No importaba qué museo de qué país se visitara. Hubo un tiempo no tan lejano en que casi había que ir sorteando cual virus las exposiciones sobre Picasso, pop art o impresionistas varios, en las que el público se extasiaba de gusto hasta que empezaba a dudar de si no había visto ya esos lienzos tan únicos en otra muestra de tantas que presumen de ser la exhibición del año. Aunque también es de agradecer que se aprendía a distinguir un Monet de un Sisley o un Braque de un Picasso, proeza no desdeñable, pues el malagueño ostenta, además, el récord Guinness de la productividad pictórica. La machacona repetición de los hits cumple su función didáctica, recaudatoria y de aforo, un win to win que suelen decir aquellos con ínfulas de trileros. Pero qué somero aburrimiento. Los museos se sumen en el blockbuster, con sus miles de mismas obras siempre viajando de acá para allá por Europa. Basta. Que entre el aire, por favor.
España descubre a la creadora visual Seba Calfuqueo, con su también primera muestra individual en Europa
No importaba qué museo de qué país se visitara. Hubo un tiempo no tan lejano en que casi había que ir sorteando cual virus las exposiciones sobre Picasso, pop art o impresionistas varios, en las que el público se extasiaba de gusto hasta que empezaba a dudar de si no había visto ya esos lienzos tan únicos en otra muestra de tantas que presumen de ser la exhibición del año. Aunque también es de agradecer que se aprendía a distinguir un Monet de un Sisley o un Braque de un Picasso, proeza no desdeñable, pues el malagueño ostenta, además, el récord Guinness de la productividad pictórica. La machacona repetición de los hits cumple su función didáctica, recaudatoria y de aforo, un win to win que suelen decir aquellos con ínfulas de trileros. Pero qué somero aburrimiento. Los museos se sumen en el blockbuster, con sus miles de mismas obras siempre viajando de acá para allá por Europa. Basta. Que entre el aire, por favor.
Una profunda bocanada es la que ha tomado el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. O más bien se ha dejado anegar por una riada fresca, la del Cautín, afluente que atraviesa la Araucanía chilena, y que la reconocida artista visual Seba Calfuqueo ha desembocado en la pinacoteca. De hecho, ha inundado los suelos, las paredes y sus nuevas piezas con un azul eléctrico y sagrado, el kalfü, que es su pigmento particular y distintivo. La exposición de la creadora es la primera institucional que se celebra en Europa y también el estreno latinoamericano del Thyssen, pues hasta ahora no había concedido monografía alguna al continente hermano.
«Soy una oveja negra salvaje en el mundo del arte», proclamaba en este diario la coleccionista Francesca Thyssen y directora de la Fundación TBA21, desde donde promueve el arte contemporáneo con intenciones de transformación medioambiental y social. Y no hay duda de que es un órdago contundente Seba Calfuqueo, con sus más de 25 piezas de nueva producción, tras dos años de documentarse y experimentar. Para eso están los (benditos) artistas.
Entre los méritos del riesgo, figuran que se trata de una creadora mapuche y trans, lo que alguno tacharía de meras etiquetas, pero engarzan su investigación artística: su afán es desmantelar las dinámicas culturales, sociales y políticas impuestas desde Occidente y desde el binarismo de género sobre su memoria ancestral indígena y su identidad. Desde ahí, articula un lenguaje propio, volcado, en esta ocasión, sobre el río Cautín y su territorio, entre instalaciones, cerámica, pinturas bordadas, fotografía, videoperformance y videoanimaciones 3D. Brillan una geografía a contracorriente, un vínculo con el agua y la naturaleza lejos de la explotación y privatización, la denuncia de la contaminación, el duelo familiar, la resistencia histórica, el disciplinamiento colonial… Sólo por lo novedoso, por el rico horizonte que presenta, se celebra ese Thyssen tan vivo.
DÓNDE: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Pº del Prado, 8).
CUÁNDO: Del 6 de octubre al 17 de enero de 2027.
ENTRADAS: En taquilla.
PRECIO: 14 euros.
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