En los últimos años, la forma más contemporánea del ensayo literario ha sido una mezcla reconocible de memoir y erudición que la autora Noelia Romero sintetiza muy bien en su reciente La manera: “Ensayar, confesar, conversar [con otras lecturas y obras]. Estas son las tres acciones que hago mientras escribo este libro”, dice, una aritmética que vale para toda una corriente que quizá no sea nueva, pero sí ha adquirido matices, capas y posibilidades renovadas a medida que se iba convirtiendo en modelo consolidado por el mercado de la alta cultura y las becas de creación. El peligro de un proceso semejante, ya se sabe, es alcanzar un punto colectivo de anquilosamiento o saturación. No sé cuándo ocurrirá eso. De momento, el género sigue ofreciendo muestras estupendas.
En los últimos años, la forma más contemporánea del ensayo literario ha sido una mezcla reconocible de memoir y erudición que la autora Noelia Romero sintetiza muy bien en su reciente La manera: “Ensayar, confesar, conversar [con otras lecturas y obras]. Estas son las tres acciones que hago mientras escribo este libro”, dice, una aritmética que vale para toda una corriente que quizá no sea nueva, pero sí ha adquirido matices, capas y posibilidades renovadas a medida que se iba convirtiendo en modelo consolidado por el mercado de la alta cultura y las becas de creación. El peligro de un proceso semejante, ya se sabe, es alcanzar un punto colectivo de anquilosamiento o saturación. No sé cuándo ocurrirá eso. De momento, el género sigue ofreciendo muestras estupendas. Seguir leyendo
En los últimos años, la forma más contemporánea del ensayo literario ha sido una mezcla reconocible de memoir y erudición que la autora Noelia Romero sintetiza muy bien en su reciente La manera: “Ensayar, confesar, conversar [con otras lecturas y obras]. Estas son las tres acciones que hago mientras escribo este libro”, dice, una aritmética que vale para toda una corriente que quizá no sea nueva, pero sí ha adquirido matices, capas y posibilidades renovadas a medida que se iba convirtiendo en modelo consolidado por el mercado de la alta cultura y las becas de creación. El peligro de un proceso semejante, ya se sabe, es alcanzar un punto colectivo de anquilosamiento o saturación. No sé cuándo ocurrirá eso. De momento, el género sigue ofreciendo muestras estupendas.
Precisamente, el libro de Romero coincide en librerías con Canícula, de Emily LaBarge, dos casos en que las autoras saben conducirlo hacia estilos y discursos bien personales. Romero parte de una delicada cirugía practicada en sus manos (la segunda a la que se somete, porque “las mujeres de mi familia tenemos las manos taradas”). LaBarge, del asalto armado al domicilio que sufrió su familia cuando estaban de vacaciones en una isla caribeña, siete horas que pasó atada y encapuchada en el suelo, sin saber si sobreviviría o la torturarían, ni qué ocurriría con sus seres queridos. Establecido el detonante, una y otra prosa activan sus estrategias para profundizar en el asunto, modelándolo en conexión con sus referentes literarios o artísticos más queridos.
Aunque únicamente el azar haya reunido en las librerías (y en esta reseña) a Romero y LaBarge, y por lo tanto no deberíamos abusar de paralelismos o contrastes, no deja de divertirme que la primera hable de Hitchcock y la segunda de David Lynch. Siento que ahí hay una correspondencia elegante. Como en el caso del británico, el aparente clasicismo de Romero (y aquí uso “clasicismo” en un sentido abierto: un puntito de academia, cierta sobriedad gramatical, una exhaustividad al investigar) esconde una modernidad estilística que a veces se fuga de pronto, mientras que LaBarge desarticula, desmigaja, altera mucho más las estructuras y la sintaxis, a veces con explicitud subrayada, pero en el fondo late un dominio respetuoso de las hechuras arquetípicas que le presuponemos a la no ficción, más o menos como en Lynch lo surreal es una implosión de lo clásico.
Vamos con La manera, un habilidoso ensayo que se encomienda al Richard Sennett de El artesano para rescatar de un océano de tradición cultural la importancia del tacto en la identidad humana, desde su vínculo con el nacimiento del lenguaje a la importancia del trabajo manual (la escritura lo fue, recuerda Romero, y quizá debería volver a serlo), y por ahí da entrada a una fuerte conciencia de clase que produce mis páginas favoritas del libro. Sin embargo, hay tanto, aquí… Están Louise Bourgeois y la alquimia, Hannah Arendt y Delacroix, hay un detenimiento obsesivo en Caravaggio, están la crianza y el amor, y están las complicadas estrategias que las personas zurdas debemos activar para ser funcionales en un mundo organizado de otro modo (atiendan a la sobria descripción del arco que dibuja la mano de un zurdo al tomar el lápiz), todo esto sin que el hilo se rompa, conformando un tejido que apunta, en definitiva, a una defensa del contacto, la cercanía y el objeto tangible en un mundo digital de pantallas.
Por su parte, Canícula acaba por reconocerse como un libro en torno al trauma y los modos en que las personas podemos recordarlo, pensarlo, integrarlo, escribirlo. Y eso que se resiste a ello: durante sus primeros compases, LaBarge manifiesta su incomodidad con la mera posibilidad de asignarle ese nombre, “trauma”, o cualquier otro nombre. Poco a poco, la palabra toma el lugar que le corresponde, y entonces LaBarge ya puede abordarla desde multitud de perspectivas, la culpa, los agujeros desconcertantes de la memoria, la extraña paradoja de que uno quiera esquivar hasta la más diminuta referencia que reactive el trauma, pero al mismo tiempo se descubra obsesionado con hablar de él, recrearlo y asediarlo sin descanso. LaBarge, ya lo he dicho, deshilacha los párrafos, desafía la sintaxis (estupendo el trabajo de la traductora Magdalena Palmer, que nos permite hacernos cargo de la propuesta), y sus referencias se mueven entre la literatura y la psicología, con Freud reclamando su cetro de gran narrador de la mente, y Lorrie Moore, Joan Didion o Amy Hempel en el papel de maestras. Las páginas que le dedica al tiempo, a la identidad del individuo en el tiempo, son fascinantes.
Y aunque sea cierto que no deseo forzar las conexiones entre ambos libros, admitamos que, en última instancia, comparten la pregunta recurrente de la escritura, es decir, de su sentido y la naturaleza del proceso a que nos aboca. Se advierte a menudo en Romero (escribir “es hacer una marca para orientarse más adelante”), pero es que en LaBarge acaba por tomar posesión de cada aspecto de Canícula, uno de esos libros-para-escritoras (y escritores, claro). De hecho, en él encuentro una cita que ilumina con tanta gracia como desesperación el gran dilema de esta manía de escribir: “Quiero crear algo que sea verdadero, pero necesito crearlo para que sea verdadero”.

La manera. Breve historia sensorial de una mano
Noelia Romero
Acantilado, 2026. 275 páginas. 22 euros

Canícula
Emily La Barge
Traducción de Magdalena Palmer
Temporal, 2026
288 páginas, 22,90 euros
EL PAÍS
