Ted Huffman (Nueva York, 1977) es un rara avis en la ópera actual. Un director formado en la creación contemporánea que ha acabado dirigiendo también el gran repertorio en los principales escenarios europeos, sin renunciar a escribir y levantar sus propias obras. En 2025 fue nombrado director general del Festival d’Aix-en-Provence, uno de los grandes festivales líricos europeos. «Nunca he estado más convencido de la necesidad de la música y el teatro en nuestro mundo», dice. Con este talante y esta convicción, el estadounidense convierte su día a día en una prueba constante de su capacidad de invención, creatividad y, ante todo, de poner las artes clásicas en primera línea de batalla: «No puedo evitar pensar de manera más amplia sobre cómo y por qué existe la ópera en nuestra sociedad, y cómo podemos configurarla como una fuerza para el bien». Hoy está al frente de Carmen en Les Arts de Valencia (el único gran teatro español que abre temporada con una nueva producción), una propuesta de vanguardia realmente alejada del tópico.
El director de escena estadounidense se pone al frente de una nueva Carmen en Les Arts de Valencia, una producción que pretende deshacerse de la «mitología heredada» del personaje
Ted Huffman (Nueva York, 1977) es un rara avis en la ópera actual. Un director formado en la creación contemporánea que ha acabado dirigiendo también el gran repertorio en los principales escenarios europeos, sin renunciar a escribir y levantar sus propias obras. En 2025 fue nombrado director general del Festival d’Aix-en-Provence, uno de los grandes festivales líricos europeos. «Nunca he estado más convencido de la necesidad de la música y el teatro en nuestro mundo», dice. Con este talante y esta convicción, el estadounidense convierte su día a día en una prueba constante de su capacidad de invención, creatividad y, ante todo, de poner las artes clásicas en primera línea de batalla: «No puedo evitar pensar de manera más amplia sobre cómo y por qué existe la ópera en nuestra sociedad, y cómo podemos configurarla como una fuerza para el bien». Hoy está al frente de Carmen en Les Arts de Valencia (el único gran teatro español que abre temporada con una nueva producción), una propuesta de vanguardia realmente alejada del tópico.
En la producción, que verá la luz el próximo 2 de octubre, el escenario deja de ser decorado para transformarse en un personaje en sí mismo que va cambiando ante los ojos del público mientras intérpretes y vestuario se transforman a la vista de todos, reforzando el carácter inmersivo de la propuesta. «Es sano», cuenta el director de escena. «De hecho, es increíblemente sano reconocer que son construcciones y no realidades. De este modo, eventualmente, podemos construirlas de manera diferente».
La obra, que Georges Bizet concibió para la Opéra Comique de París en 1875 y que no vio el fruto de su éxito hasta que el propio Bizet hubo dejado este mundo, escasos meses después, viene con sus propios lastres. ¿Cómo volver a poner sobre el escenario una obra que se ha representado decenas de miles de veces desde su estreno? Un clásico es clásico por algo y siempre hay algo nuevo que rescatar. Para Huffman, hurgar en las entrañas del que quizás sea uno de los personajes más reconocibles de la ópera se presenta más como una oportunidad que como un reto.
Describe a su protagonista como quien ha convivido con ella y, por ende, entiende qué facetas tiene todavía que dejar brillar y cuáles debería dejar reposar. «Cuando Carmen habla de libertad, debemos creerla. Ha luchado por ella», dice. Y sigue: «Intento siempre buscar nuevas formas de habitar estos personajes famosos. Intento reexaminar cómo piensan, por qué dicen lo que dicen y hacen lo que hacen. A menudo se trata de encontrar un nuevo subtexto emocional para una escena y entonces la escena funciona de manera completamente distinta». La Carmen de Huffman reaparece entonces como un personaje que se aleja de «la mitología heredada». «Hemos intentado crear un personaje que se sienta real y vibrante, aunque está atrapado en una sociedad violenta y misógina», dice. Y añade: «Carmen entiende cómo la ven los demás. Sabe que sus compañeras de la fábrica de tabaco la ven como una outsider, una inmigrante pobre. Sabe que los soldados y los hombres de Sevilla la ven como un objeto sexual, algo que controlar y poseer. Y ella juega con esa comprensión para liberarse de su sociedad».
Se suele escuchar que el enamoramiento dura más bien poco, que cuanto más conoces a alguien, perdura más la intención que la ilusión. La relación entre Huffman y Carmen, sin embargo, resiste el paso del tiempo: «He llegado a amar esta pieza más y más a medida que he trabajado en ella. Siento que oigo con más claridad la línea entre la pieza que Bizet quería escribir y la pieza que sus productores le impusieron para vendérsela a su público. Creo que esa línea crea una tensión hermosa entre géneros e intenciones, pero creo que también hay motivos para seguir rehaciéndola».
Sobre su forma de trabajar, Huffman destaca su estrecha relación con la música. Antes de ser director de escena, fue músico, «así que mis instintos como narrador en la ópera siempre parten de la música, de su estructura y su intención psicológica», dice. Y sigue: «La fuerza de la melodía es tan fundamental, tan milagrosa, que en general no necesita refuerzo ni ilustración por parte del movimiento escénico». Liberar el texto del movimiento le otorga una independencia que valora y cree más que necesaria: «Me despojo de la necesidad de duplicar la música.
«Intento buscar nuevas formas de habitar a los personajes famosos. Me gusta reexaminar por qué hacen lo que hacen»
El texto del movimiento y el texto musical pueden interactuar de millones de maneras; pueden ofrecer contrapunto y contraste, además de unísono y armonía». La ópera, opina, ha sido la forma teatral más lenta en entender que, incluso los gestos más simples, tienen un peso gigantesco en escena. Que la tradición operística se suele regocijar en su artificialidad es un hecho y, para el estadounidense, un aspecto que se debe abrazar. Que sí, que inclinarse por lo naturalista está bien, pero él prefiere siempre decantarse por lo que se entiende más como «verdadero» en su trabajo: «En una ópera como Carmen no hay pretensión de un mundo realista como las óperas veristas posteriores, donde el tiempo se trata de manera más natural. O se abraza la artificialidad… o acabas con algo formalmente incoherente».
Volviendo sobre la particularidad de una puesta en escena en la que la maquinaria se hace plenamente visible para el público -un detalle recurrente en el trabajo de Huffman-, el director subraya que, aunque resulte casi contraintuitivo, forzar a la audiencia a no olvidar la maquinaria escénica es una forma de «activar la imaginación del propio público». «Hacerlo de esta manera le pide con fuerza que construya la historia junto con nosotros en su mente. Y así leemos la historia en términos más contemporáneos. ¿Por qué contamos esta historia? ¿Cómo suena hoy?».
Teatro – Noticias sobre teatro
