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  Cultura  ‘Chronovisor’, la fascinante primera película de la historia para ser exclusivamente leída
Cultura

‘Chronovisor’, la fascinante primera película de la historia para ser exclusivamente leída

junio 21, 2026
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«El diámetro del Aleph sería de dos o tres metros, pero el espacio cósmico estaba en él, sin disminución de tamaño». La cita es la más famosa de El Aleph y aunque solo sea porque Borges al lado de Umberto Eco, bibliófilo con bibliófilo, espejo frente a espejo, aparecen mencionados en los rótulos al final de Chronovisor bien está la cita. La película de los estadounidenses debutantes Kevin Walker y Jack Auen irrumpió el sábado en el Festival Cinemajove como solo lo hacen las revelaciones: sin pedir permiso y completamente ajena a normas, tradiciones o sentido de la medida. Previamente estrenada en Róterdam y con el aspecto de cita obligada, toda la cinta está concebida para ser leída. Sí, han leído bien. De principio a fin, libro sobre libro, revista sobre revista, texto sobre texto, el espectador es invitado a seguir la pista del mayor de los misterios, un enigma que crece, se expande y alcanza a dar cobijo, no lo duden, al universo entero desde la más ridícula y vulnerable de sus criaturas a, atentos, la propia conciencia del espectador. Un dispositivo, el chronovisor del título, para ver en el que al final, en efecto, te ves. El matiz (como nos avisó el propio Aleph) importa.

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 Cinemajove enmudece entusiasmado con la película de los estadounidenses Kevin Walker y Jack Auen, un vertiginoso juguete borgiano que inventa el noir de biblioteca  

«El diámetro del Aleph sería de dos o tres metros, pero el espacio cósmico estaba en él, sin disminución de tamaño». La cita es la más famosa de El Aleph y aunque solo sea porque Borges al lado de Umberto Eco, bibliófilo con bibliófilo, espejo frente a espejo, aparecen mencionados en los rótulos al final de Chronovisor bien está la cita. La película de los estadounidenses debutantes Kevin Walker y Jack Auen irrumpió el sábado en el Festival Cinemajove como solo lo hacen las revelaciones: sin pedir permiso y completamente ajena a normas, tradiciones o sentido de la medida. Previamente estrenada en Róterdam y con el aspecto de cita obligada, toda la cinta está concebida para ser leída. Sí, han leído bien. De principio a fin, libro sobre libro, revista sobre revista, texto sobre texto, el espectador es invitado a seguir la pista del mayor de los misterios, un enigma que crece, se expande y alcanza a dar cobijo, no lo duden, al universo entero desde la más ridícula y vulnerable de sus criaturas a, atentos, la propia conciencia del espectador. Un dispositivo, el chronovisor del título, para ver en el que al final, en efecto, te ves. El matiz (como nos avisó el propio Aleph) importa.

Básicamente, se trata de la investigación que desde la actualidad una erudita, a la que da vida Anne Laure Sellier, lleva a cabo para dar con la clave del aparato de marras. El chronovisor, lo crean o no, ocupó buena parte de la actualidad más extravagante de los años 50 y 60. Se trataba de un supuesto dispositivo de observación del pasado inventado por el monje benedictino Marcello Pellegrino Ernetti. Según este hombre que habría compartido la invención con Enrico Fermi y Wernher von Braun, la máquina funcionaba captando la radiación electromagnética y las ondas sonoras que los eventos históricos emitían aún en el presente. En verdad, su argumento, o el argumento al que se atreve la película, es más ambicioso. Todos viviríamos según la tesis de este hombre que tiempo atrás presumió de haber contemplado la mismísima crucifixión de Cristo atravesados por un tiempo único en el que presente, pasado e incluso futuro coincidirían. La realidad del aquí y ahora sería algo así como la única a la que alcanzan nuestros pobres sentidos. Pero con el chronovisor la cosa cambia. Entonces, como el propio Aleph, todo el cosmos estaría a nuestro alcance. Todo él con todos sus secretos más peligrosos. El chronovisor no solo ve el pasado, también ve cualquier wasup. Por no mencionar lo que custodian carpetas con Top Secret en el lomo. ¿Fascinante? ¿Ridículo? ¿Las dos cosas?

La cinta de Walker y Auen parten de aquí para en un minucioso, extravagante y muy analógico trabajo de hemeroteca componer un thriller absorbente, inaudito y completamente inédito. El espectador es invitado a introducirse en la mente de la protagonista y único personaje y, a través de cada una de sus minuciosas lecturas, leer con ella y perderse en un laberinto, que también es biblioteca, que también es espejo, que también es Borges. Y Eco. Solo de tanto en tanto, la continuidad lectora, llamémoslo así, es rota por una llamada de teléfono o por un levísimo interludio en las calles de Nueva York donde discurre la no-acción que se antoja memorable de puro vertiginoso.

Rodada en celuloide con el gramaje de las tesis doctorales o manuscritos de otro tiempo, con una fotografía de un claroscuro propia de Caravaggio tan cerca del suspiro, y con una banda sonora de Gustav Holst casi mesmérica (signifique esto lo que signifique), Chronovisor avanza con el aliento suspendido convencida de ofrecer al espectador lo que pocas películas han logrado nunca: la representación perfecta no de una pesadilla, sino de su propia pesadilla. Un artefacto, decíamos, para ver que te ve y, apurando, se ve a sí mismo como un Funes memorioso detenido en la contradicción de recordarlo todo, de verlo todo… hasta su propia muerte. «Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno». Esta es otra cita de Borges, de La biblioteca de Babel, y vale igual. El noir de biblioteca acaba de ser fundado.

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