“Hay una idea que me atormenta”, dice Alana S. Portero (Madrid, 48 años). “La idea de cómo los cuerpos pueden dejar de ser cuerpos para ser cadáveres, materia desechable y en descomposición, carne a la que se le despoja de su condición de persona”. No es una idea muy agradable para una soleada mañana de sábado —sobre todo si se ha salido la noche anterior—, cuando la escritora comparece en la redacción de este periódico; pero, desde luego, es una verdad inevitable que preferimos arrinconar en una esquina del cerebro para continuar con nuestra vida cotidiana, como si tal cosa. Y, disimuladamente, nos vamos acercando a nuestro cadáver.
La autora de ‘La mala costumbre’ regresa a sus obsesiones con una novela gótica y lorquiana, ‘Cosamala’, inspirada en las 17 Rosas de Guillena, en la que un grupo de mujeres resiste los ataques falangistas mediante poderes sobrenaturales
“Hay una idea que me atormenta”, dice Alana S. Portero (Madrid, 48 años). “La idea de cómo los cuerpos pueden dejar de ser cuerpos para ser cadáveres, materia desechable y en descomposición, carne a la que se le despoja de su condición de persona”. No es una idea muy agradable para una soleada mañana de sábado —sobre todo si se ha salido la noche anterior—, cuando la escritora comparece en la redacción de este periódico; pero, desde luego, es una verdad inevitable que preferimos arrinconar en una esquina del cerebro para continuar con nuestra vida cotidiana, como si tal cosa. Y, disimuladamente, nos vamos acercando a nuestro cadáver.
Portero procede de la subcultura gótica —suele vestir de riguroso negro, y así se ha presentado hoy aquí—, uno de los escasos sectores sociales que no ignora la certeza de la muerte, sino que se enfrenta a ella, la celebra y la estiliza. Una subcultura que, gracias a su ambigüedad respecto a los géneros —y como relata en su anterior y primera novela, La mala costumbre (Seix Barral)— ayudó la escritora a sobrellevar su condición trans cuando esta permanecía oculta. Tres años y medio después del tremendo éxito que supuso aquella primera narración, Portero entrega una nueva, rematadamente gótica, trenzada con los elementos que le llevan acompañando desde su niñez: lo oscuro, lo mágico, lo mitológico. Una novela de género profundo ambientada esta vez en la Andalucía de la Guerra Civil, donde un grupo de mujeres, inspiradas en las 17 Rosas de Guillena, en Sevilla, adquiere poderes sobrenaturales para luchar contra los falangistas que atacan el pueblo. Se titula Cosamala (Seix Barral). Un aquelarre de brujas antifascistas en tiempos de auge del fascismo a escala global.
La publicación coincide con el 90º aniversario del asesinato de Federico García Lorca y con la lorcamanía que se ha encendido alrededor, muchas veces de forma interesada, tanto ideológica como económicamente, otras por amor verdadero, como el que le profesa Portero al poeta universal. Un amor que también le profesan los célebres cineastas Los Javis, que por estas fechas hacen retumbar el mundo cinematográfico con la lorquiana La bola negra, basada en el texto teatral de Alberto Conejero y donde la propia escritora hace un cameo. Porque Cosamala se promociona también como una novela lorquiana, y vaya si lo es. Dice la autora que es una coincidencia, que puso a andar la novela hace tres años y medio y que en ningún momento tuvo en mente la efeméride: “Esto era una deuda personal”, explica.
Pero la cuestión es que esta prosa es absolutamente lírica, profundamente lorquiana —incluso con el intercalado de versos del granadino—, y se nota en ella el lento trabajo del cincel literario. Hay mucho curro en cada párrafo: el ritmo poético, la densidad y potencia de las imágenes, la reproducción del habla andaluza de la época, nos colocan ante una historia en prosa poética en la que se mezclan los hechos históricos y un fuerte componente sobrenatural. “Supongo que hay algo en este estilo de reivindicación de mi propio lugar como escritora. No voy a negar que me importa mucho. Me importa mucho darle a la literatura lo que he recibido de ella. Además, la artesanía literaria es para mí un misterio fascinante, algo que me obsesiona”, apunta la autora.

Tierra y memoria
Las 17 Rosas de Guillena fue un grupo de mujeres que, en septiembre de 1937 fueron detenidas, rapadas y torturadas por los falangistas. Tras un paseo de humillación por su localidad, fueron trasladadas al pueblo vecino de Gerena para ser fusiladas, entre el 6 y 8 de noviembre de 1937, contra las tapias del cementerio. En su mayoría eran esposas de fugados del pueblo a la resistencia en los montes o de afiliados o simpatizantes de partidos de izquierda. La fosa común a la que fueron arrojadas se encontró en 2010. “Es un caso paradigmático de violencia fascista contra las mujeres”, dice Portero. Inspiradas en estas mujeres reales, las protagonistas de Cosamala dan un giro hechicero, consiguen mediar de forma sobrenatural con el mundo de los muertos y propiciar la revancha de la maltratada tierra a la que se arrojan de cualquier manera los cadáveres víctimas de la injusticia.
“El tema del libro es el desorden de la tierra, estas mujeres tratan de reordenar las cosas a través de la brujería, adoptan una especie de política de ofrenda al inframundo para que el inframundo esté contento y cambie el mundo”, dice la autora. “Se trata de ventilar la tierra y reclamar la memoria”. En Cosamala es muy potente ese simbolismo telúrico, el de la tierra donde se entierran los muertos, que atraviesa todo el relato, como atraviesa soterradamente el relato del país. “En España hay más de 100.000 personas todavía desaparecidas. No enterradas, sino echadas a la tierra de cualquier manera. Y yo me pregunto qué nos hace eso como sociedad, pero también qué le haces a la tierra con eso, cómo reacciona, qué la pasa a los vínculos entre la tierra y sus habitantes cuando se maltrata tanto a los cuerpos como al territorio”, dice la autora.
“Lorca es una muerte política fundamental. Es la muerte de un proyecto intelectual, social y de belleza que él simboliza”
Esta es, pues, otra novela sobre la Guerra Civil, aunque, como se ve, una muy singular. “Esta es una historia de brujas y fantasmas”, aclara Portero, “y el gran fantasma de nuestro país es la guerra, que se niega a desaparecer y que hace lo que hacen los fantasmas, es decir, estar continuamente en un bucle de apariciones, reclamando algo, algo que sigue sin resolver 90 años después”. La autora cree que, para pasar la página de la guerra, primero hay que leerla bien, y no solo desde la historia pura y dura, ni siquiera desde la novela histórica realista, sino desde la literatura de género. Y si hablamos de fantasmas, otra vez Lorca, “el gran fantasma de este país”: “Lorca es una muerte política fundamental. Lorca es la muerte de la posibilidad de la poesía, es la muerte de la posibilidad de un proyecto intelectual, social y de belleza que él simboliza”.
En Cosamala la guerra se presenta como una maquinaria de terror que se utiliza para dominar a la población mediante el miedo, encarnada en la Columna Carranza que ataca el pueblo, pone en marcha la violencia sexual y las ejecuciones, y contra la que, en la novela, se forma el aquelarre antifascista. Aprovecha la autora para hacer algo así como una sociología de las tensiones en el bando golpista, en las figuras históricas del general Gonzalo Queipo de Llano y de Ramón de Carranza. El primero fue el hombre fuerte de los sublevados en el sur, emitiendo desde Sevilla, por radio, sus famosos y terroríficos discursos de exterminio, y apodado, por lo tanto, como el “virrey de Andalucía”. El segundo fue un aristócrata falangista, Marqués de Soto Hermoso, que dirigió la brutal columna que llevó su nombre, formada por falangistas, toreros, terratenientes y guardias civiles, que avanzó por la sierra norte de Sevilla y Huelva en 1937. El marqués despreciaba a sus compañeros de viaje golpistas.
“Se odiaban. Queipo de Llano, por su parte, es uno de los criminales de guerra más sádicos de la historia de Europa, un personaje muy particular, casi una caricatura, que despreciaba también a los falangistas y era movido por la pura ambición. Por otro lado, había una derecha aristocrática, católica, que veía a estos grandes generales como gente ordinaria con la que les causaba auténtica repugnancia compartir mesa. Pero se hacían mucha falta. Al final se impuso el más callado, el que mejor supo navegar esas aguas”, dice la autora, en referencia a Franco. En el texto era de su interés reflejar estas complejidades y exponer que ninguna comunidad política están conformada por sensibilidades idénticas y que, en todas partes, también en el bando de los vencedores, se dan rivalidades, filias y fobias. Una advertencia para el lector: dice Portero que, aunque a veces parezca excesiva, la violencia de los fascistas está rebajada en el texto, en aras de la verosimilitud.

Cambio de rumbo
Si La mala costumbre nos introducía en una historia cotidiana en la periferia madrileña, con numerosos mimbres de testimonio vital —tan del gusto de esta época—, cabe preguntarse cómo reaccionará la legión de lectores cosechados en aquella novela ante esta nueva historia, tan de género, que no comienza precisamente haciendo amigos. En sus primeros compases, sucede una noche oscura en la que dos cazadores se encuentran el cadáver de una mujer que acaba de parir, con su bebé inerte, a medio nacer, en las tinieblas. Deciden enterrarlos, cavando con sus propias manos. Hay sangre, tierra, animales, estrellas, oro y plata. Ya ahí aparece Trinidad la Camacha, la primera figura sobrenatural, que saca al niño muerto y le pone a mamar del cadáver su madre, mientras le canta una nana. Quiere decir que los muertos también merecen cuidado. Aunque La mala costumbre no era una obra puramente costumbrista, sino de aires alucinados, es notorio el cambio de registro en Cosamala hacía la fantasía más oscura.
“Yo soy escritora, tengo un proyecto literario y lo voy a defender. Es lo que más me importa ahora mismo en la vida. Se lo voy a dar todo. Y voy a contar lo que necesito contar. Confío en que los lectores y las lectoras sabrán apreciarlo. O no. Pero intentaré que eso no me influya”, dice la autora. De hecho, en mitad de la escritura, tuvo que hacer un parón al darse cuenta de que, de alguna manera, había perdido el control de la obra para ponerse, inconscientemente al servicio del lector. “Y eso es lo peor que le puedes hacer al lector, tener en cuenta todas sus expectativas y hacer una especie de fan service. Eso es tratarlo como si fuera idiota y también es traicionarte a ti”, añade. En esa parada cayeron muchas páginas, unas cien, pero la novela retomó su rumbo autoral. Curiosamente el proceso de escritura finalizó un 18 de agosto, día del asesinato de Federico García Lorca.
Fue entonces cuando su editor, Jesús Rocamora, le dijo a Portero que era comprensible que el público pensara que La mala costumbre era la historia de su vida, “pero que, en realidad, le parecía que Cosamala tiene mucho más que ver conmigo, que dice más de mí”, dice la autora. De hecho, en alguna otra de sus obras poéticas, como el poemario La habitación de las ahogadas (La Bella Varsovia, 2025) y, en general, en toda su producción, hay mucho de lo que ahora aflora en la nueva novela. “Son libros que conversan entre sí”, admite la autora, “y es que es mi mundo, mis obsesiones, mis fetiches, las figuras retóricas que me son más naturales, las metáforas que participan de mi propio embrujo y hechizo literario”.
“Lo peor que le puedes hacer al lector es tener en cuenta todas sus expectativas y hacer un ‘fan service’. Es tratarlo como idiota”
La mala costumbre, que narra la adolescencia de una joven trans en el madrileño, periférico y obrero barrio de San Blas, fue un enorme éxito editorial que cambió la vida de su autora. Incluso antes de su publicación ya rondaban en los círculos literarios rumores sobre la calidad y la singularidad del libro, y también antes de ver la luz ya había contratado 11 traducciones en la Feria de Fráncfort de 2023. La promesa no tardó en confirmarse y hasta el momento ha vendido 200.000 ejemplares en 41 ediciones, y ha sido traducido, finalmente, a 20 lenguas. Para Portero supuso un antes y un después. Le otorgó una seguridad material que nunca había tenido cuando, además, pasaba por uno de los momentos más difíciles de su vida en ese sentido y no lograba encontrar la salida. “En vez de tener una vida que se iba asentando con la edad, era todo lo contrario, era cada vez más incierta. Era una situación muy complicada y la novela me dio tranquilidad: podía pagar alquiler sin tener que respirar en una bolsa por las noches porque no sabía lo que iba a pasar al día siguiente. Fue un cambio drástico y radical”, cuenta.
Por supuesto, el cambio no solo fue económico: el éxito venía a cumplir el sueño de ser escritora —o mejor, de vivir de la escritura— y de ser reconocida como tal. “Respecto a mi carrera literaria, simplemente me ha dado la oportunidad de tener una. Como decía, he entendido que se lo quiero dar todo, dar todo a los libros que escriba. Me ha hecho sentirme escritora en realidad y ser recibida como tal”, cuenta. Como curiosidad, el libro, en su traducción inglesa (Bad Habit) acabó en el seguidísimo club de lectura de la estrella global Dua Lipa: “Fue surrealista y estupendo, como de comedia”, relata. “Yo estaba un día en mi casa en pijama y me llama Pedro Almodóvar, con el que solo había coincidido alguna vez, para decirme que Dua Lipa quería contactar conmigo. Cuando llegó el momento fuimos a cenar, la noche antes del club, en Madrid: es una tía divertidísima y con las cosas muy claras. Yo me decía ‘¿qué hago con esta diva del pop?’ Pero es que además me hizo una de las mejores entrevistas de todo el periplo de la novela. Es muy buena lectora y le apasiona además hacer las entrevistas, que prepara ella misma”.
Ahora Cosamala se prepara para poner a prueba a la legión de lectores que desde hace más de tres años siguen a Alana S. Portero con una propuesta incómoda, muy literaria, con el viento a favor de la fiebre lorquiana y la oportunidad del relato antifascista en tiempos de auge del fascismo. Nos hacen falta más brujas.
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