En la combinación que tiene lugar durante su creación, todas las ficciones optan, en mayor o menor medida, por la trama o por el personaje. Sin embargo, las más arduas de levantar tienen un objetivo superior. Son las que podríamos llamar series de sistema, de engranaje. El ejemplo más paradigmático es The Wire: nos importan sus protagonistas y secundarios, nos importa el devenir de los hechos, pero de la red que se teje entre unos y otros surge el dibujo de algo mayor que la suma de sus partes, en este caso, un mapa completo de Baltimore.
Los neones de la carretera no nos han dejado ver el bosque que tan bien desbroza esta serie que huye de la pornografía sentimental y del morbo de la sordidez
En la combinación que tiene lugar durante su creación, todas las ficciones optan, en mayor o menor medida, por la trama o por el personaje. Sin embargo, las más arduas de levantar tienen un objetivo superior. Son las que podríamos llamar series de sistema, de engranaje. El ejemplo más paradigmático es The Wire: nos importan sus protagonistas y secundarios, nos importa el devenir de los hechos, pero de la red que se teje entre unos y otros surge el dibujo de algo mayor que la suma de sus partes, en este caso, un mapa completo de Baltimore.
El castillo (Movistar Plus), creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva, no solo pertenece a esta estirpe: se ha ganado un lugar con honores en ella. Parte de El proxeneta, la novela de no ficción de Mabel Lozano, centrada en el testimonio de El músico, un exproxeneta que, tras ser condenado, decidió colaborar con la justicia y con la autora para exponer la red de explotación a la que miles de mujeres son sometidas en España, pero va mucho más allá, gracias a las posibilidades de la ficción.

Así, vertebra su historia a través de tres personajes: Claudia (Valentina Vidal), una joven colombiana que llega a España sabiendo que se va a dedicar a la prostitución, pero sin tener ni idea del secuestro y de la explotación, a través de una deuda eterna, a los que va a ser sometida; El suizo (Raúl Arévalo), su proxeneta, y Gerardo (Omar Ayuso), uno de los policías que investiga el asunto. En los más de 20 años que abarca —su epílogo no podía ser otro— y con ellos como vehículo principal, la serie nos cuenta con precisión la globalización de la trata, sus coartadas fiscales y jurídicas, y qué ocurre cuando se enfrenta a la policía y a los tribunales.
El castillo, además, suma a sus grandes aciertos un tono que huye de la pornografía sentimental y del morbo de la sordidez, gracias también al magnífico trabajo de Elena Martín Gimeno y Sandra Romero en la dirección. No son Princesas, pero viven atrapadas en un castillo, que no es otro que el régimen explotador que las deshumaniza y socava su voluntad. Un sistema que pervive gracias a sus artífices y colaboradores, entre ellos, por supuesto, los puteros, pero al que también ayuda el desconocimiento y la lejanía de los demás. Los neones de la carretera no nos han dejado ver el bosque que tan bien desbroza la que ya es, por derecho propio, la serie del año.
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