«Con todo el cariño, informamos a nuestras divas inmunodeprimidas y con discapacidad que las noches de los sábados el uso de mascarilla será opcional». Estas 24 palabras, un tanto peculiares pero en absoluto trascendentales -o eso creían ellas- han sido, a la vez, el epitafio de un bar de lesbianas en un pueblito de la América profunda y el mejor éxito comercial del Boston Globe en los últimos tiempos.
24 palabras han sido, a la vez, el epitafio de un bar de lesbianas en un pueblito de la América profunda y el mejor éxito comercial del Boston Globe. La anécdota de la semana allende los mares encierra en sí misma la Piedra de Rosetta del futuro de la prensa
«Con todo el cariño, informamos a nuestras divas inmunodeprimidas y con discapacidad que las noches de los sábados el uso de mascarilla será opcional». Estas 24 palabras, un tanto peculiares pero en absoluto trascendentales -o eso creían ellas- han sido, a la vez, el epitafio de un bar de lesbianas en un pueblito de la América profunda y el mejor éxito comercial del Boston Globe en los últimos tiempos.
Hace poco más de una semana, el diario local que a principios de los 2000 expuso los escándalos de pederastia cometidos por la Iglesia Católica publicó un pequeño reportaje titulado: «Un bar lésbico del oeste de Massachusetts exigía el uso de mascarillas KN-95. Cuando cambió las normas, se desató el caos».
Nada hacía presagiar que aquella crónica costumbrista, seguramente de las menos ambiciosas publicadas por su autora, Annalisa Quinn -que entre otras hazañas periodísticas se ha infiltrado en una secta satánica y en un festival armamentístico organizado por libertarios que quieren dar un golpe de Estado en New Hampshire- generara miles de suscripciones a la edición digital del diario y atrajera a los ojeadores de Hollywood que ya llevaron al Globe a los Oscar hace una década con la venerada Spotlight.
La historia es rocambolesca, desde luego. Tres mujeres abren un bar de lesbianas, uno tan, tan inclusivo que tiene como norma el uso obligatorio de mascarilla KN-95 (la gorda que hace daño detrás de las orejas) para no comprometer la salud de nadie en la era postcovid. Dos de las socias abandonan (una se matricula en una escuela de circo, seguro que da para un buen spin-off) y la que queda se da cuenta que tanta inclusividad la está llevando a la ruina: tiene cuatro trabajos y vive en su coche. Así que decide relajar las normas y se lía la de Dios es Cristo.
«Espero que os bombardeen por robar a mis compañeras inmunodeprimidas sus planes del sábado para ganar dinero con los capacitistas», acusa una clienta. «Matáis a personas discapacitadas por ocio», dispara otra. A todo esto, Greenfield, el pueblo en el que está el bar en cuestión, no ha tenido un solo caso de covid en meses.
La pregunta es: ¿pagaría usted por leer esa historia? Miles de estadounidenses lo han hecho ya y miles lo siguen haciendo cada día, es la historia que más ha suscrito en la historia del Boston Globe. ¿Pagan por morbo, para insultar a las lesbianas, a los capacitistas, a todo el mundo, por qué no? ¿Qué convierte una historia periodística en viral?
La anécdota de la semana allende los mares encierra en sí misma la Piedra de Rosetta del futuro de la prensa. «Es el precio a pagar por pertenecer a una comunidad», analiza la dueña del Last Ditch al final del reportaje. ¿Es la suya una frase visionaria?
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