La escritora argentina Laura Ramos no quería escribir este libro. En realidad, no quería escribir ninguno relacionado con su infancia como hija del trotskista Jorge Abelardo Ramos, intelectual influyente que sería candidato a la presidencia de Argentina, y de Faby Carvallo, trotskista también, bohemia, feminista, impulsora del sindicato de Amas de casa, aunque lo suyo no eran las faenas caseras, sino la militancia y la aventura. Ramos no tenía ningún interés en volver mediante la escritura a aquel desbarajuste de viajes, amantes, clandestinidad, engaños, silencios, conflictos de los padres. Su hogar había sido, como definió en una entrevista, “Woodstock montado en un kibutz”. Pero los niños, en general, no aprecian la vida caótica y arriesgada, sino los afectos seguros, la atención, la estabilidad. Y ella, de adulta, se alejó de aquel mundo todo lo que pudo. También como escritora.
La escritora argentina Laura Ramos no quería escribir este libro. En realidad, no quería escribir ninguno relacionado con su infancia como hija del trotskista Jorge Abelardo Ramos, intelectual influyente que sería candidato a la presidencia de Argentina, y de Faby Carvallo, trotskista también, bohemia, feminista, impulsora del sindicato de Amas de casa, aunque lo suyo no eran las faenas caseras, sino la militancia y la aventura. Ramos no tenía ningún interés en volver mediante la escritura a aquel desbarajuste de viajes, amantes, clandestinidad, engaños, silencios, conflictos de los padres. Su hogar había sido, como definió en una entrevista, “Woodstock montado en un kibutz”. Pero los niños, en general, no aprecian la vida caótica y arriesgada, sino los afectos seguros, la atención, la estabilidad. Y ella, de adulta, se alejó de aquel mundo todo lo que pudo. También como escritora. Seguir leyendo
La escritora argentina Laura Ramos no quería escribir este libro. En realidad, no quería escribir ninguno relacionado con su infancia como hija del trotskista Jorge Abelardo Ramos, intelectual influyente que sería candidato a la presidencia de Argentina, y de Faby Carvallo, trotskista también, bohemia, feminista, impulsora del sindicato de Amas de casa, aunque lo suyo no eran las faenas caseras, sino la militancia y la aventura. Ramos no tenía ningún interés en volver mediante la escritura a aquel desbarajuste de viajes, amantes, clandestinidad, engaños, silencios, conflictos de los padres. Su hogar había sido, como definió en una entrevista, “Woodstock montado en un kibutz”. Pero los niños, en general, no aprecian la vida caótica y arriesgada, sino los afectos seguros, la atención, la estabilidad. Y ella, de adulta, se alejó de aquel mundo todo lo que pudo. También como escritora.
Hasta que un día le dijeron que una mujer muy cercana a su madre y a su círculo de amistades en Montevideo, donde vivieron varios años, María Luisa, una modista a la que le gustaba cuidar de los hijos de los amigos —también a Laura—, generosa, siempre cargada de regalos y chucherías, era en realidad África de las Heras, la espía estalinista que trabajó para Orlov en España y colaboró en la eliminación de trotskistas y disidentes del estalinismo durante muchos años. No solo eso: había participado en el intento fallido de asesinato de Trotski por Siqueiros y luego en el exitoso ejecutado por Ramón Mercader.
Laura Ramos decidió a regañadientes investigar esa historia, menos fascinada por el personaje de la espía que por cómo afectaba a su familia y a los amigos de la infancia. Entonces va a Cambridge para consultar archivos dejados allí por un espía soviético, a Ceuta para entrevistarse con una sobrina nieta de África, a Uruguay para rastrear a personas que la trataron desde finales de los cuarenta, a Cuba…
Escarbando en archivos y en la memoria de quienes la conocieron, Laura Ramos reconstruye la biografía de la espía que recibió las más altas condecoraciones de la Unión Soviética: su infancia en Ceuta, su actividad durante la Guerra Civil española, su entrada en el KGB, su intervención en la conjura contra Trotski, sus acciones en la Unión Soviética durante el asedio nazi y, por fin, su llegada a Montevideo de la mano de Felisberto Hernández, con quien se casó para obtener el permiso de residencia en Uruguay, desde donde prestaría apoyo a infiltrados estalinistas.
Es difícil desentrañar la maraña de seudónimos, afirmaciones falsas o contradictorias, tanto de la espía como de quienes la trataron, y el sinfín de clichés y prejuicios, a menudo misóginos, que la rodeaban: en numerosos relatos, África aparece como devoradora de hombres, sensual, insaciable, despiadada. Sin duda era una mujer que ejercitaba su libertad sexual —y animaba a otras a hacerlo, como a la madre de la escritora—, pero Laura Ramos se esfuerza por separar la leyenda de los hechos y, sobre todo, por separar los rumores de lo documentado y de seguir la pista a las contradicciones y opiniones interesadas que desvirtúan la historia del personaje.
Un valor añadido de este ensayo es que también reproduce la vida de aquellos izquierdistas latinoamericanos que en los años cincuenta y sesenta pululaban por el Cono Sur soñando con la revolución, también su relación con intelectuales y creadores, como Onetti o el mismo Hernández.
Hay algo inquietante en esta búsqueda: el descubrimiento de que el pasado, personal y familiar, que la autora creía conocer fue una mentira. Las relaciones afectivas en su recuerdo resultaron estar atravesadas por conspiraciones y ocultaciones. ¿De verdad África asesinó a su marido? ¿Quiso alguna vez a esos niños a los que mimaba y cuidaba o solo los usaba para sus fines? ¿La quiso a ella? ¿Cuántos de los adultos eran cómplices? ¿Lo eran los padres de la autora? También a estas preguntas incómodas sigue la pista Laura Ramos, descubriendo que el pasado no se puede cambiar, pero sí puede cambiarnos a nosotros si nos atrevemos a iluminar sus rincones más oscuros.

Laura Ramos
Lumen, 2026
256 páginas. 19,90 euros
EL PAÍS
