Unas Navidades, cuando Mila era pequeña, su padre, un hombre veleta, le pidió que le ayudara a montar el árbol. Después dijo que se iba y dejó a la madre y a la hija solas ante el abeto y los adornos. Días después, la madre de Mila murió de repente en la cocina. El arte nace de la herida, y la herida de una madre muerta y de un padre tarambana y ausente llevó a la primera al hoyo y a la segunda al pozo. En el entierro, Mila comprendió que aquella pareja no había permanecido junta por ella, sino por su culpa. El padre no derramó una lágrima. Mila los había visto juntos pocas veces. Antes de casarse, la madre quería ser actriz, bailarina, fotógrafa… a todo renunció por cuidarla.
Unas Navidades, cuando Mila era pequeña, su padre, un hombre veleta, le pidió que le ayudara a montar el árbol. Después dijo que se iba y dejó a la madre y a la hija solas ante el abeto y los adornos. Días después, la madre de Mila murió de repente en la cocina. El arte nace de la herida, y la herida de una madre muerta y de un padre tarambana y ausente llevó a la primera al hoyo y a la segunda al pozo. En el entierro, Mila comprendió que aquella pareja no había permanecido junta por ella, sino por su culpa. El padre no derramó una lágrima. Mila los había visto juntos pocas veces. Antes de casarse, la madre quería ser actriz, bailarina, fotógrafa… a todo renunció por cuidarla. Seguir leyendo
Unas Navidades, cuando Mila era pequeña, su padre, un hombre veleta, le pidió que le ayudara a montar el árbol. Después dijo que se iba y dejó a la madre y a la hija solas ante el abeto y los adornos. Días después, la madre de Mila murió de repente en la cocina. El arte nace de la herida, y la herida de una madre muerta y de un padre tarambana y ausente llevó a la primera al hoyo y a la segunda al pozo. En el entierro, Mila comprendió que aquella pareja no había permanecido junta por ella, sino por su culpa. El padre no derramó una lágrima. Mila los había visto juntos pocas veces. Antes de casarse, la madre quería ser actriz, bailarina, fotógrafa… a todo renunció por cuidarla.
Esta es una de las anécdotas que Tatiana Țîbuleac narra al comienzo de Cuando seas feliz, golpea tú primero, una novela atravesada por el duelo, el abandono y la memoria, pero también por la pregunta de qué hacemos con las heridas que nos han convertido en quienes somos. Porque Mila, su protagonista, no solo carga con la muerte de su madre y con la ausencia de un padre que nunca terminó de ejercer como tal: carga también con la necesidad de comprenderlos, de juzgarlos y, acaso, de perdonarlos. O de perdonarse a sí misma.
Mila, 50 años, lleva seis meses sin beber, haciendo malabares con su organismo, y arrastra una vida que parece haber quedado suspendida entre la emigración de Chisináu (Moldavia) y la resaca de mañana. Es una de esas criaturas de Țîbuleac que parecen vestidas con tiritas, como ya vimos en En el verano que mi madre tuvo los ojos verdes. Vive en París, cuida ancianos y perros ajenos y arrastra la sombra de un padre también muerto: un periodista bohemio y alcohólico, tan irresponsable como tierno, que le enseñó a escribir y ocupó con su ausencia el centro de su vida. Se llamaba Eduard Dudcă y está claramente inspirado en el padre de la propia Tatiana Țîbuleac, poeta e intelectual moldavo. Una reseña rumana lo identifica explícitamente como “el ilustre Eduard Dudcă” y cuenta que muere a los 50 años, la misma edad que tiene Mila en el presente de la novela. La autora ha explicado que la novela nació en parte de la muerte de su padre y que quería escribir sobre la generación de los intelectuales moldavos de los años noventa.
Entre ambos se extiende una relación en la que el amor y el rencor se hermanan. Es un padre contradictorio: puede ser tierno y luminoso y, al mismo tiempo, irresponsable y tóxico. Mila lo ama y lo detesta; después de su muerte, sigue intentando ajustar cuentas con él. Porque es imposible odiar al padre de Mila, como es imposible admirarlo. Se pasaba la vida en la redacción del periódico en el que trabajaba aunque estuviera enfermo, bebido, apenado o asqueado. No le dio cariño, pero sí una casa llena de libros y una serie de consejos que de mayor pondría en práctica: “La escritura como medicina, la escritura como venganza”.
Nina, la segunda mujer de Eduard, a la que engatusó sin amarla un solo día (“de todas las mujeres que le habían prometido seguirlo hasta el fin del mundo, solo ella aceptó mudarse a Chisinau”), formó parte de esa casa y mantuvo a flote una burbuja familiar en la que Mila creció intentando entender a los adultos. También estaba Malik, el vecino y amigo de infancia, ese brote de espiga que librará a Mila de la soledad porque junto a él descubriría lo que todos descubrimos antes de hora. Eran una niña sin madre y un niño sin padre. Estaban predestinados a estar toda la vida juntos. No contaba Mila con que entre ellos se colaría Ella, otra vecina, amiga hasta que deja de serlo. Solo ese triángulo de vaivenes emocionales justificaría esta lectura.
Pero, en cualquier caso, esta no es en absoluto una novela coral. Mila es el centro sobre el que pivota la historia, o más bien sobre el trauma poliédrico de crecer sin madre, abandonar al padre (en su obsesión por llegar a Francia), perder al hombre al que llegó a amar (Anatol) o haber abandonado Moldavia para hallar una vida mejor y no encontrarla.
Mila se juzga con la misma dureza con la que juzga a los demás. Si su padre es la herida que la convertirá en escritora, ella es la escritora sin rumbo, la que pasó de profesora y traductora a cuidadora casa por casa (“¿qué he ganado viniendo aquí? Yo, nada”), periplos durante los que uno irremediablemente se acuerda de aquella imbatible crónica de Capote titulada Un día de trabajo. El padre es el gran personaje ausente y, paradójicamente, eje vertebrador de la novela. Si la imagen de la madre es la conexión con el pasado, Haim (uno de los ancianos a los que cuida y con quien mantiene una intensa relación cargada de enigma) forma parte de la vida adulta y de su entorno en París. No tiene el peso del padre, pero pertenece a ese presente en el que vemos las consecuencias de todo lo que le ha ocurrido. Malik simboliza la nostalgia, el desamor y las ausencias que atraviesan su presente.
Todo pasa por la conciencia de Mila. Țîbuleac trabaja con una voz interiorizada que convierte la memoria en una sucesión de escenas, golpes, asociaciones y frases aforísticas. La memoria funciona por fogonazos. No se reconstruye la infancia de manera ordenada: un objeto, una frase, un gesto o una muerte desencadenan un recuerdo. El pasado irrumpe en el presente embistiendo.
Entre la crudeza y el lirismo, como en la magnífica visita al taller de Brâncuși, Țîbuleac parece esculpir el dolor y darle una forma bella. Su escritura se mueve entre el aforismo y la pregunta, y convierte la escritura al mismo tiempo en herencia y condena. Todo está atravesado por los contrastes: amor y odio, ternura y crueldad, padre e hija, presencia y ausencia, alcohol y sobriedad, pasado y presente, Moldavia y Francia, herida y escritura. Hay algo en Cuando seas feliz, golpea tú primero que la emparenta con una tradición de libros escritos a la sombra de un padre. Pienso, sobre todo, en Mi padre y yo, de J. R. Ackerley, ese extraordinario libro de memoria, investigación y ajuste de cuentas en el que el escritor intenta reconstruir la figura de un padre al que apenas llegó a conocer y que, precisamente por sus ausencias y sus secretos, terminó ocupando un espacio enorme en su imaginación. Como Ackerley, Țîbuleac convierte al padre en una pregunta que no desaparece con la muerte. Escribir sobre él significa averiguar quién fue, pero también preguntarse quién es uno cuando ha crecido intentando llenar ese vacío. En ambos libros, el padre es menos un personaje que una ausencia alrededor de la cual se organiza una vida.
El humor, en todo caso, no alivia la tragedia. Mila puede ser sarcástica, brutal, grotesca. Y esa mezcla impide el sentimentalismo. Hay algo muy poderoso en esa manera de mirar las heridas sin convertirlas en monumentos: la niña que se queda sola ante el árbol de Navidad se convierte en la mujer que, cincuenta años después, sigue intentando entender qué hicieron sus padres con ella y qué hizo ella con todo aquello. Ahí está el hilo de una lectura capaz de hacer luz de las tinieblas.

Tatiana Ţîbuleac
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Impedimenta, 2026
264 páginas. 21,50 euros
EL PAÍS
