En una de sus excéntricas teorías, el poeta Arthur Rimbaud llamaba a la deriva de los sentidos navegando por la alucinación y las sustancias para destapar una nueva realidad. Y, en la noche que se hubiera celebrado el 172 cumpleaños del francés, esa deriva estaba por navegarla Patti Smith sobre las tablas del Teatro Jovelllanos con el simple sonar de su música. En el que era otro aniversario, el de los 50 años desde que un 20 de octubre, la estadounidense pisó por primera vez un escenario español.
Ha logrado convertir su actuación y su estancia en España en una liturgia donde ella marcaba el ritmo, una celebración casi religiosa entorno a su figura
En una de sus excéntricas teorías, el poeta Arthur Rimbaud llamaba a la deriva de los sentidos navegando por la alucinación y las sustancias para destapar una nueva realidad. Y, en la noche que se hubiera celebrado el 172 cumpleaños del francés, esa deriva estaba por navegarla Patti Smith sobre las tablas del Teatro Jovelllanos con el simple sonar de su música. En el que era otro aniversario, el de los 50 años desde que un 20 de octubre, la estadounidense pisó por primera vez un escenario español.
«De la primera vez que viene a España hace hoy exactamente 50 años, un 20 de octubre y era también el cumpleaños de Rimbaud. Yo recuerdo estar pensando estas palabras: «He encontrado la eternidad mezclada con arena», detalló Patti Smith que la primera vez que había actuado en España muchos de los 11 temas que este martes se escucharon en el teatro gijonés por parte de quien el viernes recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Artes ni siquiera existían.
Era 1976, hacía unos días que Radio Ethiopia, su segundo álbum, había salido a la venta y Horses, el primero, atronaba al ritmo de Gloria: In Excelsis Deo, Redondo Beach y Land. Tenía 29 años y 5.000 personas rugían en el pabellón del Joventut en Badalona. Cinco décadas después, mirando ya a los 80 y para algo más de 500 personas, la vigencia de sus temas sigue intacta y su energía, aunque ha variado con los años, es arrolladora.
No es casualidad que a la estadounidense se la defina como la madrina y la suma sacerdotisa del punk, que crecía en Estados Unidos y Gran Bretaña casi en paralelo a aquel primer concierto mientras nuestro país aún hacía por desatarse del franquismo. Su música sigue conduciendo hacia lo ritual, lanzando a los presentes al fondo de una celebración chamánica. Este martes lo hizo ya desde el inicio -antes de aparecer ovacionada entre las tinieblas por los altavoces sonaba Lust For Life de Iggy Pop- con Dancing Barefoot, ese tema que llama a la pasión irrefrenable y a la conexión mística de los humanos con el fraseo poético y su potente voz en el estribillo, o Ghost Dance, inspirada en la danza de los nativos americanos como símbolo de resistencia, acompañada de una banda de cuatro músicos en la que están dos de sus hijos -Jackson a la guitarra y Jesse al teclado-.
Fijaba así Patti Smith sus prioridades desde el inicio de su recital 50 años después: convertir el teatro y su estancia en España en una liturgia donde ella marcaba el ritmo, una celebración casi religiosa entorno a su figura. «Estamos muy contentos de estar aquí con vosotros esta noche», afirmó ante el sepulcral silencio de un público que solo se movía para aplaudir y vitorear entre canciones. Ni siquiera cuando se sumergió en Redondo Beach, el trágico relato del suicidio de una joven con el que la cantante en alguna ocasión ha vinculado a la temática lésbica, hubo un solo ruido.
Precisamente este y Break it up, inspirado en la figura del maldito Jim Morrison, son los dos únicos temas que la cantante incluye de su primer álbum, que sonaba en aquel ya lejano 1976. «Rómpelo, oh por favor llévame contigo / Rómpelo, puedo sentirlo romperse / Puedo sentirlo romperse, puedo sentirlo romperse», se desgañitaba la cantante. Ese recuerdo al prematuramente fallecido líder de The Doors llegó precedido además de la versión que la intérprete despliega de Crystal Ship, balada que la banda incluyó también en el disco inaugural que les dio nombre.
Con un tenue tono en su voz, con la guitarra sonando por encima, entró Fireflies para ir creciendo con el paso de las estrofas y dar paso a Pissing in the River. «Me gustaría dedicarle esta canción a Gay Mercader [el histórico promotor que la trajo por primera vez a España] y a Lorca», aseguró la cantante antes de entregar una segunda mitad de la canción con la voz rasgada hasta cerrar con ese «Oh, estoy meando en el río» y una versión de Because The Night a la que por primera vez se sumó en pie el público.
El ritual seguía, pero para su cierre iba lanzado por la fuerza política y la crítica voraz hacia los sistemas establecidos sobre los que las bandas de punk vomitaban a borbotones a mediados de los 70. Lo hizo este martes Patti Smith en su encuentro matinal con la prensa y volvió a desplegarlo en su concierto conmemorativo en Gijón -este miércoles habrá un segundo en el Palacio de los Deportes de la ciudad con un aforo mayor- con Peaceable Kingdom, dedicada a la activista Rachel Corrie, a quien las fuerzas militares israelíes mataron en Gaza en 2003, y a todo el pueblo palestino. Un canto contra «las guerras», «el hambre» y «el genocidio», según enunció la cantante, que han vuelto ahora a la franja. «Confiemos en que las cosas se puedan reconstruir en el futuro».
Como colofón de esta celebración guardaba Patti Smith el que se ha convertido en el himno de su carrera, People Have The Power. «Esta canción la escribimos para el futuro, la escribimos para vosotros», dijo. Y las luces se encendieron para que la suma sacerdotisa viera a sus fieles en la deriva de sus sentidos.
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