La editorial Almadía tiene más de veinte años de trayectoria y alrededor de 500 libros publicados. Por ello, los autores y autoras, lectores y lectoras reunidos en esta carta podemos afirmar que se trata de una editorial que se ha caracterizado siempre por el rigor en la construcción de su catálogo y la meticulosidad en el trabajo con cada libro. Seleccionar los manuscritos a publicar (optando muchas veces por primeras novelas, con el riesgo que conlleva), editar y corregir los textos para lograr su mejor versión, o diseñar las portadas hasta encontrar la imagen que mejor los ilustre es un proceso que exige varias tareas que en Almadía siempre se han realizado con minuciosidad y cuidado artesanal: es decir, como lo hacemos los humanos.
No nos parece adecuado abordar la amenaza de la inteligencia artificial sobre el sector de la edición señalando un libro específico de una editorial concreta
La editorial Almadía tiene más de veinte años de trayectoria y alrededor de 500 libros publicados. Por ello, los autores y autoras, lectores y lectoras reunidos en esta carta podemos afirmar que se trata de una editorial que se ha caracterizado siempre por el rigor en la construcción de su catálogo y la meticulosidad en el trabajo con cada libro. Seleccionar los manuscritos a publicar (optando muchas veces por primeras novelas, con el riesgo que conlleva), editar y corregir los textos para lograr su mejor versión, o diseñar las portadas hasta encontrar la imagen que mejor los ilustre es un proceso que exige varias tareas que en Almadía siempre se han realizado con minuciosidad y cuidado artesanal: es decir, como lo hacemos los humanos.
Esa ha sido la experiencia de los firmantes de esta carta, que queremos compartir tras la reciente información de que la novela Donde el agua trabaja, del autor peruano David Silva Rojas, galardonado con el Primer Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, ha podido estar escrita con inteligencia artificial, según apunta el detector de textos Pangram.
Desde luego, la dimensión del complejo escenario tras la irrupción de la IA desborda a la editorial y a este premio, por lo que merece una reflexión mucho más amplia y profunda, que aborde el trabajo editorial y periodístico y hasta la calidad de la lectura en nuestros días.
Con seguridad, en muchas otras novelas publicadas, en editoriales independientes y en grandes grupos, podrá localizarse escritura que pueda atribuirse a la IA. Serán, en todo caso, si no hay un aviso previo de que se ha empleado IA, libros que caigan en una forma de corrupción literaria. Una mala praxis inaceptable, que afecta a otros ámbitos del sector editorial, como por ejemplo a los premios (de todos es sabido que muchas editoriales, con distintos mecanismos, tratan de que ciertos libros de su conveniencia sean los que tengan más oportunidades de obtener los certámenes que convocan). En este caso concreto, no puede achacarse a Almadía ninguno de los vicios que han hecho de dichos premios distinciones de dudosa credibilidad. Al contrario: de entre los libros presentados, un jurado independente integrado por tres autoras de excelente trayectoria escogió, por las razones que consideró oportunas, la novela de David Silva Rojas, un autor peruano hasta entonces desconocido, que no podía responder a ninguna estrategia comercial ni a ningún interés de la editorial. Si hubo algún engaño (un supuesto aún en proceso de investigación y sobre lo que hay que esperar las explicaciones del autor), fue el que sufrió la editorial, que procedió con honestidad en la convocatoria y organización de un premio de estas características.
La cuestión que nos amenaza probablemente sea de mayor envergadura que esta noticia concreta. Quizá estamos llegando a un momento en que resulta cada vez más difícil reconocer la escritura artificial de la IA (sobre todo para quien no está expuesto con frecuencia a ella) de la escritura humana. Por lo que ningún lector está libre de ser víctima de este equívoco.
El empobrecimiento de la escritura, y por tanto de la lectura, es algo que compete a todos: a los editores, a los medios de comunicación, a los críticos, a los lectores y escritores, cuando optan o no por el reto de la escritura humana y sus quiebros imprevisibles, o se pliegan a las pautas dadas de una escritura más comunicable y más fácilmente reproducible por las máquinas.
El trabajo de la editorial de origen mexicano Almadía en sus veinte años de trayectoria ha sido ejemplar, justamente, por el rigor y la independencia de su catálogo, por su valentía para apostar por la literatura frente a otras propuestas más comerciales.
Con uno de los catálogos más integradores en lengua española, su última decisión de abrir una sede en España es una prueba más de la voluntad de asumir riesgos para enriquecer nuestro panorama cultural.
Su labor es paradigmática del buen trabajo de muchas editoriales independientes, que, lejos de abrazar la facilidad de los textos que pueden reproducir las máquinas, hacen una búsqueda y una apuesta por las complejidades de los libros literarios, que son los que verdaderamente aportan algún valor a los lectores.
Ante una amenaza de semejante envergadura, no parece la mejor forma de abordarlo señalar un libro específico de una editorial concreta, que se ha caracterizado durante dos décadas por un trabajo ampliamente reconocido.
Por eso, la editorial Almadía merece todo nuestro respeto, nuestra confianza y nuestra gratitud.
EL PAÍS
