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  Arte  La mirada indiscreta de Sophie Calle, la artista que convirtió la intimidad en una obra de arte: «La gente cree que me conoce pero lo que cuento no es mi vida sino momentos de los que huyo»
Arte

La mirada indiscreta de Sophie Calle, la artista que convirtió la intimidad en una obra de arte: «La gente cree que me conoce pero lo que cuento no es mi vida sino momentos de los que huyo»

junio 25, 2026
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«¿Ya me has perdonado?». La pregunta llegó al oído de Enrique Vila-Matas en forma de susurro, con ese tono burlón que impregna las bromas que van demasiado en serio y arrastrando la erre a la francesa quizá algo más de lo necesario. «Me cogió por sorpresa», recuerda él al teléfono, y se intuye una sonrisa que funciona como el traje a medida de una ficción pactada. La primera vez que el escritor barcelonés se plantó delante de Sophie Calle, confiesa que lo hizo con cierto miedo: «Me habían hablado de su carácter…». Cuando llegó la última, 20 años más tarde, ya estaba preparado.

 La artista conceptual francesa más influyente encontró en la intimidad el mejor material para su creación, que combina fotografía y relato. Publica ahora en España una de sus creaciones más conmovedoras, Dolor exquisito  

«¿Ya me has perdonado?». La pregunta llegó al oído de Enrique Vila-Matas en forma de susurro, con ese tono burlón que impregna las bromas que van demasiado en serio y arrastrando la erre a la francesa quizá algo más de lo necesario. «Me cogió por sorpresa», recuerda él al teléfono, y se intuye una sonrisa que funciona como el traje a medida de una ficción pactada. La primera vez que el escritor barcelonés se plantó delante de Sophie Calle, confiesa que lo hizo con cierto miedo: «Me habían hablado de su carácter…». Cuando llegó la última, 20 años más tarde, ya estaba preparado.

La clave era no dar nada por sentado.

Todo en torno a esta artista parisina de eterno flequillo Bardot, una verdadera estrella internacional con obra en el MoMA, el Guggenheim, el Pompidou o el mismísimo Metropolitan, es un equilibrismo entre la realidad y la ficción, lo personal y lo público, la vida y el arte y viceversa. Nada es nunca lo que parece. Ni lo que muestra ni lo que oculta. Quizá por eso, dos décadas atrás, aquella coincidencia creativa acabó con un colapso y una muerte. Ah, y también con un libro, o dos.

Sophie Calle (París, 1953) es la precursora de la intimidad publicada que hoy todos practicamos en Instagram -menos ella, pero de eso hablaremos más adelante-. Tan exhibicionista como voyeur, Calle lleva desde finales de los años 70 narrando sus rupturas amorosas, espiando y haciéndose espiar o desnudando cuerpo y alma en performances siempre políticamente incorrectas. Ha compartido lecho con decenas de desconocidos, se ha sometido a tests psiquiátricos para poner nombre a sus múltiples yoes e inspiró un personaje del Leviatán de Paul Auster. Se ha colado a hurtadillas en habitaciones de hotel para cotillear la basura de otros y, últimamente, ha desahuciado a Picasso de su propio museo para okuparlo ella misma.

La historia de encuentro y desencuentro entre la artista conceptual francesa más influyente de nuestros tiempos y el más firme candidato español al Nobel de Literatura se antoja como la mejor puerta de entrada a la biografía y la obra, siempre indisolubles, de una mujer obsesionada con comprender al ser humano, empezando por ella misma, y que goza, sin embargo, de constatar una y otra vez que nunca lo conseguirá.

«El hombre con el que comparto mi vida desde hace 23 años me hizo prometer cuando nos conocimos que jamás lo utilizaría como material artístico. ‘Ni una línea sobre mí, o te dejo’, dijo. Hasta ahora, he obedecido. Pero si me abandona tendré las manos libres para hacer lo que me dé la gana», confiesa Calle por videollamada desde su casa-taller en Malakoff, un suburbio al sur de París. Viste una sencilla bata gris sobre un suéter azul celeste; tras sus eternas gafas oscuras -que abandonará en un momento de la conversación, cuando la cita se ponga intensa- se esconde la mirada atenta de quien ha hecho de la observación una disciplina.

Es, de hecho, el fin de otro amor el que posibilita este encuentro. Dolor exquisito, la narración de un viaje a Japón y del periplo interior hacia la superación del duelo tras una llamada inesperada a un teléfono carmesí en la otra punta del mundo -«¿Has conocido a otra mujer?»; «Sí»-, llega por primera vez a España de la mano de Ediciones Comisura en forma de libro objeto en blanco y negro y varios tonos escarlata. Sus 280 páginas contraponen fotografía y texto para diseccionar el sufrimiento propio y cómo su enfrentamiento con el padecimiento ajeno puede resultar terapéutico. «Cuando cuentas la misma historia triste hasta la saciedad y pides que tu interlocutor te relate su momento de mayor dolor llega un punto en que tu tormento se banaliza hasta la vergüenza», analiza.

La sonrisa pícara de la mujer que espera la siguiente pregunta tranquilamente acodada ante una descomunal jirafa disecada colgada en la pared de su estudio es demoledora. Resulta fácil entender al instante cómo esta parisina de 72 años ha podido intimidar a Enrique Vila-Matas y a tantos otros hombres a lo largo de las décadas. Vayamos a los hechos. Otoño de 2005. El escritor recibe una llamada inesperada en su casa de Barcelona: la afamada artista francesa Sophie Calle le cita en el Café de Flore, en pleno centro de París, para proponerle algo. Algo que no puede hablarse por teléfono. Durante un año, él le escribirá la vida a Sophie y ella la vivirá. «Salvo matar, llevaré a la vida lo que me dictes», lanza ella. A él la propuesta lo motiva tanto que empieza a escribir de inmediato. Imagina para ella un viaje a una isla de las Azores en busca de un fantasma. Solo que ella jamás cumple su parte: a su madre le pronostican tres meses de vida y, casi a la vez, recibe una invitación para la Bienal de Venecia del año siguiente.

Fotografía: Ed Alcock (Eyevine portraits)

«Estaba atrapada», reflexiona ante la pantalla. De repente, reacciona, airada, y se quita las gafas. Este debe de ser el carácter que asustaba a Vila-Matas. «Pensaba que Enrique tardaría en responder un año, tal vez dos, pero lo hizo inmediatamente y me sorprendió. Me desestabilizó, incluso». La primavera siguiente, Vila-Matas envió un mensaje a la artista: «Estoy en París, ¿nos vemos?». Ella le contestó con una esquela: «Mi madre ha muerto esta mañana». Él replicó: «Esta tarde paso a verte». Y hasta ahí llegó la historia compartida.

Vila-Matas transformó el episodio en Porque ella no lo pidió (Lumen), una novela en la que las fronteras entre la imaginación y la realidad son tan difusas como la relación que la inspiró. Calle, por su parte, convirtió el último aliento de su madre en un vídeo grabado a los pies del lecho mortuorio que estrenó en aquella Bienal de Venecia. Tituló la instalación con un título tremendamente frustrante: Pas pu saisir la mort (No pude captar la muerte).

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El año pasado, Sophie Calle recuperó la historia frustrada con Vila-Matas en su último libro-obra, un compendio de proyectos fallidos bautizado Catalogue raisonné de l’inachevé (Catálogo razonado de lo inacabado, de momento publicado sólo en Francia). Llegó hasta ellos después de vaciar por completo su casa para instalarse en el Museo Picasso de París, que en 2023 le encargó una exposición para conmemorar los 50 años de la muerte del genio malagueño. Ella decidió, literalmente, convertirse en la muestra. Durante tres meses, desbarató el Hôtel Salé de cualquier obra de Picasso, las metió todas en el almacén del sótano y se instaló a lo largo y ancho de sus cuatro plantas con todos sus enseres, artísticos y personales, inventariados y rotulados. Los visitantes podían incluso llamar a la puerta del cuartito que escogió como habitación y charlar con ella, que recibía, según la hora, como ahora, en bata.

«Conviví con su fantasma», recuerda, y zanja con vehemencia cualquier posible debate sobre la moralidad de un genio cuestionado por su trato hacia las mujeres: «¿¡Cancelar a Picasso!? ¡Buena suerte!», lanza. «Jamás habría aceptado esta exposición de haberme supuesto un dilema ético. Lo que me dicta mi feminismo es que me concentre sobre los hombres vivos que violan, pegan o asesinan a mujeres ante nuestros ojos».

Más allá de la provocación museística, la operación resume bien el modo en que Sophie Calle entiende el arte. Dicen que es fotógrafa, escritora, directora de cine… Ella, sin embargo, se encasilla sólo en la pura necesidad: «Tengo un déficit de memoria casi patológico, prácticamente sólo recuerdo lo que he fotografiado o escrito», confiesa. «Cuando empecé, sentía que a mis fotografías les faltaba algo, no eran suficientemente interesantes estilísticamente. Antes, cuando era muy joven, había escrito algunas cosas aceptables, sin más. Al combinar ambas formas artísticas encontré mi propio lenguaje».

Sophie Calle
En ‘The Sleepers’ (1980), Sophie Calle invitó a 27 personas a dormir en su cama y las fotografió en sus sueños. Aquí, Gloria K y Anne B.VEGAP Madrid, 2026 / Cortesía de la artista y Perrotin

¿Andamiaje conceptual o desahogo personal? ¿De qué hablan sus obras, a medio camino entre el arte visual y la literatura? La mayoría, de su propia vida. «No, no es en absoluto terapéutico», desmiente el mito. «Mi motor es la creación artística, desarrollar exposiciones y libros, y mi material de estudio es la la pérdida, la desaparición, cómo tomar distancia de un evento traumático para diseccionarlo. Cuando las cosas van realmente bien no quiero hablar de ellas sino experimentarlas. No saco fotos en vacaciones, por ejemplo».

La reflexión resulta casi revolucionaria en una sociedad que ejecuta exactamente todo lo contrario casi de forma automática. «La gente hace fotos antes de mirar», lamenta la artista. «Entras en un sitio y sin decir ni hola ya te están apuntando con el móvil. Es exasperante. Hace poco hice un proyecto llamado Porque… en el que cubrí fotografías que me gustaban mucho con una tela en la que explicaba lo que me motivó a tomarlas. Quería ralentizar ese acceso a la imagen. No tengo ninguna red social porque no comparto los motivos que las impulsan: mostrar la vida mejor de lo que es, hacernos publicidad».

Resulta paradójico que la gran precursora del uso público de la intimidad reniegue de cómo la sociedad de masas ha entendido su mensaje. «Hay un error de base en esa comparación: yo no pretendo mostrar mi vida», matiza. «La gente cree que me conoce a través de mi trabajo porque cuento historias de mi intimidad, pero en realidad lo que cuento le ha pasado a todo el mundo. Todo el mundo ha perdido a su madre, a todo el mundo le han abandonado alguna vez. No estoy contando mi vida como hace la gente en Instagram, sólo hablo de momentos en los que quiero apartarme. A menudo he disfrutado más haciendo arte de una ruptura que en los mejores momentos del amor que desaparecía».

«He disfrutado más haciendo arte de algunas rupturas que en los mejores momentos del amor que se apagaba»

Fue el caso a principios de los 2000 cuando recibió un atípico correo electrónico de despedida. Su pareja reconocía que le había sido infiel, alegaba que no podía evitarlo y se despedía con un cierre formal que dio título a la obra que exorcizó la incomprensión: Cuídese mucho. ¿De verdad la trataba de usted? «Ah, cuando estoy enamorada ese trato formal, simplemente, sucede», sonríe Calle. «Una vez intenté usar el tú con el hombre con el que estoy y duramos medio día. Era incomodísimo, no funcionaba. Necesito cierta distancia en el amor; cuando te tratas de usted es mucho más difícil discutir y decirse cosas horribles. ‘¿Cómo se atreve usted a hacerme esto?’: suena ridículo, ¿verdad? Eso tiene sus paradojas: cuando mis amigos me ven tratar de usted a un hombre siempre piensan que nos hemos acostado».

Excentricidades al margen, a Calle le impactó tanto aquel mensaje que decidió leérselo a 107 mujeres para que lo interpretaran. Profesionales de diferentes ámbitos -una cantante, una actriz, pero también una jueza, una sexóloga, una historiadora…- convirtieron aquellas palabras en otra cosa, y las fotografías y textos de esos encuentros llenaron el pabellón de Francia de aquella Bienal de Venecia de 2007. Hay quien dice que el movimiento Me Too le copió el método. «Fue un inmenso ejercicio de sororidad», concede ella. «Esa carta no podía analizarla otro hombre; era un mensaje de un hombre hacia una mujer y eso tenía su propio lenguaje. De aquella experiencia saqué medio centenar de amigas maravillosas y salí victoriosa de una situación dolorosa. Nunca había experimentado con ese hombre una décima parte de la alegría que sentí durante el año que pasé entrevistando a mujeres».

¿No fue una forma elegantísima de vengar un desaire? «Jamás haría arte por venganza», ataja. «Dolor exquisito me llevó 16 años. Él dejó de importar mucho antes; lo que me interesaba era la idea artística».

Sophie Calle
En ‘Dolor exquisito’ (1984 – 2003), Sophie Calle contrapuso su pesar tras una ruptura con «el peor momento de dolor» de un centenar de personas. Su obra se edita ahora en España de la mano de Ediciones Comisura.VEGAP Madrid, 2026 / Cortesía de la artista y Perrotin

La Sophie Calle tardoadolescente fue maoísta, en los 70 militó ferozmente en favor del aborto y ha analizado hasta la extenuación las desigualdades, las contradicciones entre hombres y mujeres y hasta la discapacidad en decenas de proyectos. Lo político subyace a borbotones en su arte, aunque siempre en segundo plano. ¿Le inspira algo el escenario geopolítico actual? «Nada en absoluto, es demasiado violento. He intentado hacer arte político muchas veces pero no ha funcionado. Tampoco he logrado hacer nada a partir de mi experiencia feminista». Lo mismo, asegura, le ocurrió con la tauromaquia, que la obsesionó durante años: «Ahí había belleza, muerte, crueldad, asco, atracción… Salía de las corridas exhausta de tanto conflicto y nunca encontré las palabras para expresarlo. Hay temas intocables para mí».

En un momento de su vida, Sophie Calle pasó meses organizando su propia muerte, del funeral al obituario, pero se topó con la burocracia. Resulta que en Francia no está permitido comprar una sepultura hasta la defunción, así que reservó plaza en un cementerio californiano, no sin inquietud: el envío por mensajería difiere si se traslada un cuerpo o unas cenizas, y no fue capaz de decidir.

Amante de los juegos, le proponemos uno: ¿qué epitafio escogería para su tumba?

Calle reflexiona unos segundos eternos, dibuja en su rostro su sonrisa más desarmante y, finalmente, concluye: «Tenía unas piernas bonitas».

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