A lo largo de los años ochenta y sobre todo en la primera mitad de los noventa, con las crecientes dificultades de financiación del cine, se puso de moda una práctica que, en general y salvo honrosas excepciones, fue letal tanto para el arte como para las finanzas: los llamados europuddings. Coproducciones entre varios países y empresas, protagonizadas por intérpretes de distintas nacionalidades, con la suma (si ello era posible) de alguna estrella americana de relumbrón que nunca pasaba por su mejor momento, y redondeada por técnicos y artistas cada uno de su padre y de su madre en los apartados colaterales. La consecuencia principal es que la película perdía la identidad y la personalidad que hubiera podido tener si el trabajo se hubiera centrado en esencias, estilos y roles del país que comandaba el asunto. Y tampoco fueron éxitos.
A lo largo de los años ochenta y sobre todo en la primera mitad de los noventa, con las crecientes dificultades de financiación del cine, se puso de moda una práctica que, en general y salvo honrosas excepciones, fue letal tanto para el arte como para las finanzas: los llamados europuddings. Coproducciones entre varios países y empresas, protagonizadas por intérpretes de distintas nacionalidades, con la suma (si ello era posible) de alguna estrella americana de relumbrón que nunca pasaba por su mejor momento, y redondeada por técnicos y artistas cada uno de su padre y de su madre en los apartados colaterales. La consecuencia principal es que la película perdía la identidad y la personalidad que hubiera podido tener si el trabajo se hubiera centrado en esencias, estilos y roles del país que comandaba el asunto. Y tampoco fueron éxitos. Seguir leyendo
A lo largo de los años ochenta y sobre todo en la primera mitad de los noventa, con las crecientes dificultades de financiación del cine, se puso de moda una práctica que, en general y salvo honrosas excepciones, fue letal tanto para el arte como para las finanzas: los llamados europuddings. Coproducciones entre varios países y empresas, protagonizadas por intérpretes de distintas nacionalidades, con la suma (si ello era posible) de alguna estrella americana de relumbrón que nunca pasaba por su mejor momento, y redondeada por técnicos y artistas cada uno de su padre y de su madre en los apartados colaterales. La consecuencia principal es que la película perdía la identidad y la personalidad que hubiera podido tener si el trabajo se hubiera centrado en esencias, estilos y roles del país que comandaba el asunto. Y tampoco fueron éxitos.
Con El anfitrión, extraña coproducción entre Grecia (57%), España (16%), Países Bajos (14%) y Reino Unido (13%), dirigida por un español (Miguel Ángel Jiménez), protagonizada por un estadounidense que interpreta a un griego (Willem Dafoe), una danesa (Victoria Carmen Sonne), un inglés (Joe Cole), un puñado de españoles (Emma Suárez, Carlos Cuevas, Francesc Garrido…) y unos cuantos griegos en papeles muy menores, ocurre exactamente esto. Que la película esté basada en una novela del griego Panos Karnezis (publicada en 2007, pero ambientada en 1975), claramente inspirada en un personaje mítico de la vida económica, social y mediática griegas como Aristóteles Onassis, acrecienta aún más la sensación.

Jiménez, de carrera esforzada y dispar, casi anónima en cuanto al público español desde su debut en 2009, aunque siempre valiente, ha viajado por los países y los paisajes más remotos e insólitos con su cine elegante pero plúmbeo, casi siempre a medio camino entre el cine de autor de vanguardia (Ori, ambientada en Tiflis y Osetia del Sur), el etnográfico (Chaika, en Kazajistán) y el internacional cóctel comercial de género (The Night Watchman, La mina). No parece difícil adivinar que la financiación griega de El anfitrión tiene su base en el rodaje allí de su anterior, y mejor, película: Una ventana al mar (2019), en la que, allí sí, Suárez era una española de Bilbao que abandonaba su vida anterior para encontrarse consigo misma y con el amor en la isla griega de Nísiros.
En El anfitrión, pese a la poderosa presencia de Dafoe, el relato de ambientación única (el casoplón en una isla privada del millonario) y en tiempo limitado (apenas un día) nunca adquiere el suficiente interés dramático, lastrado por un ritmo demasiado moroso, un guion sin fuste y una remilgada puesta en escena, en algunas secuencias deudora de un Paolo Sorrentino menor, que parece mirarse en la decadencia de La gran belleza para componer su propia radiografía de la degradación y la lujuria.
La hermosa fotografía de la española Gris Jordana (Libertad, Lava, La Mesías, La bola negra) y algunos de los momentos musicales elevan el conjunto, pero la historia en sí, con marcadas posibilidades, solo atrapa un tanto cuando más se desparrama, justo en la última media hora. En un momento en el que la polémica muerte de Isak Andic, fundador y dueño de Mango, ocupa grandes espacios en los medios de comunicación, introducirse en la fiesta de cumpleaños de la hija de otro magnate, obsesionado por el control y por la imagen, tirano de las relaciones familiares, con una heredera dispuesta a apagar el fuego paterno que la abrasa, podría haber tenido mayor recorrido sin esa ensalada de nombres, acentos y presencias tan de europudding de los ochenta y noventa.
El anfitrión
Dirección: Miguel Ángel Jiménez.
Intérpretes: Willem Dafoe, Victoria Carmen Sonne, Joe Cole, Emma Suárez.
Género: drama. Grecia, 2025.
Duración: 103 minutos.
Estreno: 24 de julio.
EL PAÍS
