Al viejo clarinetista le regalaron las autoridades madrileñas una guitarra y él la tomó en sus manos, medio aburrido, con esa actitud resignada que muestra ante personas que en otros tiempos hubiéramos considerado absolutamente ajenas al mundo del cineasta. Porque Woody era nuestro, y nosotros, hablo de los de entonces, teníamos a Allen por un tipo de izquierdas, por un progre al estilo europeo, tal y como entendíamos que era eso. Nosotros, aún no contemplábamos que hubiera un nosotras, estábamos convencidos de que sus películas reflejaban la sociedad neoyorquina, la de una clase media intelectual, estilosa y con tiempo y dinero para salir a Elaine’s por las noches. Nosotros, menos aún nosotras, jamás percibíamos que el personaje masculino solía tomar la palabra y no la soltaba, y que solo gracias a que la actriz solía ser una mujer de la talla y la gracia de Diane Keaton lograba hacerse visible e icónica. Nosotros, incluidas nosotras, veíamos también como natural que una chiquilla, casi púber, como Mariel Hemingway se enamorara perdidamente del maduro neurótico, y comprendíamos que llorara por tener que volar sola. Nosotros, los de entonces, creíamos ver un mensaje social donde solo brillaba lo romántico. Nosotros no habríamos soportado que se nos dijera que sus películas entroncaban más con las encantadoras comedias de enredo con las que él había crecido, que con un cine comprometido; por creer, creíamos nosotros que el jazz que ilustraba sus historias era una elección intelectual, y eso que él se encargó de explicarnos que era la música que escuchaba en la radio cuando era chico. Pero nosotros amoldamos el personaje a nuestras necesidades históricas. Queríamos que Woody fuera el hombre a la medida de un país, el nuestro, que estaba abriéndose a la democracia y, a pesar de que nos repetía hasta la saciedad que no era un intelectual, así lo considerábamos. Los admiradores son exigentes y ciegos. Hasta sus películas más hondas respondían a lo sentimental, a las inherentes obsesiones humanas, más que a la relación con la sociedad.
Teníamos a Allen por un tipo de izquierdas, por un ‘progre’ al estilo europeo, tal y como entendíamos que era eso
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Teníamos a Allen por un tipo de izquierdas, por un ‘progre’ al estilo europeo, tal y como entendíamos que era eso
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Al viejo clarinetista le regalaron las autoridades madrileñas una guitarra y él la tomó en sus manos, medio aburrido, con esa actitud resignada que muestra ante personas que en otros tiempos hubiéramos considerado absolutamente ajenas al mundo del cineasta. Porque Woody era nuestro, y nosotros, hablo de los de entonces, teníamos a Allen por un tipo de izquierdas, por un progre al estilo europeo, tal y como entendíamos que era eso. Nosotros, aún no contemplábamos que hubiera un nosotras, estábamos convencidos de que sus películas reflejaban la sociedad neoyorquina, la de una clase media intelectual, estilosa y con tiempo y dinero para salir a Elaine’s por las noches. Nosotros, menos aún nosotras, jamás percibíamos que el personaje masculino solía tomar la palabra y no la soltaba, y que solo gracias a que la actriz solía ser una mujer de la talla y la gracia de Diane Keaton lograba hacerse visible e icónica. Nosotros, incluidas nosotras, veíamos también como natural que una chiquilla, casi púber, como Mariel Hemingway se enamorara perdidamente del maduro neurótico, y comprendíamos que llorara por tener que volar sola. Nosotros, los de entonces, creíamos ver un mensaje social donde solo brillaba lo romántico. Nosotros no habríamos soportado que se nos dijera que sus películas entroncaban más con las encantadoras comedias de enredo con las que él había crecido, que con un cine comprometido; por creer, creíamos nosotros que el jazz que ilustraba sus historias era una elección intelectual, y eso que él se encargó de explicarnos que era la música que escuchaba en la radio cuando era chico. Pero nosotros amoldamos el personaje a nuestras necesidades históricas. Queríamos que Woody fuera el hombre a la medida de un país, el nuestro, que estaba abriéndose a la democracia y, a pesar de que nos repetía hasta la saciedad que no era un intelectual, así lo considerábamos. Los admiradores son exigentes y ciegos. Hasta sus películas más hondas respondían a lo sentimental, a las inherentes obsesiones humanas, más que a la relación con la sociedad.
Nosotros, ahora me refiero a él y a mí, que vivimos unos años en Nueva York, considerábamos incongruente que el chico judío que conquistó Manhattan viviera en la zona más blanca, anglo y rica de la ciudad. Nosotros, víctimas del malentendido, lo hubiéramos situado en el Oeste, el punto cardinal del pensamiento, y él vivía en el Este, el punto cardinal de la riqueza. Fue entonces cuando comenzamos a percibir su desapego, su desinterés hacia esa clase trabajadora que construye a diario la ciudad. Y no es que todas las películas deban ser sociales, en absoluto, sus películas nos elevan tres palmos del suelo y poseen un carácter único, éramos nosotros, caprichosos admiradores, los que decidimos otorgarles una intención progresista, por así decirlo. Ahora viene a Madrid, refractario a la actualidad, ajeno, para hacer un retrato de la ciudad que la deje guapa, no sé si castiza, y lleve el nombre en el título. Viene en un momento en que la ciudad no quiere más visitantes que la maltraten y se apoderen de ella a su antojo sin amor ni apego, viene en los días en que tantos jóvenes enmiendan la plana al Congreso y reclaman un techo y un futuro. Y el resultado es que Woody Allen, el que un día creímos nuestro, resulta a todas luces incongruente respondiendo que él no es tan inteligente como para opinar de lo que sucede en la ciudad que pretende retratar. No es raro: su Manhattan también responde a un ensueño. Por agradar, se muestra en contra del fascismo, así, en abstracto, como si él no viniera del país de Trump en concreto. La presunta humildad que muestra al afirmar que no sabe de política como para obviar y condenar lo condenable nos espeluzna. Esa frialdad que siempre estuvo ante nuestros ojos y no quisimos ver. Y sí, tranquilos, separaremos al autor de su obra. Nosotros estamos muy acostumbrados, ya no te digo nosotras.
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