Cuando eres niño, de un verano a otro pasan millones de cosas, como en el último día del año del calendario cósmico de Carl Sagan, que contiene nada menos que toda la historia de la humanidad. Los cambios físicos quedaban registrados en las fotografías de las vacaciones; en esas marcas que algunos padres iban haciendo en la pared para medir a su prole; en el bañador que ya no te servía… La playa era la misma, tú no. Y para observar los cambios internos, la televisión funcionaba como un microscopio de alta precisión.
La playa es la misma, tú no. Un año te encanta ‘Humor amarillo’ y al otro, las películas de instituto en las que el malote baila con la empollona
Cuando eres niño, de un verano a otro pasan millones de cosas, como en el último día del año del calendario cósmico de Carl Sagan, que contiene nada menos que toda la historia de la humanidad. Los cambios físicos quedaban registrados en las fotografías de las vacaciones; en esas marcas que algunos padres iban haciendo en la pared para medir a su prole; en el bañador que ya no te servía… La playa era la misma, tú no. Y para observar los cambios internos, la televisión funcionaba como un microscopio de alta precisión.
Un verano te seguías despertando temprano para ver los dibujos animados. Al otro te aburrían y lo que te gustaba era ver los trompazos que se daban en Humor amarillo, y al siguiente los pobres concursantes de aquellas yincanas salvajes te daban una pena terrible y lo mejor que te podía pasar era que pusieran en la tele una serie o película de instituto con su buen baile de fin de curso; una de algún romance en vacaciones (tipo Dirty Dancing) o una que combinara ambas, como Grease. En el medio, es decir, durante el otoño, el invierno y la primavera, había sucedido algo muy importante: tu prioridad en la vida ya no era divertirte, sino enamorarte. En la playa, en el campamento, cinco minutos después de que sonara el timbre y dijeran: “¿Puede bajar Natalia a jugar?”. Y no de cualquiera, sino del protagonista: el malote.
El malote nos gustaba por culpa de la televisión y luego, en la vida adulta, había que dar muchas vueltas al calendario cósmico para salir de ahí. Era chulito, pero simpático. Sacaba malas notas, pero era listo y muy talentoso en algún deporte —con la excepción archiconocida de Danny Zuko—. Llevaba cazadora de cuero o beisbolera —cuando no se la dejaba a su novia, la capitana de las animadoras—; tenía un pelo de esos donde daban unas ganas locas de esconder la mano y, generalmente, se dedicaba a vacilar a la empollona con gafas hasta que, zas, se enamoraba de ella, o sea, de ti.

Con 44 añazos, sigo siendo fiel al género. Es lo que ahora se llama, con algo de pedantería, el “placer culpable”. En mi descargo diré que en las películas y las series malas es mucho más fácil que haya final feliz que en las buenas y eso da mucha paz. Aunque me encanta La historia del camello que llora y todo lo que hicieron juntos Cassavetes y Rowlands, hay veces que lo que te pide el cuerpo es ver al capitán del equipo de rugby dejar a la rubia de ojos azules y llevar al baile de graduación a la chica del montón que previamente ha reformado al malote —aprueba el curso gracias a ella— y deja a todos epatados cuando aparece en la fiesta con un vestido precioso y lentillas. Al principio —como a Cenicienta—, de tan guapa que está, ni la reconocen, pero nosotros, los espectadores, sí, igual que sabemos todo el rato que Clark Kent es Superman aunque Lois Lane no se dé cuenta por culpa de las gafas. Es lo que suelo decirles, por cierto, a mis amigos cuando se quejan de la vista cansada: “Oye, que Superman también llevaba gafas”.
Trabajo para los psicólogos
Un rasgo para diferenciar las pelis y series malas de las buenas dentro del género es que, en las buenas, el malote guapo se enamora de la chica normal por su personalidad arrolladora, y en las malas, porque la chica normal se convierte en medio guapa. Quizá la culpabilidad del placer resida ahí: en que, según avanza la trama, te van entrando más ganas de que ella se transforme en un bellezón y se nos olvida un poco su personalidad arrolladora.
Supongo que un psicólogo tendría mucho que decir aquí, pero no debo ser la única afectada viendo el éxito que tuvo recientemente una serie titulada, nada más y nada menos, que The Summer I Turned Pretty —literalmente, “El verano que me volví guapa”, aunque en España se tradujo como El verano en que me enamoré—, la enésima vuelta de tuerca al cuento del patito feo y una imitación mainstream de Sabrina. Yo la devoré, naturalmente. Ya no las busco, pero si aparecen en la pantalla, me quedo a verlas. En diciembre te devuelven al verano. Y en cualquier momento, a ese interín maravilloso en el que has perdido la inocencia, pero aún no ha aparecido el cinismo de los adultos y crees que cualquier cosa es posible.
Feed MRSS-S Noticias
