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Luis Merlo: «En mis cumpleaños venía la prensa a casa, mi padre se ponía para la foto y se marchaba. Me quedaba solo con mi tarta»

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El árbol genealógico de Luis Merlo (Madrid, 1966) es de sobra conocido: hijo de María Luisa Merlo y Carlos Larrañaga, sobrino de una Amparo (Rivelles), hermano de otra (Larrañaga) y, por supuesto, actor. O dos actores en uno. Por un lado, la estrella de la televisión, cuyo Mauri de ‘Aquí no hay quien viva’ es icono; por otro, el actor teatral de prestigio, que ahora representa ‘Un dios salvaje’, de Yasmina Reza, en el teatro Alcázar de Madrid. Ambos llegan en un taxi convertidos en una sola persona de educación exquisita, mirada amable y meditada locuacidad.

 «Hacer el primer gay en ‘prime time’ de la tele española que no se utilizaba para ridiculizar tuvo una fuerza enorme», reflexiona el actor teatral de prestigio al que Mauri convirtió, también, en icono pop  

El árbol genealógico de Luis Merlo (Madrid, 1966) es de sobra conocido: hijo de María Luisa Merlo y Carlos Larrañaga, sobrino de una Amparo (Rivelles), hermano de otra (Larrañaga) y, por supuesto, actor. O dos actores en uno. Por un lado, la estrella de la televisión, cuyo Mauri de ‘Aquí no hay quien viva’ es icono; por otro, el actor teatral de prestigio, que ahora representa ‘Un dios salvaje’, de Yasmina Reza, en el teatro Alcázar de Madrid. Ambos llegan en un taxi convertidos en una sola persona de educación exquisita, mirada amable y meditada locuacidad.

En 2007, ‘Un dios salvaje’ fue una de las primeras obras de éxito que empezó a mirar la cara B de la civilizada sociedad del bienestar europea. Hoy ya sabemos que nada era tan bonito.
Básicamente planteaba y plantea cuánta mierda tenemos escondida debajo de la alfombra. El polvo debajo de los muebles es muy malo porque las mesas brillan, pero luego pasas un dedo por debajo y ves todo lo feo que ocultan. Eso que muestra la función, sucede en las relaciones humanas y lo estamos viendo en la sociedad actual cada día más. ¿Sabes qué más pasa ahora? Que presumimos muchísimo de lo listos que somos porque tecnológicamente hemos pegado una avanzada enorme, tenemos el mundo entero en la mano y un acceso tan fácil a la información que nos hace parecer más inteligentes, pero en realidad somos más tontos.
¿Más aún?
Sí, incluso, porque es tan fácil tenerlo todo que nos alienamos y nos acomodamos. Ahora hay un componente muy emocional en las relaciones humanas que es un rollo. La gente, por tener razón, entra en unos conflictos enormes y ni siquiera lo hace porque tenga la convicción de defender lo correcto sino porque tiene la necesidad esencial de que le den la razón y ganar esa batalla. Luego soy yo el que tiene complejo de insoportable.
¿Y eso?
Es que me dicen muchísimo que soy insoportable. No demasiadas personas, pero esas pocas me dicen todo el rato que lo soy mucho. Supongo que sería peor que muchísimas personas que dijeran que lo soy un poco.
¿Lo eres?
A ver, mantengo amigos y amigas desde hace 40 años y eso me da la sensación y la ilusión de no ser tan insoportable como realmente soy, pero un poco sí que soy. Todos lo somos.
¿Te preocupa el ambiente de confrontación constante?
El problema es todo el tiempo que lo hemos estado evitando hasta que ha sido tarde. Hay una cosa que se llama alegría, otra que se llama espontaneidad y otra que se llama frivolidad y son necesarias para ser feliz. Lo sé y lo asumo, pero ¿qué pasa? ¿Pensar no es divertido? De algún modo, ha estado impuesto en esta sociedad del bienestar que todos tenemos que estar muy contentos todo el rato y ser gente que no da problemas. Entonces, para evitar unas confrontaciones que son necesarias y sanas en la vida, lo que hacemos es crear un submundo soterrado en las relaciones. Esconder una parte oscura cada vez más grande que ha ido ganando terreno sin que nos diéramos cuenta y ahora ha estallado, pero lleva años formándose poco a poco porque no queríamos mirar. Nos hemos convertido en unos teóricos de la vida que ya no saben vivir bien.
¿En qué sentido?
Hablamos como locos que no saben que están locos. En vez de dedicarnos a vivir lo mejor que podamos, opinamos de todo, teorizamos de cosas sobre las que sabemos lo justo, sacamos fallos a todo lo que hace el resto y siempre creemos tener la razón sobre lo que hay que hacer en la vida y deberían hacer los demás. ¡Coño, cállate la boca y abre el oído! Por eso, cuando me preguntabas sobre si me preocupa la confrontación, pues sí, no es bonita, pero todos estos conflictos son eternos y atemporales. Siempre están de alguna manera en nuestras vidas.
¿Por qué apostaste por el Merlo y no por el Larrañaga para tu nombre artístico?
Porque después del divorcio de mis padres me crié con mi abuelo, Ismael Merlo. Fue un poco idea suya, la verdad. Me pasó con mi apellido como a mi hermana Amparo [Larrañaga] con su carrera, nos indujo él. Es curioso porque yo me iba a llamar Luis María Merlo, lo comenté en una reunión donde estaba Antonio Gala y me dijo que de ninguna manera, que un nombre compuesto jamás para un artista. Y esa noche quedó decidido que soy Luis Merlo. Cualquiera le discutía.
Lo que comentas de Amparo es que ella quería ser médico y no tenía vocación de actriz, pero tu abuelo la empujó. ¿Tú sí querías dedicarte a esto?
Sí, lo mío era una enfermedad, una atracción irresistible hacia ese mundo de la luz. Nací en una España franquista y oscura donde en toda la calle Orense, donde vivíamos, había literalmente siete farolas y, de repente, llegabas a un mundo lleno de luz donde los hombres olían a perfume, había una madre soltera, gays, parejas que no estaban casadas… Esas personas son las que a mí me interesaban en la vida ya desde los seis o siete años.
Como hijo de actores famosos, viviste una infancia muy atípica.
Extrañísima. En mis cumpleaños, venía la prensa a casa, yo soplaba las velas con mi padre al lado mientras nos hacían fotos para las revistas y, antes de que se hubieran ido los periodistas, él ya no estaba porque tenía que llegar al teatro. Ahí me quedaba yo solo con mi tarta. Y celebré mi comunión en un teatro, el Bellas Artes, el mismo en que estrené ‘Calígula’ muchos años después. Mi madre representaba allí ‘Los peces rojos’ y hacía dos funciones todos los días. Hice la comunión en la iglesia, salimos corriendo al teatro y, entre función y función, me hicieron una especie de ágape en el escenario. Ese día, como todos, me impresionó mucho más la liturgia teatral que la liturgia eclesiástica.
Me contó tu hermana que el franquismo os utilizaba como la familia modelo del régimen, pero la realidad no era tan ideal.
El franquismo nos usaba para la foto, pero no estábamos precisamente bien vistos por la sociedad. Yo lo pasé mal en el colegio y vi claramente que los insultos de los compañeros venían de lo que les decían sus padres en casa. Un niño no sabe que tu padre y tu madre han salido en una revista ni que, a las once de la noche, tu madre ha salido en ‘Estudio 1’. Me decían: «Menudo morreo se metió tu madre con otro ayer». No estábamos en absoluto bien vistos por la sociedad fuera ese otro mundo de luz del teatro que te decía antes.
¿Lo pasaste muy mal?
Sí. Luego mis padres se divorciaron de los primeros y, a partir de ahí, mi padre decidió casarse cada 15 días. Todo eso salía en las revistas y me las ponían en el pupitre del colegio. No quiero hacer un drama de esto, pero no fue bonito. No era en absoluto necesaria semejante hostilidad hacia un chaval sólo porque mis padres se dedicaban a lo que se dedicaban. Y no creo que fuera envidia ni nada de eso, sencillamente estaba mal visto cómo vivíamos respecto al concepto de familia que imperaba. Mis padres estaban durmiendo cuando yo me levantaba para ir al colegio y cuando volvía ya se habían ido al teatro. Eso no era un modelo de familia válido para mucha gente. De todos modos, por mal que lo pasara algunas veces, luego me llevaban al teatro y me compensaba.
Cuando por fin llega la democracia, ¿cómo vives ese cambio?
Al principio era un niño y lo empecé a valorar cuando, con el triunfo del Partido Socialista en el 82, empecé a ver en España lo que sólo se veía en el extranjero. Cómo se impulsó la música, la moda, el teatro, el cine… Cosas que no importaban, de golpe empezaron a estar en el centro de todo y a la gente le encantaban. Se llenaban los teatros, hubo un aperturismo hacia Europa que permitió la entrada de aire fresco y que surgiera gente extraordinaria que tenía otras cosas que contar y otras formas de hacerlo. De golpe, la minoría dejó de serlo. Todos queríamos vivirlo todo. La cultura nunca ha vuelto a ser tan importante en España como durante aquella época.
¿Y en lo personal?
Como soy del 66, viví más el éxito de la Movida que su creación. Tengo grabado que, teniendo 14 o 15 años, me llevó mi primo a una plaza de Vallecas donde se reunía la gente y yo, que venía de una familia burguesa, pensé: «Quiero ser uno de estos, quiero ser así». Descubrí un mundo real, el de la gente que de verdad empujó este país hacia los avances. A partir de ahí ya sí empecé a disfrutar de Madrid.
Se escucha con cierta frecuencia a quienes vivieron aquello que España era entonces más feliz y más libre. ¿Lo compartes?
Más libres ya te digo que no. Se idealiza demasiado un pasado al que yo no quisiera regresar. No tengo el menor interés en hacer 14 funciones a la semana ni en volver a ser un chico homosexual en aquella época. Era vivir en un gueto de locales oscuros y muy sectarios, bombardeados por detenciones. Afortunadamente, yo nunca he estado metido en un armario, porque tenía la suerte de vivir en un ambiente muy determinado, pero para la mayoría era una España muy cruel. Eso sí, tampoco sentí la necesidad de decirlo públicamente hasta que interpretar el personaje de Mauri en ‘Aquí no hay quien viva’ me cambió la perspectiva.
¿Cómo?
Descubrí la fuerza de hacer el primer gay en el prime time de la tele española que no se utilizaba para ridiculizar ni para reírse de los clichés, sino que era un tío normal que, sencillamente, tiene un hombre al lado en vez de una mujer. Me pareció muy interesante porque, aunque no es deseable que la televisión tenga que educar a nadie, lo cierto fue que muchos padres entendieron la homosexualidad de sus hijos a través de Mauri y muchos adolescentes, chicas y chicos, se me han acercado a darme un abrazo y decirme: «Mis padres finalmente me han entendido y me tratan mejor gracias a tu personaje». Entonces, a partir de ahí sí fui mucho más proclive a hablar en público de mi homosexualidad. Hubo bastante gente a la que le sorprendió saberlo.
Es que, hasta entonces, habías interpretado principalmente al clásico novio guapo heterosexual.
Sí, en ‘Canguros’ y en el teatro, aunque la verdad es que he llevado un lío de carrera que a veces ni siquiera sabía hacía dónde iba porque lo quería hacer todo. Pasaba de trabajar con Paco Nieva a hacer un teatro más burgués y comercial como ‘Los 80 son nuestros’ y de ahí me iba a hacer un ‘Calígula’ con 27 años, que nunca he pasado más miedo. He tenido siempre un pie en el vagón del pasado y otro en el vagón del presente, esto nos pasa a los que somos actores de cuarta o quinta generación. Teníamos el teatro muy escuchado desde pequeños y antes se hablaba de otra manera, mucho más recitado y vocalizado y que marcaba una gran distancia con el espectador. Yo me formé en eso y me parecía importantísimo, pero de repente cambió la sociedad y el hombre de la calle ya no quería admirar al artista, sino que quería verse reflejado en él y la actuación y la forma de hablar cambiaron totalmente. Me costó atreverme a dar ese paso, pero, mira, me ha traído mucho éxito en televisión, que era algo que no esperaba hacer.
¿El teatro ha sido tu iglesia y la televisión, tu banco?
Algo hay de eso, pero ni tanto ni tan calvo. La liturgia teatral me gusta mucho. Es un trabajo para regalárselo a una gente que se ha tomado la molestia de venir a que le cuentes tú un cuento en vez de coger un mando, poner la tele y elegir entre mil cuentos en cualquier idioma. Mi responsabilidad es contar ese cuento y los actores que se miran en espejos no me interesan, me interesan los actores que se asoman a la ventana. Claro que el teatro es especial, pero la televisión en España y en el mundo entero hace ahora mismo series de una gran calidad. No es sólo dinero y fama, aunque a veces también. Lo peor de la televisión es que es muy tediosa de hacer. En las series corales como las que yo he hecho, la gente no sabe ni sabrá jamás cuántas veces hay que repetir una cosa que luego dura un minuto y medio en la pantalla. Eso es un coñazo.
Pocos tratados académicos explican mejor la España de los últimos 25 años que la sucesión de ‘Aquí no hay quien viva’ y ‘La que se avecina’.
Con ellas se generó, indudablemente, algo que al principio se producía en el mundo del teatro, luego llegó al cine y tardó más en saltar a la televisión, que es convertirse en un reflejo claro de la sociedad de su momento. Ahora tenemos que tener un cuidado excesivo con el humor. Entiendo que hay desgracias en la vida sobre las que públicamente no conviene bromear, pero qué pena que hoy no se pudiera haber hecho el plano de Charlie Chaplin jugando con el globo terráqueo porque no se puede hacer humor con Hitler. Estas dos series nacieron en una época donde lo políticamente incorrecto y lo bestiajo todavía estaba permitido y los hermanos Caballero, sus creadores, han sabido navegar eso y mantener el tono en lo posible pese al cambio de sensibilidad.
¿Crees que nos hemos pasado de sensibles?
Creo que hay que tratar al espectador como un adulto inteligente. Como espectador, como lector y como señor al que le gusta el cine, nunca me ha costado separar la ficción de la realidad. Por eso te decía antes, hablando del papel de Mauri en la normalización de la homosexualidad en este país, que yo nunca formaría a un hijo en función de una serie de televisión. Hay una palabra con la que me llevo muy mal y es lo «moderno». Lo decía muy bonito Antonio Banderas en ‘Esperanza y Gloria’: «¡Yo qué sé qué significa moderno!». Yo tampoco lo sé, pero hay nuevos proyectos en los que ves una censura evidente con determinadas cosas. Sin embargo, tanto ‘Aquí no hay quien viva’ como ‘La que se avecina’ reflejan un mundo muy real y muy nuestro.
Luis Merlo, en la fila de arriba, junto al equipo de la serie 'Aquí no hay quien viva'
Luis Merlo, en la fila de arriba, junto al equipo de la serie ‘Aquí no hay quien viva’
Rechazaste el papel de Mauri varias veces antes de ceder.
Sí. Cuando me ofrecieron ‘Aquí no hay quien viva’ sólo tenían un guión y, aunque en ese guión estaba todo correcto y yo no tengo nada contra José Luis Moreno, lo cierto es que él hacía un tipo de trabajos que nada tenía que ver con lo que a mí me interesa. En principio, un homosexual producido por José Luis Moreno, que se llama Mauri, con un sólo guión escrito y para empezar la semana siguiente, no era muy prometedor y yo no iba a entrar en la jugada de que se rían de nosotros y de los tópicos. Dije que no tres veces y, estando en el dentista, me llamó Moreno personalmente.
¿Y te convenció?
Fue muy generoso conmigo, muy amable y me explicó que iba a delegar totalmente en sus sobrinos la escritura y la dirección. Empezamos casi al día siguiente porque José Luis Moreno trabajaba a la velocidad del Correcaminos. Nadie ha trabajado tan rápido en España. Menos mal que me convenció porque mira la que se lio luego. Me cambió la vida. Lo que pasa es que yo creo, como dijo Kipling, que al éxito y al fracaso, esos dos impostores, hay que tratarlos con la misma indiferencia cuando llegan. He vivido desde muy pequeño la derrota de mi familia en proyectos que prometían serlo todo y, también, el éxito por sorpresa. No soy alguien al que le pueda preocupar o desestabilizar mucho que algo vaya muy mal o muy bien de golpe. Lo que sí hice es agradecerlo, claro.
¿Sientes que hay un repunte de esa homofobia que creíamos, si no superada, sí atemperada?
No quiero decir que vivo de espaldas a la sociedad, pues sería un señor muy raro, pero sí es cierto que no vivo muy pendiente. Soy una persona que se ha encerrado en una vida muy de casa y, luego, trabajo mucho. Yo soy un caso muy atípico de homosexual y me consta. No he sufrido nunca un mal trato porque no es lo mismo ser gay en la mayoría de situaciones que cuando creces en un ambiente como el mío y te conviertes en estrella de la televisión haciendo un gay en prime time que la gente ve con cariño. Entonces, conmigo nunca se ha metido nadie ni he sentido ningún tipo de violencia ni de miedo. Es cierto que noto que algunos quieren ponerle de nuevo puertas a los bosques, pero ya no van a poder. Una vez que se ha abierto el bosque, ya no hay forma de cerrarlo.
Te escuché una vez que ni siquiera en tu familia, tan abierta, sentó del todo bien tu homosexualidad.
No es que sentará mal, es que, sencillamente, sentían que de algún modo me ponía la vida más complicada. Nunca les molestó ni tuvieron más respuesta que la comprensión y el apoyo, pero mi madre, que era la más divertida del mundo y estaba rodeada de gays todo el día, me decía: «Me da pena que lo vaya a tener más difícil». Por ejemplo, pensaba que iba a tener muy difícil hacer de galán, otra palabra con la que me llevo fatal.
De joven hiciste bastantes galanes heterosexuales.
Pero triunfaba poco. Tenía que hacer cosas dramáticas o cómicas, llevar siempre el personaje a otros terrenos que no fueran el gran romance con la con la actriz, cosa que luego, con los años, sí he conseguido.
Durante muchos años, especialmente en aquellos del ‘No a la guerra’, te posicionaste políticamente, pero últimamente has empezado a evitarlo. ¿Qué ha cambiado?
No es que ya no me quiera posicionar, lo que sucede es que hay una decepción clara. Muchos de los políticos actuales han dejado de trabajar para nosotros y, luego, han nacido unos extremos, tanto hacia un lado como hacia otro, que no me producen confianza. Entonces, soy fiel a lo que creo. Creo en la libertad, en el derecho del ser humano a dar sus pasos respetando los tuyos, sin más coacción que entender que vivimos en un orden y hay que respetarlo. Me he significado más cuando pensé que era verdaderamente importante hacerlo, que nos escuchaban y servía.
¿Crees que los políticos de esos años 80 y 90 eran diferentes?
Hombre, por favor. Eran mucho mejores porque, para empezar, no salían ellos en las revistas. Eso nos lo dejaban a nosotros, los actores, y ellos trabajaban para la gente, no para sí mismos. Para darnos una democracia, supieron trabajar juntos y coordinar distintas formas de pensar porque nadie estaba en el extremo o, si venía de allí, entendía que la solución para que España funcionara estaba en los centralismos, tanto de izquierdas como de derechas. Los extremos pasaron a estar bastante demonizados porque no eran ya necesarios y, agradeciéndole todo lo que había hecho contra la dictadura, por eso hubo ese trasvase masivo del PCE al PSOE. Creo que no podía quedar ningún tipo de herencia del franquismo y los socialistas no la traían.
Ahora, metidos en plena precampaña electoral, ¿te inquieta lo que ves?
Me preocupa que los políticos sólo trabajan para las urnas y fomentan este malestar constante y esta división tan desagradable que no sé si va a terminar siendo un enfrentamiento más hostil de lo que pensamos. Con el caso de Maricarmen hemos visto con qué facilidad dicen los políticos cosas que, directamente, te posicionan en contra de la humanidad. La deshumanización que nos rodea es una puta demencia. No son cuidadosos con la agresividad y la violencia que suma puntos en una urna y genera odio en la calle. Han caído derecha e izquierda por igual en esa virulencia. Han subido las apuestas del combate y las armas son más letales. Ellos son un dios salvaje.

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