Johann Benedict Listing y August Ferdinand Moebius descubrieron, prácticamente al mismo tiempo, y a sólo doscientos kilómetros de distancia uno del otro, el tipo de superficie no orientable que —lo siento, señor Listing— llamamos “banda de Moebius”: sólo tiene una cara y no dispone de más de un borde, pero el libro de Catherine Lacey al que sirve de inspiración consiste en dos textos bien diferenciados.
Johann Benedict Listing y August Ferdinand Moebius descubrieron, prácticamente al mismo tiempo, y a sólo doscientos kilómetros de distancia uno del otro, el tipo de superficie no orientable que —lo siento, señor Listing— llamamos “banda de Moebius”: sólo tiene una cara y no dispone de más de un borde, pero el libro de Catherine Lacey al que sirve de inspiración consiste en dos textos bien diferenciados. Seguir leyendo
Johann Benedict Listing y August Ferdinand Moebius descubrieron, prácticamente al mismo tiempo, y a sólo doscientos kilómetros de distancia uno del otro, el tipo de superficie no orientable que —lo siento, señor Listing— llamamos “banda de Moebius”: sólo tiene una cara y no dispone de más de un borde, pero el libro de Catherine Lacey al que sirve de inspiración consiste en dos textos bien diferenciados.
El primero transcurre el día de Navidad y tiene como protagonistas a Edie y a Marie. Edie está “huyendo de otro hombre hacia el que había huido años antes; Marie es su amiga y se pregunta cómo es que Edie ‘no tiene ni idea del nivel al que ha llegado”. Se trata de “dos personas que son íntimas, pero que no consiguen decirse las verdades más íntimas”. Marie espera demasiado del amor romántico. Edie piensa que “aunque no exista, Dios habla con claridad”. Debajo de la puerta del apartamento de al lado hay una mancha: parece ser de sangre y no deja de extenderse.
Una persona que se deslizara sobre una banda de Moebius mirando hacia la derecha, al dar una vuelta completa, aparecería haciéndolo hacia la izquierda. Consecuentemente con este cambio de orientación, el segundo texto de El libro moebius gira en torno a los temas del primero, pero no recurre a la ficción para hablar de ellos: en cuanto damos vuelta el libro, Edie y Marie ya no están, pero la sangre bajo la puerta sigue toda allí y Lacey nos habla de ella en primera persona. No es fácil exagerar lo mucho que su libro se beneficia de este cambio.
Catherine Lacey es autora de un libro de relatos y cuatro novelas. James Wood sostuvo en una reseña consagratoria en The New Yorker en 2020 que la escritora es “valiente tanto en la concepción como en la ejecución” de sus libros y esto es especialmente visible en la sección ensayística de El libro moebius, su segundo texto. (Por cierto, ¿por qué en minúsculas?) En él, Lacey narra el final abrupto de una relación amorosa durante el tercer año de pandemia. “Todo el mundo me decía que todo el mundo estaba rompiendo o rompiéndose o rompiéndola en aquellos tiempos”, escribe. “Todo el mundo, absolutamente todo el mundo, parecía estar desquiciado. Hasta la frasecita del bote de mantequilla de cacahuete intentaba dar consejos —La separación es natural— y cuando intentaba escribir un correo apareció un mensaje de error. ¡Vaya! Algo salió mal. Mi conexión a internet era inestable, dijo el ordenador, y yo estaba inestable, lo sabía, y tuve que hacer clic en ACEPTAR para, veinte segundos más tarde, enfrentarme al mismo mensaje. ¡Vaya! Algo salió mal. ACEPTAR, le dije al ordenador. ACEPTAR ACEPTAR ACEPTAR”.
Buena parte de los críticos que han escrito hasta ahora sobre El libro moebius parece haber preferido dedicarse en unir las líneas de puntos. Pero, del mismo modo en que —en algún sentido— la mitad ficcional de este libro no está del todo a la altura de su ambición y de sus temas, leer el libro de Lacey para determinar quién dijo qué y quién es quién en él —desde el marido desconcertantemente insensible y brutal que también escribe y la narradora llama “La Razón” hasta las Brenda, Robin, Heidi y Sarah y los Daniel y Geoff y Peter que aparecen en el libro— es sustraerse al extraordinario efecto que producen las conexiones inesperadas entre acontecimientos que realiza su autora y la enorme fuerza de sus ideas.
El estado de excepción en el que viven los personajes, parece sostener Lacey, es lo único que vas a conocer si eres una mujer joven y talentosa en las postrimerías del capitalismo
Lacey recuerda, se desgarra, viaja, se refugia en sus amigos, tiene mucho ‘sexo de bajón’: sobre todo, como la Elyria de Nunca falta nadie, la C. M. Lucca de Biografía de X y la Mary Parsons de Las respuestas, convierte su perplejidad y confusión por la pérdida sufrida en una excepcional reflexión acerca del mundo, el amor, la fe religiosa, la compasión y la identidad. El libro moebius no tiene la ambición explicita de Pew y de Biografía de X, pero es más eficaz en su propósito de narrar nuestra época, con sus sensibilidades, sus hábitos y el daño que nos provoca. Un desgarramiento violento y no del todo inesperado hace conscientes a sus personajes de la profunda inadecuación que sienten todos ellos, del estado de excepción en el que viven. Pero ese estado no toma a las protagonistas por sorpresa. En algún sentido —parece sostener Lacey— es lo único que vas a conocer si eres una mujer joven y talentosa en las postrimerías del capitalismo, y esta certeza es el fondo —y el tema— de su nuevo libro.
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