Gonzalo Suárez dedicó su vida a la conquista del Oeste. Es un modo de decir que su lugar natural fue la frontera (la del pseudónimo con el ortónimo, la del delirio con el conocimiento, la de la gravedad con la broma, la de la crónica con la anticrónica…). Parecía a veces un contemporáneo de Mark Twain, pues avanzaba sin miedo aparente hacia realidades mentales que estaban sin documentar y regresaba de ellas con materiales narrativos insólitos. Su propia vida, contada por él mismo en un taxi, parecía el resultado de una alucinación. Lo que distingue a este tipo de individuos del resto de la gente es que ellos han visto portentos para cuya descripción necesitan un lenguaje nuevo. Y en eso se pasan media vida, en la búsqueda de recursos retóricos con los que explicar y explicarse lo que hay al otro lado.
Internarse en la obra de Gonzalo Suárez es ingresar, desarmado, en el confín entre el humor y la amenaza
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Internarse en la obra de Gonzalo Suárez es ingresar, desarmado, en el confín entre el humor y la amenaza
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Gonzalo Suárez dedicó su vida a la conquista del Oeste. Es un modo de decir que su lugar natural fue la frontera (la del pseudónimo con el ortónimo, la del delirio con el conocimiento, la de la gravedad con la broma, la de la crónica con la anticrónica…). Parecía a veces un contemporáneo de Mark Twain, pues avanzaba sin miedo aparente hacia realidades mentales que estaban sin documentar y regresaba de ellas con materiales narrativos insólitos. Su propia vida, contada por él mismo en un taxi, parecía el resultado de una alucinación. Lo que distingue a este tipo de individuos del resto de la gente es que ellos han visto portentos para cuya descripción necesitan un lenguaje nuevo. Y en eso se pasan media vida, en la búsqueda de recursos retóricos con los que explicar y explicarse lo que hay al otro lado.
La frontera es un género que no se deja esclerotizar, porque es una productora permanente de extrañeza. El explorador suele tener un pie en la costumbre y otro en el ensueño. Como no puede narrar el ensueño con los útiles de la costumbre, ha de fabricar nuevos pertrechos a medida que avanza. Las rutinas aprendidas no sirven. Una buena novela o una buena película se distinguen porque al entrar en ellas valen de poco los aparejos morales con los que uno se enfrenta a la vida diaria. Internarse en la obra de Suárez es ingresar, desarmado, en el confín entre el humor y la amenaza. Sus propuestas nos enajenan. Se pasaba las horas rompiendo consigo mismo para no caer en lo familiar. Volvió con frecuencia la espalda a la industria del cine y de la literatura para instalarse, entre otras, en la línea que separa la actualidad de pasado. Ese límite estaba constituido por una simple caja de zapatos con un agujero a cada lado. Cuando Suárez se asomaba a ese artilugio escueto, era capaz de ver lo ocurrido hacía treinta años. Rompía el tiempo con avíos de su propia invención. El tiempo lo ha matado, pero no lo ha roto.
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