Le interesa, ha dicho, de qué forma existimos en la mente de los demás. Qué somos, también, cuando solo somos una idea. Quizá por eso, su narrativa pasa, siempre, por la mente de alguien. Un alguien que, obsesivamente, trata de encontrar una salida. O de situarse en el mundo. ¿Es el amor algún tipo de brújula? ¿Orienta, cada vez de forma distinta, al yo? Claire-Louise Bennett (Wiltshire, Reino Unido) cree que debería hacerlo, pero también cree que cada vez le dejamos que lo haga menos. Las aplicaciones no son de ninguna ayuda, dice. En su última novela, la intensa, laberíntica y poderosamente interior, Besos, chao (Malas Tierras), se pregunta de qué manera el amor te coloca ante un espejo y te muestra aquello que jamás admitirías que también eres. Y a algo así solo puede llegarse, como diría Anaïs Nin, a partir del misterio de aquello que te atrae del otro cuando nada está pactado de antemano. En su casa de Galway, Irlanda, Bennett —autora también de La caja 19 (Malas Tierras) y Estanque (Eterna Cadencia)— descuelga la videollamada. Está sentada ante una mesa enorme. Está cubierta de cuadernos, y esferas de cristal. Tiene cerca, dice, incluso un pingüino de vidrio. Y la taza de la que sorbe de vez en cuando contiene aún parte del té Yogi Choco que se hizo hace un rato.
Le interesa, ha dicho, de qué forma existimos en la mente de los demás. Qué somos, también, cuando solo somos una idea. Quizá por eso, su narrativa pasa, siempre, por la mente de alguien. Un alguien que, obsesivamente, trata de encontrar una salida. O de situarse en el mundo. ¿Es el amor algún tipo de brújula? ¿Orienta, cada vez de forma distinta, al yo? Claire-Louise Bennett (Wiltshire, Reino Unido) cree que debería hacerlo, pero también cree que cada vez le dejamos que lo haga menos. Las aplicaciones no son de ninguna ayuda, dice. En su última novela, la intensa, laberíntica y poderosamente interior, Besos, chao (Malas Tierras), se pregunta de qué manera el amor te coloca ante un espejo y te muestra aquello que jamás admitirías que también eres. Y a algo así solo puede llegarse, como diría Anaïs Nin, a partir del misterio de aquello que te atrae del otro cuando nada está pactado de antemano. En su casa de Galway, Irlanda, Bennett —autora también de La caja 19 (Malas Tierras) y Estanque (Eterna Cadencia)— descuelga la videollamada. Está sentada ante una mesa enorme. Está cubierta de cuadernos, y esferas de cristal. Tiene cerca, dice, incluso un pingüino de vidrio. Y la taza de la que sorbe de vez en cuando contiene aún parte del té Yogi Choco que se hizo hace un rato. Seguir leyendo
Le interesa, ha dicho, de qué forma existimos en la mente de los demás. Qué somos, también, cuando solo somos una idea. Quizá por eso, su narrativa pasa, siempre, por la mente de alguien. Un alguien que, obsesivamente, trata de encontrar una salida. O de situarse en el mundo. ¿Es el amor algún tipo de brújula? ¿Orienta, cada vez de forma distinta, al yo? Claire-Louise Bennett (Wiltshire, Reino Unido) cree que debería hacerlo, pero también cree que cada vez le dejamos que lo haga menos. Las aplicaciones no son de ninguna ayuda, dice. En su última novela, la intensa, laberíntica y poderosamente interior,Besos, chao (Malas Tierras), se pregunta de qué manera el amor te coloca ante un espejo y te muestra aquello que jamás admitirías que también eres. Y a algo así solo puede llegarse, como diría Anaïs Nin, a partir del misterio de aquello que te atrae del otro cuando nada está pactado de antemano. En su casa de Galway, Irlanda, Bennett —autora también de La caja 19 (Malas Tierras) y Estanque (Eterna Cadencia)— descuelga la videollamada. Está sentada ante una mesa enorme. Está cubierta de cuadernos, y esferas de cristal. Tiene cerca, dice, incluso un pingüino de vidrio. Y la taza de la que sorbe de vez en cuando contiene aún parte del té Yogi Choco que se hizo hace un rato.
Pregunta. Besos, chao es una larga conversación entre dos amantes que tiene algo de la narrativa obsesiva de Thomas Bernhard y el flujo de conciencia de Virginia Woolf. En la conversación, él, Xavier, es una especie de tótem, una sombra alargada sobre la que ella se apoya para dibujarse a sí misma, perfilar un contorno y hacerse real. ¿Hasta qué punto el amor es una especie de brújula existencial?
Respuesta. Me encanta la imagen. Sí. Sin duda, lo es. Creo profundamente que el amor es una experiencia existencial. Hace mucho tiempo leí Elogio del amor de Alain Badiou y me pareció que tenía razón en todo. Lo que debería estar en el centro de la experiencia amorosa es la diferencia, el azar, y el riesgo, elementos que hoy, en un mundo dominado por las citas mediadas por aplicaciones, son prácticamente imposibles. El mundo de hoy nos anima a pensar en términos de compatibilidad. Buscamos a alguien que encaje con nosotros, que reafirme quienes ya somos. Esa manera tan consciente de abordar las relaciones puede resultar bastante transaccional, algo parecido a ir de compras, porque nos obliga a definir de antemano qué buscamos en una pareja, qué esperamos de una relación y cuáles son nuestros límites. Y el amor es todo lo contrario. El amor es el gran revelador.
P. ¿En qué sentido?
R. El amor nos revela quiénes somos de verdad. Nos muestra cosas sobre nosotros mismos que jamás nos habíamos atrevido a imaginar, y mucho menos a admitir. Por eso la atracción que nace en la vida real tiene una fuerza tan enorme y, al mismo tiempo, resulta tan perturbadora. A Anaïs Nin le aterrorizaba la idea de quedar fijada en una personalidad estable y definida. Quería fluir, estar siempre transformándose, y, para ella, el amor era lo que hacía posible esa especie de movimiento perpetuo, esa expansión existencial. Sus relatos y sus novelas muestran, de hecho, cómo los encuentros íntimos pueden desarraigarte, poner tu mundo del revés, llevarte muy lejos de quien sea que creas que eres en ese momento. Lo que hoy podría despacharse como simple romanticismo es, en realidad, lo que hace del amor una experiencia profundamente singular. Al fin y al cabo, es la fuerza más poderosa que existe, siempre que uno tenga el valor de no intentar administrarla ni dirigirla.
P. En su caso, la propia escritura también funciona como una brújula, porque busca su camino a través de las palabras y de lo que las palabras construyen: escenas fragmentarias, recuerdos desde una única perspectiva, desorientación, algo cambiante y, por lo tanto, transformable. ¿Diría que es así? ¿Qué somos, en realidad? ¿Todo lo que podemos llegar a ser o todo lo que hemos sido?
R. A veces siento que no tengo un yo, al menos no en un sentido estricto. Lo que soy es un lugar donde orbitan —y a veces entran en conflicto— fuerzas muy diversas, arquetipos, patrones psíquicos, impulsos y recuerdos tanto personales como colectivos, y tantas otras cosas. Hay una parte enorme de aquello que soy que me resulta completamente desconocida. Y, sin embargo, sé que esos elementos desconocidos ejercen una influencia enorme sobre mi vida cotidiana. Resulta tentador usar la escritura como una manera de dar sentido a ese caos y aprender a orientarse dentro de ella, pero es una satisfacción superficial. Y no es eso lo que busco. Samuel Beckett decía que la tarea del artista no consiste en aclarar las cosas, sino en encontrar una forma de dar cabida al desorden. Estoy completamente de acuerdo.
P. ¿Es por eso que su literatura tiene el don de lo no fiable, lo transformador?
R. Sí. Mi escritura sigue un camino roto, lleno de falsos comienzos, callejones sin salida y parajes invadidos por la maleza. Y, de vez en cuando, aparecen pequeños claros donde hay una sensación de tregua, de inmediatez y de comunión. La cosa es que no escribo para afirmar nada. Escribo negando, subvirtiendo, socavando. Y es así porque, aunque necesitamos depositar cierta fe en la realidad para poder seguir viviendo, en el fondo no creo que eso que llamamos realidad exista.
EL PAÍS
