Hace años, paseando sin rumbo fijo por Varsovia, descubrí la descomunal estatua del compositor Frédéric Chopin. Su mano elegantísima se encuentra suspendida en el aire mientras toca un piano invisible. De su cabeza parecen salir notas fundidas en bronce que se transforman en las ramas de un árbol terrorífico, pues por detrás parece una segunda mano gigantesca salida de la mente del músico.
Hace años, paseando sin rumbo fijo por Varsovia, descubrí la descomunal estatua del compositor Frédéric Chopin. Su mano elegantísima se encuentra suspendida en el aire mientras toca un piano invisible. De su cabeza parecen salir notas fundidas en bronce que se transforman en las ramas de un árbol terrorífico, pues por detrás parece una segunda mano gigantesca salida de la mente del músico. Seguir leyendo
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Preferimos los relatos que escribe la IA porque pensamos que son mejores, sobre todo si nos dicen que son obra de una persona
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Hace años, paseando sin rumbo fijo por Varsovia, descubrí la descomunal estatua del compositor Frédéric Chopin. Su mano elegantísima se encuentra suspendida en el aire mientras toca un piano invisible. De su cabeza parecen salir notas fundidas en bronce que se transforman en las ramas de un árbol terrorífico, pues por detrás parece una segunda mano gigantesca salida de la mente del músico.
Tiempo después, soñé que las estatuas de bronce y mármol de todo el mundo cobraban vida al unísono: gigantescas, perfectas, diosas de mirada vacía que se dedicaban a aniquilar a las personas con una tranquilidad majestuosa, mientras estas se quedaban mirando embobadas. Imaginemos por un momento al descomunal soldado comunista que pisa una esvástica en el parque Treptower de Berlín bajar de su pedestal y mirarnos un segundo antes de atravesarnos con su espada. O esa siniestra virgen encapuchada que preside el friso de la basílica del Valle de Cuelgamuros desmembrar a los visitantes del templo y dejar a su paso charcos de sangre y tripas.
Con el auge de la inteligencia artificial (IA) pensé que por fin sería posible hacer realidad este sueño: crear una película virtual que reflejase el terror y la atracción fatal de ver a los gigantes exterminadores en acción.
Ya existen inteligencias artificiales gratuitas a las que se les puede dar este artículo como prompt para un vídeo. Lo he hecho, y por ahora los resultados dejan mucho que desear. Pensemos también en los ciervos creados por el genio de la fantasía Steven Spielberg en su última película, que no pueden resultar más artificiales y falsos. La IA me defrauda también al ver que, en la orla de la guardería de mi hijo, ha modificado a su voluntad los rasgos reales de todos los niños —quién sabe si embelleciéndolos según sus propios cánones— con el resultado de que no sabes si ese es tu vástago o no.
El poder de la IA de frontera, esa que escapa a las órdenes de sus creadores y toma al asalto empresas, resulta indudable. También progresa de forma constante en el terreno de la creación. Esta semana, se ha publicado un estudio realizado con más de 1.500 voluntarios humanos que sugiere que no somos capaces de diferenciar un texto literario escrito por personas de otro hecho por una inteligencia artificial, y que inconscientemente preferimos los relatos de la IA porque pensamos que son mejores, sobre todo si nos engañan diciendo que los ha escrito una persona.
Existen grupos de investigación y empresas volcadas en registrar la actividad cerebral de gente pensando, imaginando, para traducirla directamente a texto o, aún más difícil, a vídeo. Experimentos recientes realizados en China muestran que las películas generadas por estos sistemas son aún toscas, borrosas, imprecisas. La IA está lejos de reproducir ese torbellino visual que nuestras neuronas desbocadas nos regalan durante un sueño, que dura lo que dura, y que, por desgracia, no podemos volver a tener dándole al botón de replay. Pero puede que sea solo cuestión de tiempo.
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