablando de política porque los actores pueden sentirse tentados a hablar de cosas que la gente no quiere escuchar de ellos. Lo cierto es que sí noto que todos, de un modo u otro, buscamos explicaciones, respuestas… Buscamos una experiencia real y eso, es verdad, lo aporta cualquier cosa que facilite una experiencia colectiva. En un mundo donde todo es virtual, el arte de verdad tiene que servir para reconectarse con la realidad, para fomentar la empatía, la conexión, un sentido de propósito común… Es importante crear un espacio libre para considerar otras formas de abordar el mundo.
- ¿Qué tiene Dafoe que no tienen los demás actores? Es raro el director con el que trabaje que no repita con usted. Julian Schnabel, Yorgos Lanthimos, Abel Ferrara, Wes Anderson, Robert Eggers… Está en la nómina de todos ellos.
- Hay un código que compartimos todos. Si me gusta el trabajo de un director, todo mi deseo es ponerme a sus órdenes para ser parte de su universo. Tengo una cierta vocación de servicio. Cero protagonismo, nada de egoísmo. No me importa esa sensación de trabajar en función de alguien. Me parece bien desaparecer y me importa más la obra en sí que mi trabajo de manera particular.
«Lo lógico sería pensar que los ultrarricos usaran su privilegio y su poder para hacer el bien, para ayudar a los demás, para oponerse a Trump, pero solo tienen una agenda: hacerse aún más ricos»
- Vive buena parte del año en Roma y vemos que apenas hay películas estadounidenses en la nueva edición de un festival como Cannes. ¿Estamos viviendo otro fin de ciclo?
- Probablemente. Pero hay algo mucho más obvio y es que los grandes estudios temen a Cannes. Si ven que alguna película huele a arte o tiene alguna posibilidad de premio, la prefieren colocar en otoño. Es difícil sacar rédito monetario a un éxito en Cannes. Se reservan para la temporada de premios.
- ¿Se considera una excepción entre sus colegas?
- No me considero diferente al resto de los actores, aunque, por mi procedencia e interés, quizá lo sea. Mis orígenes son diferentes. No conozco a muchos actores que hayan trabajado en el teatro de vanguardia durante 50 años y hagan películas. Así que eso es particular. Además, cuando escucho a otros actores hablar sobre cómo abordan su trabajo, no siempre me identifico. Pero me da un poco de vergüenza porque no quiero pensar que soy especial. Por otro lado, tengo gustos muy eclécticos y siempre he vivido por todo el mundo. Además, desde muy joven he buscado las producciones internacionales. Y eso no creo que sea lo típico. Pero, cuidado, no quiero pensar que sea un actor atípico.
- Empezábamos hablando de La puerta del cielo. Hace poco se ha levantado una corriente de reivindicación de una película olvidado suya…
- Sí, sé a cuál se refiere, Los elegidos (The Boondock Saints, de Troy Duffy de 1999)…
- ¿Le sorprende?
- Lo que me sorprende es que se ha convertido en una película de culto para los más jóvenes que no han visto nada de mis trabajos anteriores. Se dice que es una versión pobre del cine de Tarantino, pero no estoy de acuerdo. Tiene algo y mi personaje es increíble.
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