No existe probablemente estos días una forma más provechosa de prepararse para acudir a unas elecciones generales que ir al cine. Seguramente cerca de sus casas tengan en cartel la recién estrenada El precio de la red, del director y guionista Aaron Sorkin. La película está basada en una historia real, la de la ingeniera de datos de Facebook Frances Haugen, de quien alguna vez hemos hablado en esta columna. En 2020, alarmada por la pasividad que los responsables de Facebook mostraban ante los daños que sus algoritmos estaban provocando en los procesos electorales, la polarización social o en la salud de los adolescentes, Haugen sacó 22.000 documentos internos de la tecnológica y los filtró al periodista del Wall Street Journal Jeff Horwitz, que ganó el Premio Pulitzer por la serie de reportajes que escribió sobre la cara oculta de Facebook. Estas revelaciones constituyen el cuerpo probatorio que ha sustentado muchas de las demandas que instituciones o padres de familia han interpuesto contra Meta, la empresa matriz de Facebook e Instagram, en todo el mundo.
Los políticos electos llegan, gobiernan unos años y desaparecen, mientras que los grandes fundadores tecnológicos como Elon Musk, Mark Zuckerberg o Peter Thiel pueden conservar durante décadas el control
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Los políticos electos llegan, gobiernan unos años y desaparecen, mientras que los grandes fundadores tecnológicos como Elon Musk, Mark Zuckerberg o Peter Thiel pueden conservar durante décadas el control
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No existe probablemente estos días una forma más provechosa de prepararse para acudir a unas elecciones generales que ir al cine. Seguramente cerca de sus casas tengan en cartel la recién estrenada El precio de la red, del director y guionista Aaron Sorkin. La película está basada en una historia real, la de la ingeniera de datos de Facebook Frances Haugen, de quien alguna vez hemos hablado en esta columna. En 2020, alarmada por la pasividad que los responsables de Facebook mostraban ante los daños que sus algoritmos estaban provocando en los procesos electorales, la polarización social o en la salud de los adolescentes, Haugen sacó 22.000 documentos internos de la tecnológica y los filtró al periodista del Wall Street Journal Jeff Horwitz, que ganó el Premio Pulitzer por la serie de reportajes que escribió sobre la cara oculta de Facebook. Estas revelaciones constituyen el cuerpo probatorio que ha sustentado muchas de las demandas que instituciones o padres de familia han interpuesto contra Meta, la empresa matriz de Facebook e Instagram, en todo el mundo.
Han pasado seis años y las disfunciones sociales y políticas provocadas por las redes sociales, tan bien narradas por Sorkin en su película, o por la propia Haugen en su libro La verdad sobre Facebook (Deusto), no sólo no han sido corregidas, sino que se han profundizado hasta cambiar el paradigma de la política y de los procesos electorales tal y como los conocíamos. Así las cosas, conviene tener algunas ideas en cuenta antes de sumergirnos en los intensos días previos a la cita del 29-N. La primera es que una parte de la campaña electoral no la vamos a ver. La tecnología se ha apoderado de la política y, en este proceso invisible, los algoritmos de las redes sociales construyen realidades distintas para cada ciudadano de tal forma que resulta imposible mantener una conversación política funcional a partir de temas comunes.
En su último libro, Le Fondateur (Gallimard), el novelista y ensayista Giuliano da Empoli recurre a la ficción para diseccionar nuestra era y esboza dos ideas tan certeras como provocadoras. Para Da Empoli la verdadera teoría del gran reemplazo que debería preocuparnos no se refiere a razas humanas, ideologías o creencias, sino a la que está sustituyendo la realidad física, política y social por una realidad construida cada vez más por los sistemas digitales y la inteligencia artificial. En ese contexto, como expresa Zimmer, uno de los personajes de la novela, los políticos electos son “moscas de la fruta” porque presentan vidas muy cortas dentro del ecosistema del poder: llegan, gobiernan unos años y desaparecen, mientras que los grandes fundadores tecnológicos como Elon Musk, Mark Zuckerberg o Peter Thiel pueden conservar durante décadas el control de empresas, datos, infraestructuras y la capacidad de influencia.
Lo que llamábamos “la fiesta de la democracia”, corre ahora el riesgo de transformarse en una competición de malotes. Los partidos políticos saben que la agresividad en las redes sociales resulta muy rentable. El insulto capta la atención, la humillación del adversario refuerza la identidad de grupo y la provocación garantiza una circulación que difícilmente consigue una propuesta electoral. El inicio de la precampaña en España rebosa de ejemplos de cómo lo que antes podía avergonzar a un partido, hoy se publica con sus siglas.
Si van a ver la película de Sorkin, recuerden que la ingeniera Haugen reveló que, hace siete años, varios partidos políticos europeos se quejaron a Facebook porque los algoritmos los empujaban a utilizar mensajes cada vez más negativos y extremos para conseguir visibilidad. Sabían que aquella deriva perjudicaba a la sociedad, pero temían perder relevancia si no se adaptaban. Nada ha cambiado. Los partidos creen utilizar las redes para conquistar el poder cuando en realidad son las plataformas las que han transformado su manera de hacer política.
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