En la Fundación Mapfre han desplegado un repertorio de fotografías de Minor White. Desconocía la existencia de Minor White y también por eso fui a conocer su trabajo. Es un artista singular, de lenguaje simbólico, extraño y suave. Acumula enigma y también una expresión visual. Debió ser un tipo callado Minor White y guardaba un secreto. Era homosexual tapado, oculto. Temía perder, si hacía público su deseo, el puesto de trabajo. En la fotografía halló el cobijo contra la tormenta y el lugar donde reconocerse entero y pleno. Sin cuidado. Sin límite. Sin precinto. La obra de Minor White tiene un pulso eminentemente poético. No por su delicadeza, sino por aquello que hay bajo lo que se ve. Por tanto que vibra entre dos luces o dos sombras. Porque en lo que no se ve está la fuerza de estas fotografías. En la falta de evidencia. En lo que cada cual encuentra a su manera siguiendo unas pocas huellas, una escasez de pistas. «Hay que fotografiar las cosas no por lo que son, porque eso puede ser solo transitorio, sino por aquello otro que son, porque eso es eterno». Esto decía Minor White, que quiso ser poeta pero no le dio esa gracia el cielo.
En la Fundación Mapfre han desplegado un repertorio de fotografías de Minor White. Desconocía la existencia de Minor White y también por eso fui a conocer su trabajo. Es un arti
En la Fundación Mapfre han desplegado un repertorio de fotografías de Minor White. Desconocía la existencia de Minor White y también por eso fui a conocer su trabajo. Es un artista singular, de lenguaje simbólico, extraño y suave. Acumula enigma y también una expresión visual. Debió ser un tipo callado Minor White y guardaba un secreto. Era homosexual tapado, oculto. Temía perder, si hacía público su deseo, el puesto de trabajo. En la fotografía halló el cobijo contra la tormenta y el lugar donde reconocerse entero y pleno. Sin cuidado. Sin límite. Sin precinto. La obra de Minor White tiene un pulso eminentemente poético. No por su delicadeza, sino por aquello que hay bajo lo que se ve. Por tanto que vibra entre dos luces o dos sombras. Porque en lo que no se ve está la fuerza de estas fotografías. En la falta de evidencia. En lo que cada cual encuentra a su manera siguiendo unas pocas huellas, una escasez de pistas. «Hay que fotografiar las cosas no por lo que son, porque eso puede ser solo transitorio, sino por aquello otro que son, porque eso es eterno». Esto decía Minor White, que quiso ser poeta pero no le dio esa gracia el cielo.
Tampoco le hizo falta. Es un poeta de esa manera capaz de cargar de asombro lo que tiene delante o cuanto le rodea, sin necesidad de otra explicación. Paisajes, edificios en derribo, algunos retratos, cruces y puentes, escenas nocturnas, ventanas rotas, bodegones. No dispara hacia fuera, sino que proyecta en la imagen una intimidad, un malestar, la soledad de ser Minor White. Lo que asoma en sus imágenes es lo que le sucedía piel adentro: el desasosiego. También el entusiasmo por encontrar, por captar, por abrir la fotografía a algo más excepcional: un estado de ánimo. Sucede en ocasiones que las metáforas que se explican de más o se visualizan en exceso quedan obvias. Esto no le ocurre a él, porque en cualquiera de sus papeles hay algo hermosamente indeciso, una fragilidad o una abstracción o una rareza imprevista. Qué inesperado es Minor White.
Salí de la exposición y caminé hasta el Café Varela. Madrid pasaba a mi lado. Entré al fondo del último salón y en lo alto, donde antes una caja de luz exhibía la imagen populosa de la Calle Arenal en 1910 ahora hay un retrato estupendo de Raúl del Pozo. Es el homenaje que Melquiades Álvarez, merlín de este local, hace al incalculable Raúl. El retrato sobrevuela la mesa que durante tantos años fue la nuestra casi una vez por semana. Esa fotografía de Raúl, guapo y gamberro, es ahora una ventana para asomarnos a tantas cosas que hicimos con él.
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