Solo Philipe Hoare podía relacionar a T. E. Lawrence, Lawrence de Arabia, el rey sin corona del desierto, con las ballenas. Claro que para Hoare las ballenas son omnipresentes y una obsesión tan grande (y valga la palabra) como para Lawrence lo era Aqaba (por cierto, casualmente el nombre de la casa en que nació Hoare). En su nuevo libro, William Blake y los monstruos marinos del amor (Ático de los libros, 2026), un viaje de 520 páginas por la literatura, el arte, su propia biografía y sus fijaciones y manías, con el visionario pintor y poeta inglés en el centro, Hoare (Southampton, Reino Unido, 68 años) vuelve a sorprender con su particular forma de mezclar grandes figuras y temas de nuestra cultura con el relato personal y la vena lírica (y con las ballenas).
El autor de ‘Leviatán’ se embarca en su nuevo libro en un alucinante viaje literario a la vida y la obra del visionario poeta y pintor inglés
Solo Philipe Hoare podía relacionar a T. E. Lawrence, Lawrence de Arabia, el rey sin corona del desierto, con las ballenas. Claro que para Hoare las ballenas son omnipresentes y una obsesión tan grande (y valga la palabra) como para Lawrence lo era Aqaba (por cierto, casualmente el nombre de la casa en que nació Hoare). En su nuevo libro, William Blake y los monstruos marinos del amor (Ático de los libros, 2026), un viaje de 520 páginas por la literatura, el arte, su propia biografía y sus fijaciones y manías, con el visionario pintor y poeta inglés en el centro, Hoare (Southampton, Reino Unido, 68 años) vuelve a sorprender con su particular forma de mezclar grandes figuras y temas de nuestra cultura con el relato personal y la vena lírica (y con las ballenas).
El resultado es magnífico, hipnotizante y emocionante, un festín intelectual con pasajes bellísimos, aunque a ratos el libro pueda parecer desconcertante y cueste seguir la argumentación, que se desvía en sinuosos senderos y en una serie de encadenamientos de personajes e historias que hacen perder el hilo. No importa: lo que cuenta el autor de las celebradas Leviatán o la ballena, El mar interior o Alberto y la ballena (sobre Durero), es tan interesante que en última instancia tanto da a dónde nos lleve. Es cuestión de confiar en él (ya ha demostrado que vale la pena) y dejarse arrastrar por su ola arrebatadora. Una ola en cuyo seno bracea el mismo Hoare, ese apasionado de la natación que se lanza al mar donde quiera que vaya convirtiendo el baño en un ritual y en una experiencia de carácter iniciático y casi místico.

En la habitación del hotel barcelonés en que se aloja y desde cuya terraza se tiene una vista estupenda de la playa y la costa, Philipe Hoare, que presenta su libro en la ciudad, parece literalmente un pez fuera del agua, pequeño y delgado, engañosamente frágil, con un aire de extravagante mimo marino o de un Truman Capote cruzado con arlequín. Del autor de Plegarias atendidas tiene Hoare, entre otras cosas, el interés por la parte más escabrosa y cotilla de la vida social de artistas e intelectuales que espolvorea como azúcar glas sobre la línea principal de su relato. En este caso el núcleo argumental del libro es Blake, por el que demuestra una veneración absoluta e hipervoltada ―ya se sabe que el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría― y cuyas vida y obra rastrea profusamente a lo largo de las páginas. Hoare encuentra la ballena en Blake a través de la atracción de Melville por el artista y el temido Leviatán de este, y acaba señalando en el propio cetáceo la “terrible simetría” del tigre del célebre poema del visionario (“Tyger, tyger, burning bright / in the forest of the night”). “Un tigre como una ballena como un poeta”, escribe Hoare.

“Me gusta ir encadenando historias y personajes, soy un adicto a la droga de las conexiones, lo de los seis grados de separación reducido a uno, como que una vez yo estreché la mano de alguien que estrechó la de Lawrence de Arabia”, explica el escritor, al que rápidamente le doy la mano, encaramado en una silla, descalzo, en pantalón corto y con su característica camiseta de rayas que, junto a sus ojos azules como los de Melville y los de T. E. Lawrence (dice que en su caso es de tanto mirar el mar), le da un aire a Billy Budd crecidito. Ya ha nadado hoy, señala, tres veces. De esa acumulación de personajes de sus páginas ―Derek Jarman, Paul Nash, Oscar Wilde y su círculo, John Singer Sargent, Ruskin, John Craxton, Joyce, Yeats, Francis Bacon, Iris Murdoch, Peter Beard, Nancy Cunard―, entre ellos muchos socialités y queer, dice que de alguna manera ha querido que su libro fuera “la fiesta perfecta” por la lista de invitados. “Soy un fanboy”, asegura. También apunta que a muchos de los que convoca “no me a atrevería a hablarles personalmente, porque soy tímido”.
En fin, vaya la que ha montado con Blake. “Es alguien tan grande, no solo por él mismo sino por la gente en la que ha influido, personas a las que yo amo y que lo amaban a él como William Burroughs, Alan Ginsberg o David Bowie, tantas figuras importantes a las que marcó. ¡Pati Smith adora a Blake! Es muy interesante irlo descubriendo a partir de todos ellos”. Y a través del mar. “Sí, del mar”, ríe. “Yo no puedo hacer nada sin el mar. Es una presencia constante e imprescindible en mi vida”. Y las ballenas. “Ah, sí, las ballenas también, veo ballenas en todas partes, las ballenas son irrefutables. De eso va el libro, como indica el título, de conectar a Blake con las ballenas, que son omnipresentes en su mundo como criaturas marinas de formas extrañas y terribles, como ángel caído, como Satán. Es una excusa, pero tiene una lógica aplastante”. Hoare guiña el ojo en un destello azul. “He querido que el libro fluya como el mar, y me gusta verlo también como un proceso similar al de ir recogiendo en la playa lo que deja la marea. Leo, recopilo historias y personajes y los voy combinando”.

¿Es William Blake y los monstruos marinos del amor más un artefacto literario personal que un ensayo cultural? “Puede parecer pretencioso pero es justo eso. Ha llegado un momento en que pienso que no vale la pena poner cosas aburridas en los libros. Escribo sobre lo que me emociona y para emocionar”. Parece que entienda la cultura como una carrera de relevos en la que se van pasando el testigo unos a otros. “Así es, es un proceso, sí, ahí está el caso de Milton y su influencia en Blake, que lo consideraba un arquetipo del poeta-profeta y lo admiraba enormemente”.
Blake. “Reivindicar a Blake está en el corazón del libro”, reflexiona Hoare, que deplora que al poeta y artista visionario “a menudo no se le toma en serio, ni está en el canon tanto como se merece, y se le sigue viendo generalmente como alguien que no andaba bien de la cabeza”. En realidad, continúa, “es elusivo en su genialidad, y su obra es tanta y tan variada que se nos escapa”. Es también un creador “reconcentrado, de una intensidad que espanta, con una extraña calidad desesperada”, adelantado a su tiempo y con el cual “no se podía ganar dinero, no era rentable”.

En el libro, el autor consigue confrontarse en privado con varias de las grandes obras de Blake. Esos encuentros ―Newton, Nabucodonosor, Piedad― , que dejan turulato a Hoare, dan pie a algunas de las páginas más intensas del libro. La escena del escritor temblando de emoción frente a El fantasma de una pulga ―“una gárgola llamando a tu puerta, Nosferatu en la sala de espera del infierno, la forma espantosa que sigue al viejo marinero”― en la sección de reservados en el sótano de la Tate recuerda a la del psicópata Francis Dolarhyde fascinado ante El Gran Dragón Rojo y la Mujer revestida en Sol en el Museo de Brooklyn antes de comerse la acuarela. Curiosamente, esta irrupción de Blake en la cultura popular (la película El dragón rojo, basada en el best seller del mismo título de Thomas Harris) no sale en el libro de Hoare. “Cierto, cierto”, admite el escritor que lamenta no obstante que a menudo haya más anécdota que conocimiento real en nuestra aproximación a Blake. “Cuando contactas con el Blake real, tanto sus imágenes como sus palabras, es una vivencia de primer orden, sublime, y que no necesita ni quiere interpretación, es pura experiencia, solo requiere dejarte llevar”. Señala que Blake ha tenido mala prensa por su apropiación por la cultura alternativa que lo ha relacionado con el consumo de alucinógenos y drogas.

Para el propio Hoare, Blake ha supuesto, dice, una curación. “Estaba enfermo y Blake me sanó, me ayudó a mí y confío que a otros, hay un poder curativo en su obra”. ¿¡Una personalidad sanadora William Blake!? “Sí, y es un artista muy erótico. Me gusta que lo consideraran loco y carne de Bedlam (el histórico manicomio de Londres), lo he sentido siempre alguien muy próximo, el arte crea estas conexiones de empatía”. A Hoare le gusta tanto Blake también, dice, “porque soy aún un niño, y quiero creer que existen los monstruos marinos, las extrañas y barrocas formas del mar que su obra conjura”. El escritor, funambulista del arte y de la vida, explica en su libro algunos momentos oscuros de su biografía personal (sus disfraces, la vez que casi se ahoga, alguna borrachera de aúpa).
¿Milton o Blake? “No sé, desde el punto de vista literario El paraíso perdido es enorme, una maravilla. Blake, que le robó mucho a Milton, es más difícil, más crudo. También más moderno. Brilla en formatos más cortos, y es más queer. Solo por su tigre ya merece reconocimiento eterno. Es un poema que se sigue leyendo. Cada vez que algo me perturba lo releo y también cuando visito su tumba”. De Blake dice Hoare que “llenó los cielos de ángeles y estrellas fugaces, la tierra de bestias quejumbrosas y árboles devastados y el mar de peces carnívoros y dragones abisales”.
La conversación de Hoare, que fluye intemporal (“abarca el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora”), es como sus libros, salta de un tema y un personaje a otro. Puede señalar la conexión entre Derek Jarman, Bowie y Lindsay Kemp o afirmar que la madre de Lawrence de Arabia hizo circuncidar al chico para que dejara de masturbarse. Precisamente T. E. Lawrence ―del que dice que él lo hubiera dejado todo para seguirle y apunta que cuando excavaba en Carquemis tenía de mascota un leopardo de las nieves― ocupa todo un capítulo de William Blake y los monstruos marinos. Hoare visita su cabaña de Clouds Hill en un ataque de envidiable mitomanía (lo que no le impide orinar detrás) y recalca la estrecha relación con el mar de ese personaje tan asociado con el desierto. Lawrence, recuerda, era un gran nadador que castigaba su cuerpo con el mar helado (por lo visto no bastó la circuncisión), y acabó diseñando y probando lanchas rápidas para la armada. Además, decía que su Los siete pilares de la sabiduría era una emulación de Moby Dick y, para lo que nos ocupa, se declaró discípulo de Blake, aparte de identificarse con las penurias de Job, personaje que tanto obsesionó al visionario poeta.
Lawrence, dice Hoare, consideraba las palabras de Blake “todo lo que es, es sagrado”, las mejores jamás pronunciadas. Para el escritor, Lawrence es el personaje más interesante del libro “porque estaba jodidísimo”.
Hoare se despide hablando en la puerta de su habitación del extraño gesto de Lawrence tumbado en la carretera tras sufrir el accidente de moto a resultas del cual murió. Recuperando un instante el conocimiento, levantó el dedo índice, un gesto de muchos significados, uno de ellos señalar al cielo. El escritor se entusiasma con la idea de que quizá lo que hizo Lawrence fue imitar la señal de admisión de derrota y petición de clemencia de los gladiadores romanos…
¿Y cómo acabará él, Hoare?, ¿tragado por una ballena como Jonás? El escritor ríe. “Me encantaría pero no creo. No sería agradable para ella. Conocí en Cape Code a un hombre que había sido atrapado con la boca por una ballena jorobada mientras pescaba langostas. Le rompió las piernas, pero no se lo tragó. Me parece que científicamente es imposible”.
EL PAÍS
