En 1923, un hombre posa mirando atentamente a un huevo, en un estudio fotográfico de París. Se trata de Victor Mendel, inventor de un dispositivo que permite determinar la frescura del alimento. Su figura se funde sobre un fondo negro, mientras la iluminación confiere a la imagen, no sin humor, el carácter de un retrato oficial. “¿Qué fue primero el huevo o la gallina?”, parece cuestionarse. Desde Aristóteles, dicha paradoja plantea la dificultad de determinar un origen. Recorre el libro First Times/First Photos. Su publicación coincide con la celebración del segundo centenario de la fotografía en Francia, cuyo nacimiento no puede atribuirse a un único comienzo, sino a una sucesión de descubrimientos y experimentos.
En 1923, un hombre posa mirando atentamente a un huevo, en un estudio fotográfico de París. Se trata de Victor Mendel, inventor de un dispositivo que permite determinar la frescura del alimento. Su figura se funde sobre un fondo negro, mientras la iluminación confiere a la imagen, no sin humor, el carácter de un retrato oficial. “¿Qué fue primero el huevo o la gallina?”, parece cuestionarse. Desde Aristóteles, dicha paradoja plantea la dificultad de determinar un origen. Recorre el libro First Times/First Photos. Su publicación coincide con la celebración del segundo centenario de la fotografía en Francia, cuyo nacimiento no puede atribuirse a un único comienzo, sino a una sucesión de descubrimientos y experimentos. Seguir leyendo
En 1923, un hombre posa mirando atentamente a un huevo, en un estudio fotográfico de París. Se trata de Victor Mendel, inventor de un dispositivo que permite determinar la frescura del alimento. Su figura se funde sobre un fondo negro, mientras la iluminación confiere a la imagen, no sin humor, el carácter de un retrato oficial. “¿Qué fue primero el huevo o la gallina?”, parece cuestionarse. Desde Aristóteles, dicha paradoja plantea la dificultad de determinar un origen. Recorre el libro First Times/First Photos. Su publicación coincide con la celebración del segundo centenario de la fotografía en Francia, cuyo nacimiento no puede atribuirse a un único comienzo, sino a una sucesión de descubrimientos y experimentos.








“No deja de tener su gracia que, en Francia, se celebrase en 1989 el 150 aniversario de la fotografía, partiendo de Louis Daguerre”, observa la autora de la publicación, la historiadora y curadora Luce Lebart, durante una conversación telefónica. “Sin embargo, en el monumento dedicado a Nicéphore Niépce en Chalon-sur-Saône, fotografiado por Man Ray, queda inscrito que fue Niépce quien inventó la fotografía en 1822. Es de este tipo de confusiones de las que parte el libro. La fotografía no surgió de repente ni de la nada; buscamos un comienzo absoluto que no existe. Hubo muchos inventores e invenciones, y al igual que ocurre con el huevo y la gallina, fue el resultado de una evolución. De muchas pruebas y errores. Ni siquiera se llamó fotografía en sus comienzos”.
Pero la dificultad parece no residir únicamente en establecer una fecha o atribuir una invención, sino en determinar qué imagen puede considerarse la primera fotografía. “El deseo de la fotografía surge de imágenes que aún no eran fotografías en sí mismas. “En 1827 Niépce no sabía que estaba creando ‘la primera fotografía del mundo’; esa designación vino más tarde, cuando la narrativa histórica necesitó un punto de origen”, apunta Lebart. “Así, ‘la primera vez’ siempre se nombra en retrospectiva. De igual modo, una fotografía no es nunca en sí misma una primera imagen: es el pie de foto que la acompaña el que la identifica como tal”.
La publicación, que sirve de catálogo a una exposición homónima que se celebra en el Pavillon Populaire de Montpellier como parte de la programación de los Encuentros de Arlés, ofrece un recorrido tan ágil y ameno como riguroso por dos siglos de la historia de la fotografía a través de sus múltiples ‘primeros’: primeras imágenes, experimentos, descubrimientos, publicaciones e innovaciones, pero también fracasos, errores e intentos que no llegaron a prosperar.

El libro comienza con una selección de los cianotipos de algas realizados por la autora de Photographs of British Algae: Cyanotypes Impressions, Anna Atkins, un gesto significativo, dadas las muchas mujeres que quedaron fuera de la narrativa de la historia de la fotografía, que rinde homenaje a esta pionera, cuya firma, A.A, fue interpretada durante largo tiempo como ‘Amateur Anónimo’. “Su padre la inició en la fotografía en 1843, sus bellos cianotipos aparecieron en el primer libro ilustrado con fotografías. Estaba totalmente fascinada por la tecnología y adoptaba los avances más novedosos. Es como si hace diez años una artista joven hubiera creado su obra con IA”, destaca Lebart.
Considerada la primera ficción fotográfica y uno de los primeros autorretratos, Autorretrato de un hombre ahogado (1840) fue también la irónica protesta de su autor, Hippolyte Bayard, ante una arbitrariedad: el escaso reconocimiento que recibieron sus investigaciones para perfeccionar el positivado directo, mientras el Gobierno francés respaldaba y reconocía los trabajos de Daguerre. En el texto que acompaña la imagen, Bayard se presenta como un inventor ignorado: “El pobre hombre se ha ahogado”, sentencia “Ha estado en la morgue durante varios días, y nadie lo ha reconocido o reclamado”.
Una selección de las 69 impresiones sobre papel que configuran su Álbum de ensayos refleja la fragilidad y la belleza de unas imágenes no fijadas, sino estabilizadas. Se trata de una serie de pruebas y errores que oscilan entre la luz, la sombra, las manchas y las trazas abstractas, dejando expresada esa combinación entre realidad y fantasía onírica que —como escribía el crítico Francis Wey— evoca la idea de la brujería.
Pero si Bayard reclamaba reconocimiento, otros encontraron formas más eficaces de hacerse reconocer y a medida que la fotografía se convirtió en industria, miles de patentes protegieron los nuevos procedimientos y las marcas dieron identidad a cámaras, papeles y productos químicos. El libro se detiene en estos primeros nombres, en sus promesas de luminosidad, rapidez o superioridad.
El lector se encontrará con los tempranos daguerrotipos circulares, los paisajes del pionero Gustave le Gray, —uno de los primeros en capturar paisajes marinos—, la célebre secuencia del pionero del cine, Étienne-Jules Marey, con un gato girando en el aire, los experimentos con color de Louis Ducos du Hauron, o los primeros autocromos de Louis Lumière. También con los retratos realizados por Nadar, a la luz de los destellos de magnesio, así como las fotografías tomadas durante su histórica inmersión en las catacumbas y alcantarillas, de París y la primera entrevista fotográfica registrada durante una conversación estenografiada entre este y su hijo Paul Nadar. Imágenes que muestran la temprana obsesión de la fotografía por reproducir el color, detener el movimiento y ampliar los límites de lo visible.
Otro de los capítulos se detiene en la fascinación por los comienzos. Desde la imagen de la primera fresa de la temporada hasta los primeros pasos de un bebé inmortalizados por Jacques Henri Lartigue, pasando por la primera explosión atómica, las imágenes reunidas marcan un umbral. “Las primeras veces marcan los ritmos de la vida”, apunta Lebart. “Algunos alcanzan la altura de un acontecimiento global, mientras otras forman parte del reino de lo íntimo, como la imagen de una familia viendo por primera vez la televisión. En ella vemos cómo la pantalla era entonces algo colectivo, mientras hoy es algo individual”.
Sin embargo, la primera foto no tiene por qué referirse a la primera realizada, sino a aquella que verdaderamente cuenta, aquella de la que brota un estilo, una intención o un compromiso. En 1992, la diseñadora y coleccionista Agnès b invitó a distintos fotógrafos europeos a enviarle su ‘primera foto’ y un texto con el fin de organizar una exposición y un libro, una iniciativa a la que se suma esta publicación. “No hay primera foto. Existen solo ‘nuevas’ fotos. La luz es ‘nueva’ hoy”, escribía Édouard Boubat.

Texto e imagen dialogan a la perfección a lo largo de las páginas de la publicación mediante un dinámico diseño gráfico firmado por Lyosha Ktitsouk, que articula el recorrido mediante tres tipografías: la utilizada por Gutenberg en 1456 en la Biblia, otra basada en la primera tipografía romana de Nicolas Jenson, y la primera tipografía digital.
La muerte de Jean-Paul Sartre, en 1980, marcó un cambio en la prensa francesa: Libération dedicó por primera vez toda su portada a una fotografía. Este gesto inauguraba una tradición en la que, a la muerte de los grandes fotógrafos, las primeras páginas les rinden homenaje como lo harían con un escritor o un cineasta. Un tratamiento que Le Monde se reserva para las figuras políticas. “Con anterioridad, revistas como Vu, Paris Match y Life habían demostrado que una sola imagen podía convertirse en símbolo de toda una época. Hoy, sin embargo, la forma de crear y difundir estos iconos está cambiando: las imágenes ya no dependen solo de las portadas, sino de la lógica viral y la circulación masiva en Internet”, apunta Lebart.
El libro termina con una serie de imágenes del universo primitivo, con nebulosas donde nacen las estrellas. “Son imágenes muy hermosas captadas con telescopios, que te permiten retroceder tanto en el tiempo y que normalmente encontramos en las revistas científicas, pero nunca en el escenario artístico”, advierte Lebart. “Un lugar de nacimiento es siempre una primera vez. Las guarderías estelares son nubes gigantescas donde se concentra hidrógeno, oxígeno y carbono, el material del que estamos hechos. De algún modo mirar a estas imágenes es mirar a nuestros orígenes”.
First Times/First Photos. Luce Lebart. Spector Books, 2026. 268 páginas. 38 euros.
Premières Fois/Premières Photos. Pavillon Populaire. Montpellier. Francia. Hasta el 1 de noviembre.
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