Lola Pons, fina analista de la lengua, se ha parado a analizar todas las connotaciones y valores que ha tenido su ausencia a lo largo de la historia: el silencio. El resultado es El dedo en los labios (Taurus), una inmersión en todas las dimensiones de una magnitud que interesa a la retórica, a la física, la música, la teoría política, el periodismo, la teología y a todos nosotros. Pons es filóloga, colaboradora de EL PAÍS y catedrática en la Universidad de Sevilla, ciudad en la que nació en 1976.
La catedrática aborda todas las dimensiones del silencio en su nuevo libro
Lola Pons, fina analista de la lengua, se ha parado a analizar todas las connotaciones y valores que ha tenido su ausencia a lo largo de la historia: el silencio. El resultado es El dedo en los labios(Taurus), una inmersión en todas las dimensiones de una magnitud que interesa a la retórica, a la física, la música, la teoría política, el periodismo, la teología y a todos nosotros. Pons es filóloga, colaboradora de EL PAÍS y catedrática en la Universidad de Sevilla, ciudad en la que nació en 1976.
Pregunta. Estaba leyendo su libro justamente en el vagón silencio y dos mujeres, al enterarse de que no podían hablar, protestaron muy ofendidas. ¿Mucha gente no comprende el valor del silencio?
Respuesta. Claro que no, no lo comprenden, y no saben que a veces el silencio propio es la forma de respetar la palabra ajena. El inventor del vagón silencio merece todo mi reconocimiento, nos ha salvado a muchos, nos ha aportado tranquilidad mental.
P. ¿Y qué me dice de escucharnos a nosotros mismos?
R. El viaje en tren ha sido históricamente un tiempo de introspección, de escritura, de reflexión. Ya no lo es. Ahora es un tiempo de consumo de contenidos.
P. ¿Qué es el silencio?
R. Aparentemente es la ausencia de sonido; en la física es la falta de magnitud acústica, pero es un elemento lingüístico tan poderoso que a mí me llevado de la lengua a la vida. Estudiarlo desde la Edad Media hasta hoy me ha permitido conocer cambios históricos desde los claustros a las redes sociales. Todo se puede observar a partir del impacto del silencio.
P. ¿Y qué dice de nosotros esa evolución?
R. Que lo hemos disfrazado, hemos generado mucho silencio lleno de palabras en la verborrea de quien no dice nada, pero no para de hablar.

P. ¿Hoy los políticos hacen ruido mientras callan la verdad?
R. Sí, y eso es una enorme falta de honestidad. Muchos agradeceríamos que un político dijera que no tiene opinión sobre algo, que se tiene que asesorar, que las cosas no son tan fáciles como para que quepan en un tuit y que prefiere quedarse callado. Pero hemos confundido el derecho a voz y voto de todos con pensar que todos tenemos voz acreditada.
P. ¿La “mayoría silenciosa” debería hablar?
R. Ese es un sintagma peligrosísimo porque se administra para manipular la voz de los electores y convertirla en el discurso del que un político se siente portavoz. Los ciudadanos hablamos cuando nos toca, en las urnas, y tenemos el derecho a protestar o a no hacerlo. Y eso no presupone adhesión a la mayoría dominante. Ese sintagma se popularizó a partir de Nixon y suele llevar a interpretaciones muy totalitarias.
P. ¿Qué opina de la cancelación de Ariana Harwicz en un festival en Granada?
R. Las cancelaciones son muy peligrosas cuando son a personas concretas, no a un grupo, una corriente o ideología. Hay que poner el micro a las personas y escucharlas, rebatir o debatir, pero siempre escucharnos. Y para eso hace falta el silencio, la introspección, estar dispuesto a cambiar las posiciones de partida de cada uno.
P. ¿Nos hace falta más silencio en nuestra sociedad de tanto ruido?
R. A veces lo que hace falta es más comunicación. Somos una sociedad más incomunicada que antes y lo que nos falta es más introspección. A veces nos sobra un silencio situacional que esconde el ruido de la deglución del contenido rápido en redes. Ahora en general sobra el cartel de silencio en las salas de espera no porque estemos guardándolo, sino porque estamos consumiendo contenido rápido que nos sirve el algoritmo. No se si nos falta más silencio, pero sí nos falta más conversación.
P. A las mujeres nos decían: calladita estás más guapa. ¿Hemos sido condenadas al silencio?
R. Claro, se ve en refranes y manuales de cortesanía. Había una urbanidad presupuesta de que las mujeres virtuosas debían guardar silencio y hablar solo cuando tocaba. Esto se ha superado, pero seguimos siendo más silenciosas que los varones cuando se mide nuestra intervención en espacios públicos. Y al mismo tiempo se nos condenaba por parlanchinas, en estas paradojas de la educación femenina.
P. ¿Y en el ámbito coloquial hablamos más?
R. No, quienes han medido los silencios cronómetro en mano ven que usamos más el silencio que ellos. Y también en tertulias televisivas o conversaciones que se puedan observar. Los refranes y expresiones lo reflejan: calladita estás más guapa, “hacer capazo” o “hacer lavadero”, que identifica la conversación femenina como cháchara insustancial.
P Mia Couto me decía que en África saben estar en silencio, pero en Europa no. ¿Por qué nos incomoda?
R. Incomoda cuando no sabemos a qué se debe: a falta de confianza, preocupación, ganas de que acabe la conversación. Por eso hemos creado expresiones vacías de significado como “ha pasado un ángel”. Antes se decía “ha pasado Hermes”, “ha pasado Mercurio”.
P. Desde que hay redes, los jóvenes parecen tener menos relaciones, menos conversación.
R. Desde luego, hay menos conversación telefónica. Hablar por teléfono les parece una incidencia sobrevenida y evitable; hay muchísima escritura digital y hay un significado nuevo adherido al silencio: la falta de réplica cuando te han leído el mensaje, pero no contestan. Es un nuevo silencio que no conlleva introspección, sino silencio de escasa reflexión, de consumidor pasivo que está tragando vídeos de algoritmo. Y es una de las razones que nos lleva a las cifras de Pisa.
P. ¿Las redes son ruido o silencio?
R. Las redes sociales han roto la espiral de silencio y no sé si es bueno porque doctrinas larvadas que estaban muy mal vistas han encontrado presencia en las redes. Se han quitado muchas vallas que por prejuicio o tabú nos permitían una convivencia más grata. Es un río en que no hay que bañarse. Entiendo que informativamente hay que asomarse y ver la corriente, pero yo ahí me silencio, esa discusión no es la mía.
P. El dedo en la boca viene de Harpócrates, dios griego del silencio.
R. Harpócrates es una divinidad de impronta egipcia que adoptan los griegos y los romanos. En el museo de arte romano de Mérida hay una medallita de Harpócrates. Hoy nos hemos olvidado de Harpócrates, pero su dedo en los labios sigue siendo señal de silencio.
P. ¿Los políticos hablan demasiado?
R. La democracia es un sistema en que la palabra tiene un peso, y la de quien manda es importantísima. Los políticos muchas veces callan ante los periodistas o dicen lo que les conviene, pero está muy mal visto callar por completo y por ello dicen cosas como “sin comentarios”, “ni confirmo ni desmiento”. La política nos ha dado muchas palabras sobre el silencio. Y eso nos tiene que hacer pensar.
EL PAÍS
