A uno de los escritores más citados y admirados por Jorge Luis Borges (1899-1986) le preguntaron hace un siglo, como antes y después a tantos de sus colegas, qué libro se llevaría a una isla desierta. Gilbert K. Chesterton respondió que dependía de las circunstancias. Si fuera un político en busca de impresionar a sus votantes, dijo, escogería a Platón o Aristóteles. “Pero la verdadera prueba sería con personas que no tuvieran la posibilidad de lucirse ante sus amigos o electores”. En ese caso, con humor británico estimó que todos elegirían una guía práctica para construir botes. Menos famoso es que, acto seguido, aclaró que “sin la menor vacilación” se llevaría Los papeles de Pickwick, de Charles Dickens. Años más tarde, a Borges le recordaron aquella anécdota y le repitieron la pregunta de un libro para una isla desierta. “Trataría de hacer trampa y optaría por la Encyclopaedia Britannica”, contestó. Obligado a reducirse a un solo volumen, dijo, “elegiría la Historia de la filosofía occidental, de Bertrand Russell”. Por entonces, fines de los años sesenta, el autor de Ficciones no debía de saber, aunque quizá lo sospechara, que desde hacía décadas su amigo Adolfo Bioy Casares (1914-1999) anotaba las conversaciones y los encuentros que ambos compartían casi a diario. El resultado de esos apuntes es una de las grandes obras de la literatura argentina, un libro monumental y extraordinario, tan ameno y profundo como serio y divertido, titulado simplemente Borges y que ahora se publica en su “edición definitiva”. El libro ideal para llevar a una isla desierta.
Después de permanecer agotado durante años, el libro que recopila los diálogos íntimos mantenidos durante décadas por los dos escritores argentinos regresa con una versión ampliada y corregida
A uno de los escritores más citados y admirados por Jorge Luis Borges (1899-1986) le preguntaron hace un siglo, como antes y después a tantos de sus colegas, qué libro se llevaría a una isla desierta. Gilbert K. Chesterton respondió que dependía de las circunstancias. Si fuera un político en busca de impresionar a sus votantes, dijo, escogería a Platón o Aristóteles. “Pero la verdadera prueba sería con personas que no tuvieran la posibilidad de lucirse ante sus amigos o electores”. En ese caso, con humor británico estimó que todos elegirían una guía práctica para construir botes. Menos famoso es que, acto seguido, aclaró que “sin la menor vacilación” se llevaría Los papeles de Pickwick, de Charles Dickens. Años más tarde, a Borges le recordaron aquella anécdota y le repitieron la pregunta de un libro para una isla desierta. “Trataría de hacer trampa y optaría por la Encyclopaedia Britannica”, contestó. Obligado a reducirse aun solo volumen, dijo, “elegiría la Historia de la filosofía occidental, de Bertrand Russell”. Por entonces, fines de los años sesenta, el autor de Ficciones no debía de saber, aunque quizá lo sospechara, que desde hacía décadas su amigo Adolfo Bioy Casares (1914-1999) anotaba las conversaciones y los encuentros que ambos compartían casi a diario. El resultado de esos apuntes es una de las grandes obras de la literatura argentina, un libro monumental y extraordinario, tan ameno y profundo como serio y divertido, titulado simplemente Borges y que ahora se publica en su “edición definitiva”. El libro ideal para llevar a una isla desierta.
A partir de las más de 17.000 páginas de sus diarios, sus cartas y otros papeles personales, Bioy proyectó durante años una obra donde Borges sería retratado “riéndose de las cosas que él mismo respetaba, hablando como un amigo íntimo”, según contaba en 1990, el mismo año en que ganaba el Premio Cervantes. El autor de La invención de Morel dedicó los últimos años de su vida a preparar ese libro, pero no llegó a verlo impreso. Fue publicado finalmente en 2006, en un grueso volumen de 1.663 páginas.
Desde hace al menos una década el Borges estaba agotado y solo se podían conseguir ejemplares usados a precios altísimos. Tampoco era fácil adquirir la versión abreviada, de 2011. Precedida por esa fama, la “edición definitiva” agotó su preventa en varias librerías de Buenos Aires antes de llegar a los escaparates este mes de octubre. La nueva edición aparece, al igual que la original, bajo sello del Grupo Planeta y al cuidado del albacea literario de Bioy Casares, Daniel Martino, responsable de la publicación de otros libros de memorias del escritor. La reedición consta de dos tomos y un total de 2.112 páginas. Además de una revisión integral del texto, incorpora fragmentos antes omitidos, correcciones, notas y un índice analítico, un excelente atajo para un libro que habilita un recorrido cronológico, otro guiado por el azar o el placer y ahora, también, uno que persigue sus temas.
“Nada de esto”, aclara Martino, “modifica la naturaleza del libro original: dos hombres que durante décadas comparten intereses y aficiones, y que, en largas comidas, charlan acerca de los asuntos más variados con una libertad difícilmente imaginable. No estamos ante las opiniones públicas de Borges, cuidadosamente medidas en entrevistas, ensayos o conferencias: por el contrario, asistimos a la conversación privada, transmitida por un interlocutor excepcional”. En una nota difundida a propósito de la reedición, Martino observa que esa particularidad “exige también cierta cautela. Bioy comprendió muy pronto que aquellos encuentros merecían ser registrados, pero inevitablemente seleccionó y ordenó lo que consideró debía perdurar. Su testimonio no es un repertorio de actas: Borges es inseparable de su mirada y nos habla tanto de Borges como del propio Bioy”.
La amistad entre Borges y Bioy comenzó hacia 1931 o 1932, pero el autor de El sueño de los héroes empezó a escribir sus diarios en 1947. Los continuó hasta sus últimos días: el Borges reúne sus anotaciones hasta 1989, tres años después de la muerte de su protagonista.
Como un mantra, la frase “come en casa Borges” es el breve prólogo con que Bioy introduce, día a día, los diálogos entre ambos, muchas veces compartidos con su esposa Silvina Ocampo (1903-1993) y otros escritores. Aunque también hablan sobre filosofía, política, viajes, amigos o los amores frustrados de Borges, la literatura, sus personajes y autores preferidos o detestados son los temas omnipresentes. Muchas veces comentan o discuten las obras que están escribiendo en conjunto (como los cuentos paródico policiales firmados por su heterónimo Honorio Bustos Domecq), las antologías o las colecciones que están preparando, los libros que están leyendo como jurados de un concurso literario.
Bajo el evidente influjo de Vida de Samuel Johnson, de James Boswell (1740-1795), Bioy construye un Borges verosímil y humano, muy distinto al de su imagen sacralizada, el viejo sabio, ciego y titubeante ajeno a las nimiedades del mundo. Gracias al estilo directo de Bioy, el gran escritor parece hablar, a lo largo de las páginas y los años, en perpetuo presente, con un fraseo que enlaza la sutileza del artista y la erudición de quien parece haberlo leído todo, la perspicacia y la agudeza de un orador único, con el enamorado doliente o el chismoso bromista que no ahorra burlas procaces ni maledicencias para sus colegas. Así, por ejemplo, sobre Ernesto Sábato (1911-2011) dice: “Al enérgico mal gusto, la desenfrenada egolatría, la sincera preocupación por el propio y continuado triunfo, hay que agregar la melancolía porque éste no sea mayor y el entusiasmo con que acoge los modestos productos de su mente activa y mediocre”. Sobre la novela La penúltima puerta, de Eduardo Mallea (1903-1982): “Mallea tiene una notable capacidad para elegir buenos títulos. Es una lástima que se obstine en añadirles libros”.
Entre los fragmentos que incorpora la nueva edición hay varios referidos a María Kodama (1937-2023), la última esposa de Borges. Su mero contenido explica por qué no fueron publicados mientras ella vivía. La entrada del 7 de noviembre de 1980, por caso: “Come en casa Borges. Cuenta: ‘A veces, cuando caminábamos por Nueva York, de pronto [María] exclamaba: ‘Borges, yo lo odio’ o ‘Borges: usted es un monstruo de egoísmo’. Después decía que era en broma, pero era evidente que sentía necesidad de maltratarme… Me parece que ésta no es la mujer que yo quería. Si va a dejarme, mejor así”. La enemistad entre Bioy y Kodama nunca fue un secreto. De hecho, ella rechazó la publicación del Borges, lo consideró “una traición”: “Una persona que es amiga de otra no toma notas de lo que esa persona dice para publicarlo después de que ha muerto”, declaró.
El libro admite múltiples lecturas. La principal es la de un inapreciable documento sobre Borges, sobre su autor y sobre la cultura de las clases altas de Argentina del siglo pasado. El escritor Luis Chitarroni, en su ensayo póstumo La ceremonia del desdén, leyó al menos otros dos libros en las mismas páginas: el disperso resumen de “los consejos que ambos autores han reunido para que se escriba bien” y “una novela familiar de formato inglés”, conformada por la acumulación y el contraste de afectos y “rencores apolillados”.
Otra lectura posible es la de un sublime homenaje a la amistad. El profesor y crítico estadounidense Daniel Balderston, uno de los mayores expertos en Borges, propuso hace casi 40 años que “el pánico homosexual” estaba en el origen de la escritura del autor de El informe de Brodie. Después de leer el Borges de Bioy, reafirmó su hipótesis: “Uno ciertamente podría argüir […] que Bioy fue el gran amor de Borges: las mujeres en su vida llegaron y se fueron, pero su amigo estuvo siempre ahí. Y los dos buscaron ansiosamente pretextos para estar juntos, noche tras noche: traducciones, antologías, premios literarios, aventuras editoriales”.
En los últimos años registrados en Borges, tras un relato intenso y pormenorizado durante las décadas de 1950 y 1960, la narración se dilata en la lenta despedida de los amigos, distanciados por los viajes, los problemas de salud y la relación con Kodama. “Hoy pensaba que fui un privilegiado en tener de interlocutor a Borges: ahora que nos vemos menos extraño mucho nuestras charlas”, escribe Bioy en 1977. Nueve años después recibe un llamado de Borges desde Suiza: “Le pregunté cómo estaba. ‘Regular, nomás’, respondió. ‘Estoy deseando verte’, le dije. Con una voz extraña, me contestó: ‘No voy a volver nunca más’. La comunicación se cortó. Silvina me dijo: ‘Estaba llorando’. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse”.
El 14 de junio de 1986, un desconocido le cuenta en la calle que Borges había muerto en Ginebra. Bioy narra la escena de un modo que recuerda a Borges narrando, en El Aleph, la pérdida de su protagonista. “Pasé por el quiosco. Fui a otro de Callao y Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges. Que a pesar de verlo tan poco últimamente yo no había perdido la costumbre de pensar: ‘Tengo que contarle esto. Esto le va a gustar. Esto le va a parecer una estupidez”.
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