Que una niña de ocho años de edad nos muestre un pequeño poema suyo sin importancia tendría que llenarnos de alegría; que una mujer de 54 años presuma de él en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura debería hacernos sospechar que algo se ha torcido. Del Premio Nobel se saben varias cosas: que el de Literatura se otorga desde 1901; que se trata de un premio que tiende a darse a países, más que a escritores; que sus quinielas están distorsionadas por un principio básico de ese tipo de juegos —se apuesta por lo que tiene escasas chances de ganar, ya que la recompensa es mayor que si se escoge una opción más conservadora—, que malamente sabemos quiénes lo deciden —“¡Qué curioso!”, se asombraba Borges: “Un premio tan importante y las personas que lo otorgan no lo son”—, que nunca volverá a ganarlo un español excepto que en España se produzca alguna catástrofe indeseable, y que, después de que un escritor lo obtiene, todo lo que ha escrito —pero todo, realmente todo— es publicado, no importa de qué se trate.
Que una niña de ocho años de edad nos muestre un pequeño poema suyo sin importancia tendría que llenarnos de alegría; que una mujer de 54 años presuma de él en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura debería hacernos sospechar que algo se ha torcido. Del Premio Nobel se saben varias cosas: que el de Literatura se otorga desde 1901; que se trata de un premio que tiende a darse a países, más que a escritores; que sus quinielas están distorsionadas por un principio básico de ese tipo de juegos —se apuesta por lo que tiene escasas chances de ganar, ya que la recompensa es mayor que si se escoge una opción más conservadora—, que malamente sabemos quiénes lo deciden —“¡Qué curioso!”, se asombraba Borges: “Un premio tan importante y las personas que lo otorgan no lo son”—, que nunca volverá a ganarlo un español excepto que en España se produzca alguna catástrofe indeseable, y que, después de que un escritor lo obtiene, todo lo que ha escrito —pero todo, realmente todo— es publicado, no importa de qué se trate. Seguir leyendo
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
El libro de Han Kang, que incluye su discurso de aceptación del prestigioso premio, es literatura infantil para adultos infantilizados con escasas sorpresas
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Que una niña de ocho años de edad nos muestre un pequeño poema suyo sin importancia tendría que llenarnos de alegría; que una mujer de 54 años presuma de él en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura debería hacernos sospechar que algo se ha torcido. Del Premio Nobel se saben varias cosas: que el de Literatura se otorga desde 1901; que se trata de un premio que tiende a darse a países, más que a escritores; que sus quinielas están distorsionadas por un principio básico de ese tipo de juegos —se apuesta por lo que tiene escasas chances de ganar, ya que la recompensa es mayor que si se escoge una opción más conservadora—, que malamente sabemos quiénes lo deciden —“¡Qué curioso!”, se asombraba Borges: “Un premio tan importante y las personas que lo otorgan no lo son”—, que nunca volverá a ganarlo un español excepto que en España se produzca alguna catástrofe indeseable, y que, después de que un escritor lo obtiene, todo lo que ha escrito —pero todo, realmente todo— es publicado, no importa de qué se trate.
La luz y el hilo es el ‘no importa de qué se trate’ de Han Kang (Gwangju, 1970): incluye fotografías y un diario de jardinería y comienza con el discurso del Nobel, en el que la galardonada cita su poema de los ocho años de edad para, a continuación, sostener que existe “cierta conexión” entre “las palabras que había usado aquella niña” y “la mujer que soy ahora”. De esa conexión hay buena prueba en todo el libro, ya que el poema no palidece ante otras cosas escritas, al parecer, más recientemente.

La luz y el hilo tiene algunos buenos momentos, y los interesados en saber cómo toda una Premio Nobel cultiva su jardín —y siente “una gran desolación, una sensación fría y desoladora” después de echarles insecticida a las plantas— tienen 75 páginas para satisfacer su inverosímil curiosidad. Pero los otros momentos del libro son más numerosos y nos confrontan con ingenuidades —“Disfruto escribiendo poesía y relatos cortos, pero hay algo especial en escribir novelas”—, intenciones —“Quería hacer una que diera un paso más hacia la luz y la calidez. La llenaría de sensaciones deslumbrantes y transparentes que abrazaran por fin la vida y el mundo”—, cursilerías —“Ya no me lavo la cara con mis propias lágrimas”— y escasas sorpresas.
Para tratarse de un libro de 176 páginas, es llamativo el número de veces que Kang llora en él, sufre escribiendo o se pregunta si “será que el dolor nace del amor más profundo”; también, el número de veces en que sus poemas desbarrancan en el lugar común: “Me despierto. / Abro los ojos. / Vivo un día más en este mundo”, comienza uno de ellos. Otro nos informa: “Como una mariposa que vuela abriendo y cerrando las alas / sin comienzo / ni fin, / no sabemos / cuántas veces se encogió y expandió este universo que estamos atravesando”. Cuando Kang narra sus visitas a un cementerio y dice que “curiosamente, siempre hacía un día claro y despejado” el adverbio la delata: la autora de esas muy buenas novelas que son La vegetariana y La clase de griego está pensando en los cementerios de Scooby Doo: rayos y truenos y fantasmas que dan risa.
El libro es algo que pueden comprar, e incluso leer, todas esas personas para las que la experiencia adulta es indeseable y debe ser postergada
Y así, La luz y el hilo termina en el sitio donde comenzó, en el descubrimiento de que hay al menos un sector de la obra de Kang que, como la de tantos otros autores y autoras contemporáneos, no es más que literatura infantil para adultos infantilizados; algo que pueden comprar, e incluso leer, todas esas personas para las que la experiencia adulta —con sus dificultades, pero también con la libertad de elección y la autonomía que son producto de ella— es indeseable y debe ser postergada: que esa literatura sea popular, sin ser lo más triste del mundo, es triste; que el discurso político se haya visto reducido a expresiones infantiles del tipo “pero tú más” es preocupante; que el Premio Nobel haya ratificado esta tendencia no es sorprendente. Ya lo dijo Borges: pese a Anne Carson, los miembros de su comité “son mejores inventando la dinamita que dando premios”.
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