
Es necesaria pero también un poco pesada, por cuantiosa y repetida hasta el abuso, la invasión de un concepto llamado salud mental. Antes era más prosaica. La denominaban locura, desesperación, abandono, soledad, miseria, depresión, ganas de abandonar la Tierra. Ahora la han convertido estratégicamente en asunto de Estado y la psiquiatría y la psicología deben de estar viviendo su esplendor en la hierba. Ojalá que esto sirva para devolver un mínimo de alegría de vivir a la gente que verdaderamente tiene el cerebro y el corazón rotos. Una forma de evitar no volverse majaras tal vez sea, en época de próximas elecciones, de la reconquista del poder por un gobierno cochambroso o de que lo tomen otros que acabarán imitando a los que mandan ahora, no encender la televisión, ni pasar la existencia inmersos en las embrutecedoras redes sociales. Esas medidas higiénicas no otorgarán repentina felicidad a los practicantes, pero seguro que la auténtica salud mental se lo agradecerá. Por ello, busco ante todo series y películas que me hagan sonreír y reír. Es terapéutico, gozoso y agradecido. Si te ríes mucho a solas, pero mejor si lo compartes con otras personas, resulta improbable que aparezca el abismo.
Con la serie española ‘El castillo’ se me congela la risa. Todo es sórdido, sucio, hiperrealista en esta crónica sobre la explotación en España de putas latinoamericanas en los clubes de carretera
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Con la serie española ‘El castillo’ se me congela la risa. Todo es sórdido, sucio, hiperrealista en esta crónica sobre la explotación en España de putas latinoamericanas en los clubes de carretera


Es necesaria pero también un poco pesada, por cuantiosa y repetida hasta el abuso, la invasión de un concepto llamado salud mental. Antes era más prosaica. La denominaban locura, desesperación, abandono, soledad, miseria, depresión, ganas de abandonar la Tierra. Ahora la han convertido estratégicamente en asunto de Estado y la psiquiatría y la psicología deben de estar viviendo su esplendor en la hierba. Ojalá que esto sirva para devolver un mínimo de alegría de vivir a la gente que verdaderamente tiene el cerebro y el corazón rotos. Una forma de evitar no volverse majaras tal vez sea, en época de próximas elecciones, de la reconquista del poder por un gobierno cochambroso o de que lo tomen otros que acabarán imitando a los que mandan ahora, no encender la televisión, ni pasar la existencia inmersos en las embrutecedoras redes sociales. Esas medidas higiénicas no otorgarán repentina felicidad a los practicantes, pero seguro que la auténtica salud mental se lo agradecerá. Por ello, busco ante todo series y películas que me hagan sonreír y reír. Es terapéutico, gozoso y agradecido. Si te ríes mucho a solas, pero mejor si lo compartes con otras personas, resulta improbable que aparezca el abismo.
Ese bendito gesto me ocurre viendo los geniales y salvajes monólogos de Ricky Gervais. También me he divertido con series españolas que rebosan ingenio y comicidad como Poquita fe. Y consumo de un agradable tirón Se tiene que morir mucha gente. Y suelto más de una carcajada con la argentina Envidiosa, protagonizada por la actriz excepcional Griselda Siciliani.
Pero en medio de tanto jolgorio también me asomo a la sombría serie española El castillo (Movistar Plus), sobre todo por las referencias que tengo de Isabel Peña, coguionista de ella y que también trabaja habitualmente con el director Rodrigo Sorogoyen, autores entre otras cosas de la extraordinaria serie Antidisturbios. Y ya se me congeló la risa. Todo es sórdido, sucio, hiperrealista en esta crónica sobre la explotación en España de putas latinoamericanas en los clubes de carretera a finales del siglo XX. No hay manera de encontrar alivio o identificarte mínimamente con algún personaje que te atraiga. Todo posee el tono sórdido de algunas realidades. Y es admirable el trabajo del actor Raúl Arévalo. Compone a un reconocible chulo de épocas casposas, aunque se identifique como empresario. Y es abyección pura y dura, da mucho asco, incluida su expresividad oral y gestual. También su físico. Es una serie molestamente real, sin el mínimo adorno, en la que todo suena a verdad, aunque esta sea tan fea como brutal.
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