Dédalo creó el laberinto para guardar un oscuro secreto en el corazón de una familia real. El minotauro era hijo de un encuentro prohibido entre Pasífae y un toro blanco que Poseidón le había regalado a su marido Minos, rey de Creta, para apoyar su derecho al trono. Minos tenía que sacrificar al toro en honor al dios, pero el animal es tan bello que decide quedárselo y matar a otro en su lugar. Como castigo por el engaño, los dioses instalan en su esposa un deseo salvaje por el animal, al que seduce paseándose con un lomo de madera con la forma y la piel de una vaca. De esa unión nace un hijo monstruoso y divino, un minotauro llamado Asterión.
Dédalo creó el laberinto para guardar un oscuro secreto en el corazón de una familia real. El minotauro era hijo de un encuentro prohibido entre Pasífae y un toro blanco que Poseidón le había regalado a su marido Minos, rey de Creta, para apoyar su derecho al trono. Minos tenía que sacrificar al toro en honor al dios, pero el animal es tan bello que decide quedárselo y matar a otro en su lugar. Como castigo por el engaño, los dioses instalan en su esposa un deseo salvaje por el animal, al que seduce paseándose con un lomo de madera con la forma y la piel de una vaca. De esa unión nace un hijo monstruoso y divino, un minotauro llamado Asterión. Seguir leyendo
Dédalo creó el laberinto para guardar un oscuro secreto en el corazón de una familia real. El minotauro era hijo de un encuentro prohibido entre Pasífae y un toro blanco que Poseidón le había regalado a su marido Minos, rey de Creta, para apoyar su derecho al trono. Minos tenía que sacrificar al toro en honor al dios, pero el animal es tan bello que decide quedárselo y matar a otro en su lugar. Como castigo por el engaño, los dioses instalan en su esposa un deseo salvaje por el animal, al que seduce paseándose con un lomo de madera con la forma y la piel de una vaca. De esa unión nace un hijo monstruoso y divino, un minotauro llamado Asterión.
El rey le encarga a Dédalo una prisión para esconderlo. De esta colaboración entre la culpa y el ingenio nace una arquitectura con forma de cerebro, con un camino serpenteante cuyos giros conducen al centro una y otra vez. Es tan intrincada que ni su creador es capaz de encontrar la salida, y se tiene que fabricar unas alas para poder escapar, aunque paga un alto precio alto por el atajo. El mundo antiguo no perdona ni al apuntador. El plan tiene éxito, el Minotauro está atrapado. Pero tiene hambre. El precio para mantenerlo a raya es más alto aún.
Minos debe sacrificar siete jóvenes y siete doncellas cada nueve años, que manda traer no de Creta, sino de Atenas. Un detalle finísimo sobre los tributos del trauma que merece ser contado en otra ocasión. Lo importante es entender que el laberinto no es un acertijo que se resuelve con ingenio o del que se sale con fuerza bruta, sino una arquitectura diseñada para esconder un secreto monstruoso que devora vidas inocentes con su oscura potencia destructiva. Teseo sale victorioso porque recorre el camino sin coger atajos y se enfrenta al monstruo voluntariamente, pero también porque tiene la ayuda apropiada. El hilo de Ariadna es el vínculo con el mundo que lo ayuda a regresar.
En Backrooms, la película de Kane Parsons, la puerta al otro lado está escondida a plena luz fluorescente en el sótano de una tienda vacía de muebles pirata. El dueño es Clark (Chiwetel Ejiofor), un divorciado alcohólico y emocionalmente inestable al que encontramos con su terapeuta Mary (Renate Reinsve), autora de un libro titulado The Window Within (la ventana hacia adentro). Están revisitando la última conversación que tuvo con su mujer, y ella lo anima a romper el patrón escogiendo una ruta distinta.
¿Es este el sortilegio que accidentalmente genera el portal o ha estado esperándolo desde siempre? Sea como sea, la retórica psicoanalítica parece ofrecernos una ventana hacia el centro del subconsciente donde se almacenan los traumas que debemos enfrentar para enderezar nuestras vidas. Los protagonistas de Backrooms han perdido sus vínculos con el mundo, hay sacrificio de jóvenes y doncellas. Parece un laberinto, pero es su asfixiante hermano contemporáneo, cuyo nombre no viene del griego sino del inglés medieval: maze.
Desde fuera parecen lo mismo, pero hay notables diferencias que delatan su naturaleza contrapuesta. El laberinto tiene un solo camino, que se expande de forma horizontal, como una isla, mientras que el maze se expande en vertical, como un garaje, y tiene muchos niveles con caminos múltiples incluyendo bifurcaciones, callejones sin salida y otras trampas diseñadas para perderse de forma improductiva. El laberinto sólo se parece a sí mismo y conserva la simetría de los animales bellos, con un centro perfecto que hace de corazón; mientras que el maze es una imitación enferma de la realidad que se expande de manera anárquica, como un tumor. Es un estado de burocracia infinita cuyo único objetivo es la parálisis y la ofuscación.
Uno representa el camino de la vida, una experiencia ritual de autoconocimiento en la que se liberan secretos que necesitan ser descubiertos, mientras que el otro es una trampa alienante que nos atrapa sin enseñarnos nada porque no tiene sentido ni solución. La banda sonora de la película, creada por Parsons y Edo Van Breemen, mantiene esa cualidad que Freud llamó das unheimliche, la sensación siniestra de que algo familiar se ha vuelto extraño, de algo que parece lo que no es.
La backroom original nació como post anónimo de 4chan en 2019, en forma de foto borrosa de una oficina amarillenta y desierta, a medio camino entre el departamento de contabilidad de alguna antigua República Socialista Soviética y el pasillo de El resplandor. Decía: “Si no tienes cuidado y te sales de la realidad en las áreas equivocadas terminarás en los Backrooms, donde no hay nada más que el olor a alfombra húmeda, la locura del amarillo monocromático, el interminable zumbido de las luces fluorescentes y aproximadamente seiscientos millones de millas cuadradas segmentadas de manera aleatoria, en las que puedes quedar atrapado”. Sobre esto se ha construido un universo de manera colectiva siguiendo el mismo proceso de investigación creativa de la que nació QAnon y otras teorías de la conspiración.
La película es irrelevante fuera de este contexto. No está a la altura de los maestros a los que homenajea, de Kubrick a la Alicia de Disney y, sobre todo, Alien, el octavo pasajero, del que hereda el género de espacio cerrado con presencia desconocida, un guion de 12.000 palabras y la habilidad de sostener una hora y media de película sólo con ambientación. Pero esta cultura de los espacios liminares como manifestaciones puramente estéticas de mundos diseñados para vidas que ya no recordamos es tan potente y masiva que ha abierto una línea de investigación que podemos llamar arqueología del folklore de internet.
La aportación más notable, en este caso, es de la historiadora y comisaria italiana Valentina Tanni. Su ensayo Estéticas liminales(Caja Negra, 2026), cartografía estos espacios y elucubraciones que renegocian los límites de lo real. Son nuestros intentos de recomponer el mundo con los fragmentos de nuestra existencia híbrida en este mundo donde lo nuevo aún no ha nacido y lo viejo se resiste a morir.
EL PAÍS
