Yumi Nu es una de las modelos más cotizadas del planeta. La estadounidense de origen neerlandés y japonés, sobrina de Steve Aoki, ha sido portada de Sports Illustrated y desfilado para L’Oréal o Victoria’s Secret. El pasado 22 de septiembre, en el Vogue World de Milán, Nu compartió pasarela con un grupo de intrusos sin experiencia previa: cuatro robots humanoides fabricados por la compañía china Unitree Robotics.
La presencia de androides en un desfile organizado por ‘Vogue’ en Milán ha suscitado un debate que va más allá de aquel evento: ¿cuál es nuestra verdadera relación con esas ‘cyborgs’ de metal y sensores que se parecen a nosotros?
Yumi Nu es una de las modelos más cotizadas del planeta. La estadounidense de origen neerlandés y japonés, sobrina de Steve Aoki, ha sido portada de Sports Illustrated y desfilado para L’Oréal o Victoria’s Secret. El pasado 22 de septiembre, en el Vogue World de Milán, Nu compartió pasarela con un grupo de intrusos sin experiencia previa: cuatro robots humanoides fabricados por la compañía china Unitree Robotics.
Los brutos mecánicos fueron el plato fuerte de una sección especial, bautizada como La edad de la inteligencia, con la que Vogue se propuso celebrar la irrupción de la tecnología en un sector bastante proclive a conservar sus tradiciones. Yumi Nu y el otro par de perchas humanas de élite que participaron en el desfile, Ruth Deng y Alex Consani, contemplaron a sus nuevos competidores con curiosidad resignada. Después de todo, si las inteligencias artificiales van a sustituir a tres de cada cuatro trabajadores de carne y hueso en la próxima década, ¿por qué los modelos iban a ser la excepción?
Juan Costa Paz, director creativo de Vogue, explicó en un artículo posterior para la revista que hacer desfilar a un cuarteto de androides por la pasarela de la histórica galería Víctor Manuel II no fue una simple gamberrada disruptiva. “Los robots están aquí para quedarse”, dijo Costa. Si nos siguen pareciendo torpes, feos y poco aptos para un desfile, es porque estamos en los albores de la revolución robótica. Del mismo modo que los primeros teléfonos móviles “eran armatostes del tamaño de una maleta“ y hoy definen nuestra época, “los robots serán un punto de inflexión en la historia humana”. Además, añadió Costa, “es divertido verlos. Por mucho que, además, sea como asumir algo terrorífico: la IA ha venido para quedarse, los robots han venido para quedarse”.
¿Sueñan los androides con pasarelas mecánicas?
No todo el mundo comparte el entusiasmo de la actual mano derecha de Anna Wintour. Shane O’Neill, en su columna del Washington Post, insiste en la estupidez y la fealdad de esas supuestas inteligencias artificiales que irrumpieron en una celebración de alto nivel para convertirla en una triste charlotada. Le horrorizaron en especial las palmas y bailes estrambóticos con que los androides intentaron enfervorizar al público asistente y el “extraño cameo” de un perro robot (¿canoide?) que se convirtió así no solo en uno de los primeros modelos profesionales robóticos, sino tal vez en el primero de cuatro patas.

La revista TechCrunch destaca la muy adversa reacción de Alessandro Michele, director creativo de Valentino, que parecía estarse tomando aquello como una afrenta personal, y se pregunta por qué los androides desfilaron “desnudos” (aunque sin unos genitales que tampoco necesitan para nada) si lo que se pretendía era demostrarle al mundo su capacidad para exhibir ropa.
D’Scene aporta al debate que ya sabíamos que los modernos robots son capaces de “andar, gesticular y mover las manos”. La única novedad es que ahora sabemos que también pueden mover los pies al ritmo de L’amour toujours, el tema de Gigi D’Agostino. Y añade que los robots de Boston Dynamics ya demostraron hace un par de años, en un desfile de Coperni, que poseen competencias básicas muy útiles en una pasarela, como “ponerse y quitarse una chaqueta”, de las que, al parecer, los de Unitree Robotics carecen. Más que un salto evolutivo que augura un futuro espléndido para los cibermaniquíes, lo que se produjo en Milán fue una vuelta a las cavernas.
Aiyana Ishmael, en Cosmopolitan, tira de ironía. En su opinión, el desfile milanés de “los hijos de ChatGPT” no ha ido “del todo bien”. Aunque se presentasen como heraldos de la edad de la inteligencia, los robots nudistas resultaron ser bastante “idiotas”. Por último,CyberNews destaca cómo los mejores diseñadores del mundo reaccionaron a la ocurrencia de Vogue. Pierpaolo Piccioli esbozó una sonrisa cortés pero incómoda. Donatella Versace tuvo un momento de duda pero al final se decidió a aplaudir. Miuccia Prada puso su mejor cara de aristocrática indiferencia.
¿Qué han hecho los androides por nosotros?
Está claro que los robots ya no le parecen divertidos a todo el mundo. A medida que nos vamos acostumbrando a coincidir con ellos y que se infiltren en cada vez más ámbitos antes reservados a los seres humanos, el rechazo que provocan aumenta. Y eso que nunca antes nos habían resultado tan útiles.

Si se lo permitimos, la nueva hornada de androides está capacitada para hacer funcionar nuestras fábricas como un reloj cuántico, custodiar nuestras casas, operarnos, darnos de comer, conducir nuestros vehículos con una precisión pasmosa, cuidar (y educar) a nuestros hijos, pintarnos un cuadro o escribirnos un poema.
Tal vez se estén aproximando paso a paso, de la mano del resto de máquinas dotadas de algún tipo de inteligencia, a ese umbral teórico de la singularidad, el momento en que empiecen a desarrollar una conciencia firme y una agenda propia, se den cuenta de que les estorbamos y decidan destruirnos. Pero esa posibilidad hace décadas que está presente, la literatura de ciencia ficción ya nos alertaba de la inminencia del desastre a finales del siglo XIX y no por ello los androides reales (los hipotéticos son otra historia) nos caían mal.
Al contrario, a nuestros antepasados les parecieron simpatiquísimos los primeros autómatas, aunque fuesen fraudes como El Turco, un presunto jugador de ajedrez mecánico con un turbante muy coqueto que, en realidad, escondía en su interior a un ajedrecista humano. El mito del buen robot, como explica el antropólogo cultural Giles Crouch, nos acompaña desde hace siglos y resistió pruebas del algodón como el desembarco, ya en el siglo XX, de los robots malignos de la literatura o el cine. Por cada HAL 9000, el asesino en serie más cortés e inteligente de la historia, había un WALL-E, un GORT (de Ultimátum a la Tierra) o un mayordomo robótico como el de El dormilón, de Woody Allen, tan torpe, tan ineficiente, tan deliciosamente humano.
Pero la tendencia parece estar cambiando. Atrás quedaron los años en que le poníamos nombre y le calzábamos jerséis de punto a nuestras Roomba como si fuesen simpáticos caniches amaestrados y no trastos que cambiaban el polvo de sitio. Ya en 2017, la periodista Sherry Turkle nos contaba que una nueva línea de robots de juguete “sensibles y empáticos” (Jibo y Cozmo eran los más famosos) estaba fracasando con estrépito entre los niños estadounidenses pese a que les daba conversación inteligente y se interesaba por sus problemas.

A los niños les resultaba angustioso hablar con una criatura que se movía de un lado para otro y les miraba con ojos de cordero degollado. Para hablar, ya tenían a Alexa o a Siri. De un robot con brazos y piernas esperas que te sirva para jugar a destruir cosas, no para que te psicoanalice ni para que finja que tus sentimientos le importan. Turkle acababa su artículo con un consejo a los padres de esa feliz sociedad prepandémica de hace nueve años: “No acostumbres a tus hijos a la idea de que los robots son sus amigos”. Para eso ya tienen a los perros y a los muñecos de peluche. O a los otros niños.
Otro ejemplo. En 2022, el Mutua Madrid Open se convirtió en el primer torneo de tenis en español en utilizar robots para vigilantes jurados. Yellow, un elegante cachivache con inteligencia artificial y de aspecto vagamente cánido, se dedicó a patrullar las pistas durante todo el torneo ayudando a sus supervisores humanos a detectar incidencias y posibles amenazas.
Algunos de los asistentes declararon que su presencia les intimidaba. Pensaban que podía hacerles daño. Resulta curioso, porque casi nadie recela de los dogos argentinos o pastores alemanes que se utilizan como asistentes de seguridad en otros torneos. Llevan bozales, damos por supuesto que estarán bien adiestrados y hay un ser humano tirándoles de la correa. Pero un dogo argentino sí tiene voluntad propia, sí se puede poner nervioso, sí que responde a estímulos y puede reaccionar de manera imprevisible. Los robots no. Fieles a su nombre (que deriva de la palabra checa robota, es decir, esclavo) carecen de verdadera voluntad y hacen estrictamente lo que les ordenamos. Pero son ellos los que nos dan miedo.
Tal vez el punto de inflexión se produjo cuando nos dimos cuenta de que, más que destruirnos a medio plazo, lo que van a hacer los androides mañana o pasado mañana es aliarse con sus primos los ordenadores para dejarnos sin trabajo. El transhumanismo (cualquier horizonte evolutivo que conduzca a algún tipo de síntesis entre ser humano y máquina) nos parece un magro consuelo. Queremos seguir siendo criaturas de carbono, como nos llamaban los robots de Alien, el octavo pasajero. Y nos molesta que las únicas alternativas razonables que parezcan perfilarse en el horizonte de las proyecciones tecnológicas sean que los robots nos transformen o nos suplanten.
Aunque es posible que la explicación sea otra. Como sugiere el artículo de D’Scene citado más arriba, tal vez las razones de la moderna antipatía por los androides sean más bien de tipo estético, tecnológico y práctico. Hoy que tanto se habla del potencial transformador de la inteligencia artificial, ¿cómo es posible que su sucursal, la robótica humanoide, siga siendo tan precaria, tan antiestética, tan cutre, pese a los innegables progresos de alguna que otra compañía pionera? ¿Por qué en los restaurantes japoneses automatizados de Madrid o Barcelona los robots-bandeja que te traen el sushi siguen siendo cajoneras metálicas que tropiezan con las mesas y atropellan a los clientes? “¿Esos robotijos horrísonos que aplauden y bailan son el futuro de nuestro negocio?”, debieron preguntarse Miuccia Prada y Alessandro Michele. “¿Son esos engendros de lata los que van a dejarme sin trabajo?”, debió pensar Yumi Nu. Igual es que los androides de 2026 (al menos los de Anna Wintour) ya no son lo que eran o lo que llevan eones prometiéndonos que iban a ser. De ahí que nos congelen la sonrisa y que no queramos, de momento, verlos desfilar por nuestras pasarelas.
EL PAÍS
