El Studio Ghibli se gestó en 1984 cuando Hayao Miyazaki (1941) e Isao Takahata (1935-2018) crearon la película Nausicaä del Valle del Viento, basada en un manga del primero —del que Planeta Cómic ha publicado su versión en español—. Un año después, fundaron el estudio con el apoyo del productor Toshio Suzuki (1948) y a principios de 2026, la Fundación Princesa de Asturias anunció que había sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026. El jurado fundamentó su concesión porque: “Mediante un proceso artesanal de gran imaginación, ha creado historias universales llenas de sensibilidad y de valores humanistas: la empatía, la tolerancia y la amistad, así como el respeto por las personas y la naturaleza. Sus películas trascienden generaciones y fronteras, y son un referente para los desafíos de la sociedad globalizada y la protección del medio ambiente”.
Desde su fundación en 1985, ha creado imágenes icónicas que han puesto en evidencia la minuciosidad de Miyazaki en las escenas de comida
El Studio Ghibli se gestó en 1984 cuando Hayao Miyazaki (1941) e Isao Takahata (1935-2018) crearon la película Nausicaä del Valle del Viento, basada en un manga del primero —del que Planeta Cómic ha publicado su versión en español—. Un año después, fundaron el estudio con el apoyo del productor Toshio Suzuki (1948) y a principios de 2026, la Fundación Princesa de Asturias anunció que había sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026. El jurado fundamentó su concesión porque: “Mediante un proceso artesanal de gran imaginación, ha creado historias universales llenas de sensibilidad y de valores humanistas: la empatía, la tolerancia y la amistad, así como el respeto por las personas y la naturaleza. Sus películas trascienden generaciones y fronteras, y son un referente para los desafíos de la sociedad globalizada y la protección del medio ambiente”.
A lo largo de estas más de cuatro décadas de existencia, Studio Ghibli ha realizado y producido películas memorables como La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro, La tumba de las luciérnagas o El viaje de Chihiro y El chico y la garza, con las que ganó el Oscar a la mejor película de animación, en 2001 y 2023, respectivamente. En ellas, las imágenes que recrean comida hacen salivar, los platos desprenden un olor que se intuye delicioso, lucen apetecibles, sabrosos y energéticos. Muestran bodegones animados elaborados a partir de ingredientes variopintos de oriente y occidente: desde semillas de chiko, frutos rojos, panceta y edamame hasta pasta de alubias rojas,tomates,okra, algas, sésamo negro, dashi (un caldo de pescado muy ligero), salsa de soja o arroz.

La comida es una expresión de identidad y para Studio Ghibli es un medio para conectar a los personajes entre sí. Su papel trasciende la pantalla de tal modo que hasta se han escrito libros que estudian y analizan el rol de toda esa comida como Las recetas de las películas del Studio Ghibli, de Minh-Tri Vo, Claire-France Thévenon y Apolline Cartier (Col&Col Ediciones), y La cocina encantada ilustrada. Recetas sacadas de todas las películas de Hayao Miyazaki, de Silvia Casini, Rafaella Fenoglio y Francesco Pasqua (Dolmen Editorial).
El citado productor Toshio Suzuki, en el libro Mundo Miyazaki. Una vida dedicada al arte, de Susan Napier (Dolmen Editorial) desveló que el propio Miyazaki prepara y prueba cada desayuno, ramen o el bocado que sea, antes de dibujarlo. El plato puede llevarle media hora cocinarlo, una hora dibujarlo y dotarlo de movimiento, un año. En algunas de sus imágenes, el grado de detalle es tal que el humo que sale de la olla avisa de que la pasta que se está hirviendo en su interior está lista. Incluso recrea escenas en las que los personajes compran en el mercado productos frescos y otras en las que cocinan en la cocina.

En la película Nicky, la aprendiz de bruja, hay una escena en la que la joven protagonista está en un supermercado convertido en un laberinto de setos donde hay estantes llenos de productos: paquetes de galletas, conservas, harinas, cartones de leche, ollas, sartenes, teteras y cafeteras. La misma joven ayuda a una mujer mayor a hornear un pastel de arenque y calabaza para el cumpleaños de su nieta. Ese fruto naranja es un guiño a la asociación que se presupone a las brujas con las calabazas.
En Mi vecino Totoro se puede ver cómo la hermana mayor, de una familia en la que falta la madre porque está enferma, prepara todas las mañanas a su hermana pequeña y a su padre el bentō. Esa cajita lacada con compartimentos para la comida que los japoneses han elevado a la categoría de obra de arte comestible. El que prepara temprano, con esmero y cariño lleva arroz, edamame, una ciruela umeboshi, un pescado shishamo, palillos y una cuchara de bambú. Nada que ver con los que se pueden comprar ya hechos en las tiendas japonesas de conveniencia denominadas konbini, tipo 7Eleven o Lawson. Al respecto de esta fiambrera nipona se puede leer Los bentos de las películas del Studio Ghibli, de Azuki (Col&Col) e incluso, como afirman en Ghibliverse. Studio Ghibli más allá de sus películas, de Michael Leader y Jake Cunningham (Minotauro), se puede ir a una tienda cerca del Museo Ghibli, en Tokio, en la que venden profiteroles de Totoro (criatura fantástica y logo de Studio Ghibli) rellenos de chocolate, vainilla, avellana, tarta de queso y fresa.
Otra niña, la que da nombre a la película El viaje de Chihiro, tiene que ir al rescate de sus padres que se han convertido en cerdos después de atiborrarse de pasteles de arroz, salchichas y diferentes tipos de carne asada, en una taberna vacía y misteriosa. En esa aventura, Chihiro cuenta con la ayuda del joven Haku, quien primero le ofrece una especie de canica roja comestible para darle fuerzas y que no se convierta en cerdo y, más adelante, para consolarla, le ofrece un onigiri (bola de arroz en forma de triángulo envuelta en la base por una pequeña algo nori y rellena de diferentes ingredientes). En este filme es donde más presente está la comida, física y simbólicamente. Además de esa canica roja y del onigiri, que son alimento y un medio para tranquilizar, hay festines exagerados que incitan a la glotonería, a comer hasta reventar. Esa gula tiene castigo y es la manera que tiene Hayao Miyazaki de condenar el consumismo.

En sus obras, comer es más que una necesidad, es una alegría individual y colectiva, incluso dentro de la tristeza de determinadas situaciones, y tiene el mismo efecto que caminar: ayuda a despejar la mente y a reposar las ideas a fuego lento. En Castillo ambulante, la escena en la que su protagonista toma las riendas de la situación y prepara un desayuno a base de huevos fritos con beicon, acompañado de pan de centeno y queso, sirve para que la joven muestre su determinación y expresar su amor y cariño por los demás.
Pero además de comunión, la comida aquí también es salvación. En La princesa Mononoke, hay una escena en la que un monje da de comer okayu, una especie de gachas de arroz con cebolla picada, enriquecidas con ciruelas umeboshi, semillas de sésamo, huevos, salsa de soja y pollo, pescado o tofu, a las que se le atribuyen propiedades curativas, sobre todo para molestias del estómago, según explica Laura Montero Plata en el libro La princesa Mononoke (Crossover, Héroes del papel).

Viendo las películas de Miyazaki uno se puede hacer una idea de cuál era el papel de la mujer en la sociedad cuando él era un niño. A sus obras ya citadas, se puede añadir Porco Rosso, ambientada en la Italia de los años veinte y protagonizada por un piloto que es un cerdo, por culpa de un maleficio. Un fallo mecánico le obligar a parar para arreglar su hidroavión y en el taller al que acude, solo trabajan mujeres. Reparan aeronaves y cocinan, y entre los platos que preparan están los espaguetis a la amatriciana con beicon, en lugar de guanciale, acompañados de vino tinto.
En otra película de aviones, El viento se levanta, aparece un dulce denominado Siberia, hecho con una especie de bizcocho genovés conocido como kasutera o castella (introducido por los portugueses vía Nagasaki en el siglo XVI), relleno de una pasta de alubias rojas (anko). En el mencionado libro La cocina encantada ilustrada,sus autores cuentan que se llama Siberia porque la tira oscura de anko en medio del bizcocho recordaba al tren transiberiano recorriendo el campo ruso por en medio. Y, para los más golosos, en la ciudad de Kioto pueden encontrar Castella do Paulo, una tienda regentada por un portugués donde hacen castella. Así, la comida es historia, movimiento y salta de la pantalla a la vida real y viceversa, como en el cine del Studio Ghibli.
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