Los libros de la Fundación Secretos para Contar están en todas y cada una de las 4.200 veredas de Antioquia. Antes de su llegada, en muchas de ellas los campesinos y las campesinas nunca habían tenido uno para leer. Hoy, tras 22 años de trabajo, se han consolidado como la mejor herramienta para cultivar el hábito de la lectura hasta en los territorios más recónditos, por encima de las dificultades de acceso y de las brechas educativas entre el campo y la ciudad.
Desde Fundación Secretos para Contar, impulsó la edición y distribución a 519.000 familias campesinas de 8,8 millones de libros, a los 125 municipios del departamento
Los libros de la Fundación Secretos para Contar están en todas y cada una de las 4.200 veredas de Antioquia. Antes de su llegada, en muchas de ellas los campesinos y las campesinas nunca habían tenido uno para leer. Hoy, tras 22 años de trabajo, se han consolidado como la mejor herramienta para cultivar el hábito de la lectura hasta en los territorios más recónditos, por encima de las dificultades de acceso y de las brechas educativas entre el campo y la ciudad.
Su arribo a los territorios, sin embargo, significa mucho más. Cuando aparecen “los de los libros” —como los llaman en las veredas—, con sus camisetas azules y las botas embarradas, los maestros encuentran un espacio para capacitarse; los padres, un rato para tomarse un tinto y conversar; y los estudiantes, la oportunidad de llenar sus salones de cantos y palmas. Cuando el equipo se marcha, en cada uno de ellos queda una certeza: su historia de vida todavía tiene muchas páginas por escribir.
Lina María Mejía Correa (Medellín, 64 años) escribió precisamente una página distinta para la ruralidad antioqueña, al liderar la apuesta de promoción de lectura más ambiciosa del departamento. Empresaria, filántropa, editora, lectora empedernida y promotora cultural, ha integrado los consejos directivos de varias de las instituciones culturales y educativas más prestigiosas, como el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, la Universidad EAFIT y el Museo de Arte Moderno de Medellín.
“Si todos pensamos un poquito menos en nosotros, seremos mucho mejores líderes y más felices, porque cuando uno da, recibe, y eso hace que nos proyectemos como seres humanos. Más allá del trabajo, uno debe vivir por un propósito: insertarse en una sociedad y ayudarla”, comenta.
Mejía dice que una convicción ha sostenido su trayectoria: las transformaciones culturales y educativas no siempre llegan de inmediato, pero cuando echan raíces, pasarán de generación en generación. Esa idea tomó forma en 2004 cuando impulsó el nacimiento de Secretos para Contar, junto con Tita Maya –fallecida en 2020– y otras personas comprometidas con la educación rural. El proyecto nació de una pregunta sencilla, pero reveladora: ¿qué leen las familias campesinas si no tienen libros a su alcance?
Primero pensaron llevar literatura ya existente en el mercado, pero pronto descubrieron que ninguna reflejaba la realidad campesina. Con eso en mente, decidieron producir y editar los libros. Hoy tienen 31 tomos estructurados a partir de un proceso circular en el que recogen los saberes y las inquietudes de las comunidades, los convierten en contenidos y los devuelven a ellas sin cobrar un peso. Mejía confiesa que ese descubrimiento de la riqueza cultural de la ruralidad fue lo que hizo “que se enamorara profundamente del campo y de la educación pública”.
Cuando comenzaron a trabajar, a comienzos de los años 2000, la violencia se recrudecía en Antioquia y llegar a muchas veredas suponía un riesgo. Pero los equipos de Secretos lograban entrar incluso a territorios controlados por actores armados. Esa presencia, cuenta, fue clave para construir la confianza que hoy les permite tener más de 100 aliados públicos y privados.
Gracias a esos esfuerzos, el proyecto ha llegado a 519.000 familias y ha distribuido 8,8 millones de ejemplares en hogares y escuelas de 125 municipios. Para dimensionar la cifra, son casi diez veces el total de libros de las bibliotecas públicas de Medellín. Para llevarlos, recorren caminos de tierra y agua en lanchas, aviones, mulas, motorrodillos y camperos.
Aun así, afirma Mejía, las dificultades pasan a un segundo plano cuando consiguen que al menos una persona de un hogar rural, pueda leer. “Las cosas nacen pequeñas, pero si están bien estructuradas, crecen naturalmente. La gente que trabaja en este proyecto está convencida de su misión. A veces pasan semanas enteras en cada vereda. Por eso digo que un trabajo sin vocación es tiempo perdido”, sostiene.
Con ella concuerda Carolina Tabares, coordinadora del Equipo de Promoción de Lectura: “No se trata únicamente de llevar libros al campo, sino de reconocer todo lo que los campesinos y campesinas tienen para enseñarnos. Uno llega creyendo que lleva algo para compartir, pero regresa con el corazón lleno de historias y con la certeza de que la lectura también es una manera de reconocernos, dignificarnos y construir comunidad. No estamos solo entregando libros, sino también generando posibilidades, sueños y nuevas formas de encontrarnos”.
El proyecto tiene resultados indiscutibles: al comienzo, el 24% de las familias tenía el hábito de leer al menos una vez al mes; para 2024, más del 78 % leía a diario o semanalmente. “Hay algo que está demostrado y por eso quisimos sembrar libros en los hogares antioqueños y colombianos: donde hay lectores y bibliotecas, es natural que los hijos también se conviertan en lectores”, dice Mejía.
Su propia historia de vida lo retrata. Creció entre libros, con padres lectores, emprendedores, y con un profundo sentido cívico y de servicio social. Su padre, Santiago Mejía Olarte, presidió la Fundación Fraternidad Medellín y cofundó ProAntioquia. Su madre, Helena Correa Ángel, les enseñó a ella y a sus cuatro hermanos que la vida iba más allá de tener un buen negocio: “Nos decía que había que trascender; mejorar la calidad de vida de otros. Yo creo que eso me llegó innato. No concebiría mi vida trabajando 100% en beneficio propio”, agrega.
Hoy, la iniciativa acumula nueve premios, entre ellos, el Alejandro Ángel Escobar en la categoría Solidaridad (2021). Los ha recibido, entre otras cosas, porque ha expandido su misionalidad ante las necesidades campesinas. Desde 2017, Secretos se sumó a la Alianza por la Educación Rural para Antioquia (ERA), que reúne esfuerzos públicos y privados por ampliar el acceso a la educación superior. Por medio de iniciativas como U en el Campo, buscan que los jóvenes continúen sus estudios sin abandonar el territorio. Así han llegado a 31 municipios de las subregiones del Suroeste, Oriente, Urabá y Bajo Cauca y a 2.141 estudiantes.
“Me siento muy feliz, pero creo que todavía nos falta. Todos podemos enamorarnos del campo y hacer mucho por Colombia, un país privilegiado por su naturaleza, donde el campo es tal vez su mayor riqueza y los campesinos, sus guardianes. Si entre todos los cuidamos, los valoramos y procuramos que tengan una mejor educación, vamos a tener un mejor país”, concluye.
EL PAÍS
