Es más que probable que los tiempos nos hayan traído a una época en la que hablar de españolada vuelve a tener sentido. No estaría de más, entonces, indagar en los orígenes del cliché más costumbrista de la identidad española, atravesado de cabo a rabo por rasgos folklóricos andaluces, los mismos que cristalizaron a partir de la posguerra a base de gitanillas colocadas sobre el televisor y los más variopintos motivos taurinos. La raíz de esta suerte de kitsch ibérico se encuentra, sin embargo, en el siglo XIX, especialmente en la representación idealizada con la que diversos viajeros románticos pretendieron inmortalizar el mito de lo español.
El Thyssen de Málaga revisa en la exposición ¡Olé! la influencia de los rasgos folclóricos andaluces en el estereotipo de lo español con obras que van de Goya o Sorolla hasta Pilar Albarracín o Miquel Barceló
Es más que probable que los tiempos nos hayan traído a una época en la que hablar de españolada vuelve a tener sentido. No estaría de más, entonces, indagar en los orígenes del cliché más costumbrista de la identidad española, atravesado de cabo a rabo por rasgos folklóricos andaluces, los mismos que cristalizaron a partir de la posguerra a base de gitanillas colocadas sobre el televisor y los más variopintos motivos taurinos. La raíz de esta suerte de kitsch ibérico se encuentra, sin embargo, en el siglo XIX, especialmente en la representación idealizada con la que diversos viajeros románticos pretendieron inmortalizar el mito de lo español.
El Museo Carmen Thyssen Málaga propone contar la historia desde dentro con la exposición ¡Olé! El mito de lo español a través de Andalucía, que despliega 76 obras de 52 artistas de los siglos XIX y XX en su mayoría. No es solo una exhibición del mito, sino «su cuestionamiento, como una invitación a reflexionar sobre la representación de la identidad andaluza y española». Así lo explica la directora artística del museo, Lourdes Moreno, quien añade: «Veremos una Andalucía y una España de toros, flamenco, gitanos, bandoleros, abanicos, peinetas, volantes, mujeres fatales y una larga lista de clichés con la intención de contar nosotros mismos, desde un museo andaluz, una historia que en muchas ocasiones ha sido relatada desde fuera, que ha fascinado a propios y extraños y que aún hoy sigue traspasando fronteras, regionales y nacionales».
Mantillas, guitarras, mantones, abanicos, bandoleros, gitanos, toreros, bailaoras y otros ejemplares alimentan este recorrido por el cliché, a veces brindado de manera explícita en las pinturas de Antonio Ortiz Echagüe, José María López Mezquita, Julio Romero de Torres, Ignacio Zuloaga o Joaquín Sorolla; y otras deconstruido, sometido a crítica, revisado con tanta admiración como parodia a manos del Equipo Crónica, Eduardo Arroyo o la imponente Torera (2009) de Pilar Albarracín, en la que la figura mítica abraza su propia revisión pop y posmoderna para seguir fascinando en el siglo XXI.
En cuanto a formatos, ¡Olé! presenta un mosaico heterogéneo que reúne pintura, escultura, grabado, dibujo y fotografía: algo que revela cómo los artistas convocados han abordado el mito castizo desde todos los ismos hábiles en los dos últimos siglos. Así, se entremezclan sin complejos nombres contemporáneos como los de la propia Albarracín, Miquel Barceló o Alberto García-Alix con maestros del pasado como Julio Romero de Torres, Ignocio Zuloaga e incluso Francis Bacon. La mezcla de épocas permite comprobar que el cliché no pertenece únicamente al pasado: cambia de forma, de lenguaje y de intención, pero ahí sigue.
La comisaria y responsable del área de conservación del museo, Bárbara García Menéndez, destaca el contraste que ha presidido la muestra ya desde su concepción: «El de esta exposición es un relato de sol y sombra, en el que, además de guiar la mirada por el lado luminoso, no hemos querido resistirnos al magnetismo de su reverso oscuro: un repertorio de víctimas de la fiesta, outsiders, miserias y todo lo que se puede encontrar tras la fachada amable y brillante del mito andaluz y español forjado a lo largo los siglos XIX y XX».
En el empeño en buscar una narrativa propia para la españolada, lo más ajena posible a la estilización romántica y ajena, el punto de partida escogido para este relato no es otro que Francisco de Goya, tanto en sus tauromaquias «despojadas de pintoresquismo» como en los divertimentos «representativos de lo español». Aquí, el pintor aragonés abraza la modernidad al proponer su propio mito romántico, en el que, en palabras de James Ensor, asomaba aquella España «que removía la sangre». Y ese es el criterio que se mantiene a lo largo de toda la muestra: bajo el dislate lúdico de la españolada parecen latir, como a la espera, la aberración y la tragedia.
Por su parte, el también comisario de la exposición y conservador del museo, Alberto Gil, destaca el flamenco como el gran símbolo del folclore andaluz que el mito de lo español absorbe para su definición, un apunte interesante por todo lo que el género tuvo de marginal: «El flamenco simboliza, sobre todo, el andalucismo. Y a pesar de su potencia estética o de su arraigo cultural a veces queda reducido por los artistas a una escenografía primitivista de cante, baile y guitarra, estereotipado por un seductor carácter canallesco y marginal. Porque el flamenco, género castizo de la bohemia decimonónica y la memoria secular del cante y del baile jondos, es en esencia un arte de minorías que se desarrolla al margen de la oficialidad», explica.
Someter a crítica el cliché de lo español significa aplicar el mismo criterio a la sociedad española en su conjunto; la que, de alguna forma, se siente todavía removida, para bien o para mal, a causa de la identidad y su representación. Y es que, aunque deforme e incómodo, el estereotipo sigue siendo un espejo. Es una españolada, pero es la nuestra.
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